TENER O NO TENER de ERNEST HEMINGWAY
TENER O NO TENER ERNEST HEMINGWAY   PRIMERA PARTE Harry Morgan Primavera Capítulo primero ¿Saben ustedes cómo es La Habana a primera hora de la mañana, cuando los gandules duermen todavía contra las paredes de las casas y ni siquiera pasan los carros que llevan hielo a los bares? Bueno, pues, veníamos del puerto y […]
TENER O NO TENER ERNEST HEMINGWAY   PRIMERA PARTE Harry Morgan Primavera Capítulo primero ¿Saben ustedes cómo es La Habana a primera hora de la mañana, cuando los gandules duermen todavía contra las paredes de las casas y ni siquiera pasan los carros que llevan hielo a los bares? Bueno, pues, veníamos del puerto y cruzamos la plaza para tomar café en el Café de la Perla de San Francisco. En la plaza no estaba despierto más que un mendigo que bebía agua en la fuente, pero cuando entramos y nos sentamos, allí estaban los tres esperándonos. Uno de ellos se nos acercó: —¿Qué hay? —No puedo —le contesté—. Me hubiera gustado hacerlo como favor, pero ya le dije anoche que no puedo. —Puede fijar el precio que quiera. —No se trata de eso. Lo que pasa es que no puedo hacerlo. Los otros dos se habían acercado también y tenían un aire triste. Eran individuos de buen aspecto y me hubiera gustado haberles hecho el favor. —Mil por barba —dijo uno que hablaba bien el inglés. —No me haga pasar un mal rato —le contesté—. Le digo que no puedo, y es la verdad. —Después, cuando las cosas cambien, podría valerle mucho. —Ya lo sé. Estoy con ustedes. Pero no puedo. —¿Por qué no? —Me gano la vida con la lancha. Si la pierdo lo pierdo todo. —Con el dinero puede usted comprarse otra. —En la cárcel, no. Debieron de pensar que necesitaba que me convencieran, porque uno de ellos siguió: —Ganaría usted tres mil dólares y después le valdría mucho. Ya sabe que esto no va a durar. —Mire usted —le repliqué—. A mí no me importa quién sea el presidente aquí. Pero no llevo a los Estados Unidos nada que pueda hablar. —¿Quiere usted decir que nosotros vamos a hablar? —dijo uno que no había abierto la boca. Estaba enfadado. —He dicho nada que pueda hablar. —¿Cree usted que somos unos lenguas largas? —No. —¿Sabe usted lo que es un lengua larga? —Sí. —¿Sabe usted lo que hacemos con los lenguas largas? —No me acorralen —contesté—. Ustedes me hicieron una proposición. Yo no les he ofrecido nada. —Calla, Pancho —dijo al enfadado el que había hablado antes. —Ha dicho que vamos a hablar —replicó Pancho. —He dicho que no llevo nada que pueda hablar —contesté—. Las botellas no hablan. Las damajuanas no hablan. Hay otras cosas que no hablan. Los hombres pueden hablar. —¿Hablan los chinos? —preguntó Pancho agriamente. —Hablan, pero yo no les entiendo —le contesté. —¿De modo que no lo va usted a hacer? —Ya les dije anoche que no puedo. —¿Y usted no hablará? —me dijo Pancho. Lo único que no había comprendido bien le había puesto agresivo. Supongo que se había llevado una desilusión. Ni siquiera le contesté. —Usted no es un lengua larga, ¿verdad? —me preguntó en el mismo tono. —Creo que no. —¿Qué es eso? ¿Una amenaza? —Mire usted —le dije—. No se ponga así a esta hora de la mañana. Estoy seguro de que ha degollado a muchos. Yo, todavía no he tomado el café. —Está usted seguro de que he degollado a muchos, ¿eh? —No. Y me importa un pito. ¿No puede hablar de negocios sin enfadarse? —Ahora estoy enfadado —me contestó—. Me gustaría mandarlo al otro mundo. —Basta. No hable tanto —le dije. —Vamos, Pancho —exclamó el que había hablado primero. Después se dirigió hacia mí—: Lo siento mucho. Ojalá nos llevara usted. —También yo lo siento. Pero no puedo. Los tres se fueron hacia la puerta y yo los seguí con la mirada. Eran jóvenes, bien parecidos y vestían bien. Ninguno de ellos llevaba sombrero. Tenían aire de disponer de mucho dinero. En todo caso hablaban mucho de dinero y