La fotografía como patrimonio cultural – Héctor Dager
El patrimonio cultural de un pueblo comprende las obras de sus artistas, arquitectos, músicos, escritores y sabios, así como las creaciones anónimas, surgidas del alma popular, y el conjunto de valores que dan sentido a la vida, es decir, las obras materiales y no materiales que expresan la creatividad de ese pueblo; la lengua, los ritos, las creencias, los lugares y monumentos históricos, la literatura, las obras de arte y los archivos y bibliotecas. (Unesco, 1982: 3)
Desde esa perspectiva, el patrimonio cultural inmaterial o intangible es entendido como el patrimonio vivo, como el crisol de nuestra diversidad cultural, y su conservación es garantía de creatividad permanente. Este patrimonio se manifiesta en distintos ámbitos; uno de ellos es la fotografía. Si, como se ha dicho, la fotografía constituye la memoria visual de los pueblos, se convierte en una herramienta que da cuenta de cómo es un grupo, una institución, una generación o una época; sirve para comprender las historias de personas, familias, pueblos o naciones. Es el espejo de una comunidad y tiene la fuerza para decir aquí estoy, este soy yo. Además, su práctica o quehacer contribuye a inmortalizar situaciones. Por eso, la memoria de una comunidad está vinculada con las imágenes. Estos instantes documentados pueden ser usados de varias maneras y, aunque refieran al pasado, tienen una relevancia directa para el presente y nos motivan a reflexionar sobre el futuro. En tanto las fotografías son imágenes, también son objetos: describen, insinúan, crean, transmiten deseos, expresan sentimientos y pensamientos. En este sentido, la memoria familiar y comunitaria se puede construir y conservar a través de la fotografía y, por ende, constituye un patrimonio cultural importante que se transmite de generación en generación, dando a conocer la historia y todo lo que está implícito en ella.

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