La función social de la fotografía – Héctor Dager
La función social de la fotografía puede resumirse con una metáfora: la fotografía es el diario de vida de cada individuo y del sujeto colectivo, ya que construye la imagen del mundo, tanto en el ámbito público como en el privado. Muchas de nuestras representaciones mentales nos llegan solo a través de una imagen fotográfica, […]
La función social de la fotografía puede resumirse con una metáfora: la fotografía es el diario de vida de cada individuo y del sujeto colectivo, ya que construye la imagen del mundo, tanto en el ámbito público como en el privado.
Muchas de nuestras representaciones mentales nos llegan solo a través de una imagen fotográfica, como algunos animales, lugares, personas y fenómenos del mundo microscópico o macroscópico, ajenos a la experiencia cotidiana. La fotografía nos permite así «ver» un virus, un león en la sabana, un agujero negro, o los grandes personajes de la historia universal. A diferencia de otras artes, la fotografía tiene en sí un carácter documental, solo comparable con el cine. Todo registro fotográfico es una muestra de lo que es o era el mundo, una persona, un lugar, un acontecimiento, un momento; por tanto, es un documento social y la forma más efectiva de comunicar. De ahí el dicho «una imagen vale más que mil palabras». Desde que existe, la imagen fotográfica relata y describe visualmente hechos, modas, costumbres y lugares, convirtiéndose en la memoria visual de los pueblos. Las posibilidades que brinda para transmitir información y representar lo que hay y sucede en el planeta hacen que el(la) fotógrafo(a) tenga una responsabilidad social: él decide qué mostrar y qué no y de qué forma. Quizás donde se refleje mayormente su función social es cuando una imagen puede servir para denunciar los horrores que suceden en el mundo. Hay fotógrafos que afirman que la fotografía ha detenido muchas guerras, como en el caso del fotógrafo vietnamita Nick Ut, que captó la imagen de unos niños huyendo de un bombardeo con gas inflamable por parte del ejército estadounidense en Vietnam. En esa fotografía se ve a una niña desnuda corriendo, que ha perdido su ropa porque se le fue quemando mientras huía. La imagen causó tal revuelo, tal remezón en la opinión pública, al punto de convertir la Guerra de Vietnam en la más impopular del siglo XX. Sin embargo, es corriente que sea la misma fotografía –sobre todo la digital–, la que se preste para la construcción de realidades «simuladas» que entregan una imagen distorsionada de los hechos o crean una realidad inexistente. El(la) fotógrafo(a) –que también es un editor(a)– puede elegir mentir o no hacerlo, puede elegir que sus imágenes denuncien o guarden silencio. Es evidente que esto supone problemas éticos, frente a los que el(la) fotógrafo(a) y la sociedad deben tener una mirada atenta y crítica. Hoy más que nunca este participa en la construcción de la realidad visual y, como toda persona, tiene puntos de vista propios, pero debe ser capaz de sustentarlos de forma honesta, sin engañar mediante la manipulación digital de las imágenes o del contexto en que fueron obtenidas.

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