usaban el inglés que hablan los cubanos adinerados. Dos de ellos parecían hermanos. El otro, Pancho, era un poco más alto, pero la misma clase de hombre: esbelto, buena ropa, pelo reluciente. No hubiera yo pensado que era tan esquinado como cuando habló. Me figuro que estaba muy nervioso. Cuando doblaron a la derecha, después de salir, vi que por la plaza avanzaba hacia ellos un automóvil cerrado. Primero se hizo añicos un vidrio y la bala dio entre la hilera de botellas del aparador de la derecha. Sentí que el revólver siguió funcionando y, bop, bop, bop, a lo largo de la pared se fueron rompiendo botellas. De un salto pasé detrás del mostrador, por la izquierda, y por encima pude verlo todo. El automóvil se había detenido y al lado se agazaparon dos individuos. Uno esgrimía un Thompson y el otro una pistola automática. El del Thompson era negro. El otro vestía bata blanca de chofer. Uno de los que habían hablado conmigo yacía en la acera, boca abajo, delante del ventanal del vidrio roto. Los otros dos se habían puesto detrás del carro de hielo de la cerveza Tropical que estaba delante del contiguo bar Cunard. Uno de los caballos pataleaba en el suelo y el otro cabeceaba violentamente. Uno de los que estaban detrás del carro disparó desde uno de los ángulos y la bala rebotó en la acera. El negro del Thompson se agachó hasta tocar casi el suelo con la cara y en esa postura hizo unos disparos. Detrás del carro cayó hacia la acera uno que quedó con la cabeza reclinada en el borde y protegiéndosela con los brazos. El chofer le hizo otro disparo mientras el negro cargaba su fusil. El tiroteo fue serio. En la acera quedaban marcas que parecían goterones de plata. El que quedaba en pie tiró de las piernas del caído para ponerlo detrás del carro. Vi que el negro se volvía a agachar para largarles otra rociada. Pancho asomó entonces por uno de los lados del carro, se puso al resguardo del caballo que estaba en pie y, con la cara blanca como una sábana sucia, avanzó apuntando al chofer con su gran Luger, sosteniéndola con las dos manos para no marrar. Sin dejar de caminar disparó dos tiros por encima de la cabeza del negro y uno bajo. Dio en un neumático del automóvil, porque cuando se le escapó el aire voló polvo. A diez pies de distancia y con la que debía de ser la última bala, pues le vi tirar el fusil, el negro le acertó a Pancho en la barriga. Pancho cayó sentado, se inclinó hacia delante, y, sin dejar de esgrimir la Luger, intentó incorporarse, pero la cabeza no le obedeció. El negro agarró la pistola que había quedado junto al volante del chofer y le voló la sesera. ¡Qué negro! Yo eché rápidamente un trago de la primera botella que vi abierta, y no hubiera podido decir qué era. Con todo ello había pasado un rato bastante malo. Me deslicé detrás del bar y salí afuera por la puerta de la cocina. Di la vuelta a la plaza y ni siquiera miré hacia la multitud que se iba aglomerando delante del café. Llegué al muelle y entré en la lancha. El que la había alquilado me estaba esperando y le conté lo que había sucedido. —¿Dónde está Eddy? —me preguntó. Era nuestro cliente y se llamaba Johnson. —No le he visto después que ha empezado el tiroteo. —¿Cree usted que le han dado? —No, hombre. Ya le he dicho que las únicas balas que han entrado en el café han dado en el aparador. Detrás de las balas venía el automóvil. Entonces fue cuando cayó el primero delante del ventanal. Las balas venían de un ángulo así... —Me parece que está usted muy seguro. —He estado de mirón. En ese momento levanté la cabeza y vi que por el muelle venía Eddy, que parecía más alto y tener peor facha que nunca. Caminaba como descoyuntado. —Ahí viene. Traía mala cara. A primera hora de la mañana nunca la tenía muy buena, pero entonces la tenía verdaderamente mala. —¿Dónde has estado? —le pregunté. —En el suelo. —¿Lo ha visto? —le preguntó Johnson. —No hablemos de eso, Mr. Johnson. Sólo con pensarlo me pongo malo. —Más le vale tomar un trago —le replicó Johnson, quien después me dijo a mí— : Bueno, ¿vamos a salir? —Usted dispone. —¿Qué tiempo vamos a tener hoy? —Más o menos como el de ayer. Quizá mejor. —Entonces, vamos. —Muy bien. En cuanto traigan la carnada. Llevábamos ya tres semanas pescando con aquel pájaro y todavía no había visto yo más dinero suyo que cien dólares que me dio para despachar la lancha en el consulado, comprar víveres y llenar de gasolina el tanque. Los aparejos eran míos y el hombre pagaba treinta y cinco dólares diarios de alquiler. Dormía en un hotel y venía a bordo todas las mañanas. Yo me llevaba a Eddy, que era quien me lo había traído, y le pagaba cuatro dólares diarios. —Tengo que poner gasolina —dije a Johnson. —Bueno. —Para eso necesito dinero. —¿Cuánto? —Cuesta veintiocho centavos el galón y tengo que cargar cuarenta, de modo que son once dólares veinte centavos. Johnson sacó quince dólares. —¿Quiere usted destinar el resto a cerveza y hielo? —Me parece muy bien. Cárguemelo en cuenta de lo que le debo. Tres semanas me iban pareciendo ya demasiadas para dejarlo así, pero, ¿qué importaba si podía pagar? De todos modos me hubiera debido pagar por semana. Pensé en esperar que se cumpliera el mes. La culpa la tenía yo, pero me alegraba de que el mes iba pasando. Los últimos días me iban poniendo nervioso, pero no quise decir nada para que no se enojara. Si podía pagar, cuanto más tiempo pasara, mejor. —¿Quiere una botella de cerveza? —me preguntó abriendo la caja. —No, gracias. En eso apareció en el muelle el negro que nos traía el cebo y yo le dije a Eddy que se dispusiera a soltar amarras. El negro subió a bordo y, mientras avanzábamos hacia la boca del puerto, se puso a manipular con un par de caballas. Les metió el anzuelo por la boca, lo sacó por una agalla, les cortó un costado, metió el anzuelo por la abertura, lo sacó por el otro costado y luego les cerró la boca con el alambre y fijó el anzuelo de manera que no se escurriera y que el cebo se agitara nuevamente sin girar. Era un verdadero negrazo, listo y tristón. Debajo de la camisa llevaba en el cuello un amuleto y se cubría con sombrero de paja. Lo que le gustaba a bordo era dormir y leer diarios. Pero cebaba bien los anzuelos y era rápido. —¿Puede usted cebar así un anzuelo, capitán? —me preguntó Johnson. —Sí, señor. —¿Para qué trae usted entonces un negro? —Lo verá usted cuando aparezca la pesca mayor. —¿Qué es lo que voy a ver? —El negro es más rápido que yo. —¿Eddy no es capaz de hacerlo? —No, señor. —Me parece un gasto innecesario. Johnson le había estado dando al negro un dólar diario y el negro se dedicaba todas las noches a la rumba. Yo veía que le iba entrando el sueño. —Es necesario —repliqué. Pero cuando vimos los smacks con sus remolques anclados delante de Cabañas y los botes anclados y dedicados a la pesca de merlines cerca del Morro, puse proa hacia donde el golfo marcaba una línea oscura. Eddy sacó los dos grandes teasers y el negro puso cebo en las tres cañas. La corriente había penetrado mucho y cuando nos acercamos al borde vimos que tenía un color morado y formaba remolinos regulares. Soplaba una leve brisa del este y levantamos muchos peces voladores, de esos grandes de alas negras que cuando emprenden el vuelo parecen la imagen de Lindbergh cruzando el Atlántico. No hay mejor señal que los grandes peces voladores. Hasta donde alcanzaba la vista había manchones de las descoloridas algas del golfo que indican que la corriente principal ha penetrado mucho. Unas aves se afanaban sobre un banco de pequeños atunes a los cuales se les veía saltar. Cada uno de ellos no pesaría más de un par de libras. —Póngase cuando quiera —dije a Johnson. Se puso el cinturón y la correa y agarró la gran caña que tenía un carrete Hardy de seiscientas yardas de hilo del treinta y seis. Miré atrás y vi que el cebo se deslizaba bien en la comba de las olas. Los teasers se hundían y volvían a emerger. Llevábamos la velocidad que debíamos y yo metí la lancha en la corriente. —Meta la base de la caña en el hueco de la silla —dije a Johnson—. Así no pesará tanto. Tenga suelto el sujetador para poder largar hilo cuando pique alguno. Si pica estando tirante lo va a tirar a usted al agua. Todos los días le tenía que decir lo mismo, pero no me importaba. Sólo uno de cada cincuenta clientes sabe pescar, y, cuando saben, la mitad del tiempo están atontados y quieren usar el hilo que no es lo bastante fuerte para nada grande. —¿Qué le parece a usted el tiempo? —me preguntó. —No puede ser mejor —le contesté. Hacía realmente buen tiempo. Le dejé al negro al volante y le dije que siguiera rumbo al este al borde de la corriente. Después fui adonde estaba Johnson sentado contemplando los saltos del cebo. —¿Quiere que ponga otra caña? —le pregunté. —Creo que no. Quiero hacerlo yo todo: pescar, forcejear y embarcar la pesca. —Muy bien. ¿Quiere que Eddy maneje otra caña y se la pase a usted si pican? —No. Prefiero que no haya más que una caña. —Muy bien. El negro seguía sacando la lancha corriente adentro y vi que había visto que un poco más adelante se levantaba una bandada de peces voladores. Miré atrás. La Habana era una hermosa vista al sol. Por delante del Morro salía del puerto un barco. —Creo que hoy va usted a tener ocasión de forcejear, mister Johnson. —Ya va siendo hora. ¿Cuánto tiempo llevamos saliendo? —Hoy hace tres semanas. —Es mucho tiempo para pescar. —Son peces raros —le dije—. No se les encuentra aquí hasta que vienen, pero cuando vienen los hay en abundancia. Y han venido siempre. Si no vienen ahora no vendrán nunca. Tenemos la luna que hace falta, la corriente es buena y va a soplar buena brisa. —La primera vez que vinimos había peces pequeños. —Ya le dije que los pequeños escasean y desaparecen antes de que aparezcan los grandes. —Ustedes, los capitanes de estos barcos, cuentan siempre el mismo cuento. O es demasiado pronto o es demasiado tarde o no hay buen viento o no hay buena luna. Pero cobran ustedes lo mismo. —El caso es que generalmente es demasiado pronto o demasiado tarde, y muchas veces sopla el mal viento. Luego, cuando hace buen tiempo está uno en tierra sin clientes. —¿Usted cree que el día de hoy es bueno? —Hombre, yo he visto ya bastante hoy. Pero me gustaría que usted viera mucho. —Así lo espero —me contestó. Nos pusimos a la pesca. Eddy fue a proa y se tumbó. Yo me quedé de pie esperando ver alguna cola. De vez en cuando observaba al negro, que se desperezaba. ¡Qué noche debía de pasar! —¿Quiere usted darme una botella de cerveza, capitán? —me preguntó Johnson. —Sí, señor —le contesté, metiendo la mano en el hielo para sacarle una fría. —¿No quiere una para usted? —No, señor. Esperaré hasta la noche. Abrí la botella y se la iba a largar cuando vi que un gran merlín, con una espada más larga que mi brazo, sacó del agua medio cuerpo para largar una dentellada a la caballa. Parecía un gran tronco. —¡Afloje! —grité. —No ha mordido —dijo Johnson. —Entonces espere. Había salido de muy al fondo y falló. Yo sabía que volvería. —Esté preparado para largar hilo en el momento que muerda. De pronto le vi subir desde muy al fondo. Se le veían las aletas, que parecían alas moradas, y las franjas moradas que le cruzaban el cuerpo pardo. Apareció como un submarino y su espinazo cortó el agua. De pronto se puso detrás del cebo y emergió del agua su espada, que oscilaba a derecha e izquierda. —Deje que le vaya a la boca —dije yo. Johnson retiró la mano del carrete, que empezó a zumbar. El merlín se volvió, se lanzó al fondo y brilló como de plata al lanzarse velozmente hacia tierra. —Apriete un poco el sujetador —dije a Johnson—. No mucho. Johnson lo apretó un poco y vi que la caña se enderezaba. —Apriételo fuerte y dele un golpe. Tiene que golpearlo. De todos modos va a saltar. Johnson apretó del todo el sujetador y volvió a ocuparse de la caña. —¡Duro con él! —le dije—. ¡Duro con él! ¡Dele media docena de golpes! Johnson le dio un par de fuertes golpes más. La caña se dobló y el carrete empezó a chirriar. De pronto emergió del agua el pez, bum, con un salto recto, brilló como de plata al sol e hizo un ruido como el de un caballo al que se le tira desde un acantilado. —Afloje un poco. —Se ha ido —dijo Johnson. —¡Qué se va a ir! Afloje pronto. Yo veía que la caña se doblaba. Al siguiente salto estaba el pez a popa y quería alejarse. Después volvió a aparecer y levantó espuma. Vi que el anzuelo le había agarrado a un lado de la boca. Se le veían claramente las franjas. Era un hermoso pez de un plateado brillante, con franjas moradas y grandes como un tronco. —Se ha ido —dijo Johnson. El hilo estaba flojo. —Vaya recogiendo. Está bien agarrado —le dije yo—. A toda máquina —grité al negro. Apareció una, dos veces, rígido como un poste. Todo lo largo que era saltaba hacia nosotros. Cada vez que caía levantaba agua a gran altura. El hilo se puso tenso. Le vi volverse con la intención de dirigirse hacia tierra. —Ahora huirá —dije yo—. Si quiere escapar le seguiré. Suelte un poco el sujetador. Tenemos hilo abundante. El merlín se dirigió hacia el noroeste, como van todos los grandes. ¡Cómo nadaba! Se puso a saltar sobre el lomo de las olas y parecía una lancha de carrera. Yo me senté al volante para seguirle después de haber virado y grité a Johnson que recogiera un poco teniendo firme el carrete. De pronto vi que tembló la caña y aflojó el hilo. Sólo una persona enterada podía darse cuenta de que había aflojado al ver la curva del hilo sobre el agua. Pero yo me di cuenta. —Se ha ido —dije a Johnson. El pez seguía saltando hasta que lo perdimos de vista. Era realmente un hermoso pez. —Todavía siento que tira —dijo Johnson. —Usted siente el peso del hilo. —No puedo recogerlo. Quizá esté muerto, el pez. —Mírelo —le dije—. Todavía salta. Se le veía a media milla, levantando todavía agua. Eché mano al sujetador. Johnson lo había apretado tanto que no podía soltar cuerda y tenía que romperse. —¿No le he dicho que lo dejara flojo? —Ha seguido tirando. —¿Y qué? —Que he apretado. —Mire usted —le dije—. Si no se le da un poco de hilo cuando muerden de esa manera, lo rompen. No hay hilo que les resista. Cuando lo piden hay que dárselo. Hay que mantenerlo un poco flojo. Los que pescan para el mercado no pueden sujetarlos con rigidez ni siquiera con una cuerda de arpón. Lo que nosotros tenemos que hacer es seguirles con la lancha para que no se acabe el hilo cuando huyen. Después de la carrera se cansan y entonces se les puede atraer. —¿De modo que si el hilo no se hubiera roto lo habría atrapado? —Habría tenido usted una probabilidad. —No podía haber seguido así, ¿verdad? —Podía haber hecho otras muchas cosas. No empieza a luchar hasta terminar la carrera. —Bueno, vamos a atrapar uno. —Primero tenemos que recoger el hilo. El pez había mordido y lo perdimos sin que se despertara Eddy, que después vino a popa. —¿Qué pasa? —preguntó. En otros tiempos, antes de darse a la bebida, había sido un buen marinero, pero ya no servía para nada. Allí estaba, alto, demacrado, con la boca entreabierta, una fluxión blanca en el extremo de los párpados y el pelo descolorido al sol. Yo sabía que se había despertado para echar un trago. —Más te vale beber una botella de cerveza —le dije. Sacó una de la caja y la bebió. —Bueno, Mr. Johnson —dijo Eddy—. Creo que lo mejor que puedo hacer es terminar mi sueñecito. Muchas gracias por la cerveza. ¡Qué tipo! Los peces le tenían sin cuidado. Hacia el mediodía picó otro y se nos escapó. El anzuelo se elevó treinta pies cuando lo expulsó. —¿Qué he hecho mal ahora? —dijo Johnson. —Nada. Lo ha escupido. —Mr. Johnson —dijo Eddy, que se despertó para beber otra botella de cerveza— . Tiene usted mala suerte y es posible que la tenga buena con las mujeres. ¿Qué le parece que salgamos esta noche? Después volvió a tumbarse otra vez. A eso de las cuatro, cuando ya íbamos de vuelta pegados a la costa, contra corriente y con el sol por detrás, mordió en el anzuelo de Johnson el merlín más grande que he visto en mi vida. Habíamos puesto un aparejo con plumas y cayeron cuatro atunes pequeños y el negro puso uno de ellos en el anzuelo. Era bastante pesadito y hacía mucho ruido en la estela. Johnson quitó del carrete la correa para poner la caña de través sobre las rodillas porque se le cansaban los brazos de tenerla constantemente en posición. Y como también se le habían cansado las manos de sujetar el carrete con el tirón del pesado cebo, apretó el sujetador cuando yo no le miraba. No sabía yo que lo había apretado. No me gustaba verle sostener la caña de aquella manera, pero no quería meterme con él constantemente. Además, lo único que podía pasar teniendo el sujetador flojo era que se le fuera el hilo, de modo que no había ningún peligro. Pero aquélla no era manera de pescar. Yo iba al volante y conducía al borde de la corriente frente a la vieja fábrica de cemento. Allí hay mucho fondo cerca de tierra y siempre se forma una especie de remolino y pican mucho. De pronto vi que se levantaba el agua como si hubiera estallado una bomba de profundidad, y vi también una espada, un ojo, la mandíbula inferior y la enorme cabeza pardo-morada de un merlín negro. Del agua emergía su aleta dorsal a tanta altura como un velero aparejado. La espada era tan ancha como un bate de béisbol. Cuando echó la dentellada al cebo abrió el océano en dos. Era morado negruzco y tenía unos ojos del tamaño de soperas. Era enorme. Apostaría que pesaba mil libras. Grité a Johnson que le soltara hilo, pero antes de pronunciar una palabra vi que Johnson se elevaba en el aire como levantado por una grúa y que durante un segundo siguió sosteniendo la caña y se dobló como un arco, pero el mango le golpeó en la barriga y el aparejo entero se fue al agua. El pez, al picar, lo había levantado de la silla, y no pudo sujetarlo. El mango lo tenía debajo de una pierna y la caña le cruzaba la otra. Si la hubiera tenido sujeta al cuerpo se lo hubiera llevado a él también. Yo paré el motor y fui a popa. Johnson estaba sentado y llevándose las manos a la barriga, donde había sufrido el golpe. —Creo que basta por hoy —le dije. —¿Qué pez era ése? —Un merlín negro. —¿Cómo ha sucedido? —¿Ha calculado usted el precio? —le pregunté—. El carrete me costó doscientos cincuenta dólares. Ahora cuestan más. La caña me costó cuarenta y cinco. Había casi seiscientas yardas de hilo del treinta y seis. Eddy le dio una palmada en la espalda: —Tiene usted mala suerte, Mr. Johnson. No había visto nunca una cosa así. —Calla, borrachín —le dije yo. —Le digo a usted que no he visto en la vida una cosa tan rara, Mr. Johnson — replicó Eddy. —¿Qué podía yo hacer con un pez como ése? —exclamó Johnson. —Usted quería luchar solo —le contesté yo. Me había enfadado mucho. —Son demasiado grandes —dijo Johnson—. Hubiera sido un castigo. —Un pez así lo mataría a usted. —Otros los pescan. —Sí, quienes saben pescarlos. Pero no se crea que no se llevan lo suyo. —Yo he visto una fotografía de una chica que pescó uno. —Claro que sí. Pesca muerta. Se tragó el cebo, le arrancaron el estómago y salió a la superficie y murió. Yo hablo de cansarlos cuando se les agarra por la boca. —Bueno, son demasiado grandes —dijo Johnson—. Si no es una diversión, ¿para qué pescar? —Tiene razón, Mr. Johnson —dijo Eddy—. Si no es una diversión, ¿para qué pescar? Ha dado en el clavo, Mr. Johnson. Si no es una diversión, ¿para qué pescar? A mí me duraba todavía la excitación de haber visto aquel pez y del disgusto del aparejo no podía escucharles y dije al negro que enfilara hacia el Morro. No dije nada a Johnson y a Eddy, que seguían sentados con una botella de cerveza cada uno. —Capitán: ¿puede usted servirme un whisky? —me preguntó Johnson al cabo de un rato. Le serví uno sin decir nada y me preparé otro. Yo pensaba en que Johnson había estado pescando quince días, había atrapado un pez por el cual un pescador hubiera dado un año de pesca, lo había perdido, había perdido también mi aparejo pesado, había hecho el ridículo y estaba ahora sentado muy contento y bebiendo con un borrachín. Cuando llegamos al muelle y el negro se quedó esperando, dije: —Y mañana, ¿qué? —Creo que no —me contestó Johnson—. Estoy casi harto de esta clase de pesca. —¿Quiere pagarle al negro? —¿Cuánto le debo? —Un dólar. Dele propina si quiere. Le dio un dólar y dos monedas cubanas de veinticinco centavos. —¿Esto qué es? —me preguntó el negro mirando a las monedas. —La propina —le contesté en castellano—. Usted ya ha terminado. Le paga eso. —¿No vengo mañana? —No. El negro recogió el ovillo del bramante que utilizaba para fijar los cebos, agarró sus gafas negras, se puso el sombrero de paja y se fue sin decir adiós. Aquel negro nunca había tenido una opinión favorable de ninguno de nosotros. —¿Cuándo quiere usted liquidar? —pregunté a mister Johnson. —Iré al banco mañana por la mañana y liquidaremos a la tarde —me contestó. —¿Sabe cuántos días debe? —Quince. —No. Con el de hoy son dieciséis, y uno para preparar y otro para limpiar hacen dieciocho. Además hay que tener en cuenta la caña, el carrete y el hilo. —El aparejo es a riesgo suyo. —No, señor. Cuando se pierde de la manera que se perdió, no. —Pago todos los días por alquilarlo. El riesgo es suyo. —No, señor. Si lo hubiera roto un pez y no tuviera usted la culpa, sería otra cosa. Usted lo ha perdido por descuido. —Me lo ha arrancado de las manos el pez. —Porque había apretado usted el sujetador y no tenía la caña en el hueco de la silla. —No tiene usted derecho a cobrar eso. —Si alquilara usted un automóvil y lo tirara por un despeñadero, ¿tendría que pagarlo, o no? —Si yo fuera dentro, no —contestó Johnson. —Muy bueno, Mr. Johnson —intervino Eddy—. ¿Comprende, Capi? Si fuera en el automóvil, se mataría y no tendría que pagar. Muy bueno. Yo no presté atención al borrachín. —Me debe usted doscientos noventa y cinco dólares por la caña, el carrete y el hilo —dije a Johnson. —No es justo, pero si usted lo cree así, ¿por qué no partimos la pérdida? —No puedo adquirir otro aparejo por menos de trescientos sesenta y siete dólares. No le cobro el hilo. Un pez como aquél se lo hubiera podido llevar todo y no tendría usted la culpa. Si hubiera aquí alguien más que un borrachín, le diría a usted que tengo razón. Ya sé que parece mucho dinero, pero también a mí me costó mucho dinero el aparejo. Para esta pesca hay que disponer del mejor aparejo. —Dice que soy un borrachín, Mr. Johnson, y es posible que lo sea, pero tiene razón —dijo Eddy—. Tiene razón y es razonable. —No quiero poner inconvenientes —dijo finalmente Johnson—. Pagaré, aunque yo no lo veo así. Son dieciocho días a treinta dólares por día y doscientos noventa y cinco extra. —Usted me dio cien —le contesté— y yo le daré una lista de gastos y deduciré los víveres que queden. Lo gastado en provisiones se liquida aparte. —Es razonable —dijo Johnson. —Óigame, Mr. Johnson —dijo Eddy—. Si supiera lo que se cobra generalmente a los forasteros vería usted que es más que razonable. ¿Sabe lo que es? Excepcional. El Capi lo trata como si fuera su propia madre. —Iré por la mañana al banco y vendré a la tarde. Pasado mañana tomaré el barco. —Puede volver con nosotros y ahorrarse el viaje de vuelta. —No —contestó—. Con el barco gano tiempo. —Bueno —le dije yo—. ¿Vamos a tomar un trago? —Muy bien —me contestó—. Y tan amigos, ¿eh? —Sí, señor. Nos sentamos los tres a popa y tomamos whisky. La mañana del día siguiente la pasé a bordo cambiando el aceite del motor y dedicado a una cosa y otra. Al mediodía fui al centro de la ciudad y comí en un restaurante chino donde se come bien por cuarenta centavos y después fui a comprar cosas para mi mujer y mis tres hijas. Compré, ya se figuran ustedes, perfume, un par de abanicos y dos o tres peinetas altas. Cuando terminé las compras me detuve en el bar de Donovan, tomé una cerveza, charlé con el viejo y después fui a pie al muelle San Francisco, deteniéndome tres o cuatro veces en el camino a tomar cerveza. Convidé a un par de cervezas a Frankie en el bar Cunard y llegué a bordo de muy buen humor. No me quedaban más que cuarenta centavos. Me acompañó Frankie, nos sentamos a esperar a Johnson, saqué del hielo un par de botellas y nos las bebimos entre los dos. A Eddy no lo había visto en toda la noche ni en todo el día, pero yo sabía que, tarde o temprano, en cuanto se le acabara el crédito, había de volver. Donovan me dijo que había estado allí la víspera con Johnson y que Eddy les había convidado a crédito. En la espera me asaltó el pensamiento de que tal vez Johnson no apareciera, pero calculé que se habría acostado tarde y que probablemente no se habría levantado hasta el mediodía. Los bancos estaban abiertos hasta las tres y media. Vimos la salida del avión y a eso de las cinco y media yo me sentía muy bien, pero empezaba a preocuparme. A las seis mandé a Frankie al hotel a ver si estaba allí Johnson. Todavía pensaba que quizá continuara la farra o que estaría en el hotel por sentirse demasiado mal para levantarse. Seguí esperando hasta que se hizo tarde. Pero cada vez me preocupaba más, porque me debía ochocientos veinticinco dólares. Frankie se había ido hacía un poco más de media hora. Cuando lo vi volver caminaba a buen paso y meneaba la cabeza. —Se ha ido en el avión —me dijo. ¡Vaya! ¡La habíamos hecho! El consulado estaba cerrado. Yo tenía cuarenta centavos y de todos modos el avión estaría ya en Miami para entonces. Ni siquiera podía telegrafiar. ¡Qué tipo había resultado Mr. Johnson! La culpa la tenía yo. Me lo hubiera debido oler. —Bueno. Lo mejor que podemos hacer es tomar una cervecita fresca de las que compró Mr. Johnson —dije a Frankie. Quedaban tres botellas de Tropical. Frankie estaba tan disgustado como yo. No sé cómo podía estarlo, pero así parecía. No hacía más que darme palmadas en la espalda y menear la cabeza. La habíamos hecho buena. Estaba seco. Había perdido quinientos treinta dólares de alquiler, y el aparejo no podía reemplazarlo por trescientos cincuenta y más. ¡Cuánto se alegrarían de saberlo algunos de la pandilla que me rodeaba en el muelle!, pensé. Más de uno de Cayo Hueso se pondría contento. ¡Y la víspera había renunciado a tres mil dólares por desembarcar tres extranjeros en los cayos! En cualquier parte, nada más que por sacarlos del país. Bueno, ¿qué iba a hacer? No podía tomar un cargamento porque hacía falta dinero para comprar las bebidas y además ya no daban dinero. La ciudad estaba inundada de bebidas y no había nadie que las comprara. Pero así me muriera si iba a casa sin un centavo a morirme de hambre el verano en aquel pueblo. Además tengo familia. El despacho de la lancha estaba pagado. Generalmente se le paga por adelantado al corredor y la despacha él. No tenía ni siquiera dinero para cargar gasolina. ¡Qué situación! ¡Qué tipo, el Johnson! —Tengo que llevar algo, Frankie. Tengo que ganar dinero. —Lo comprendo —me contestó Frankie. Frankie merodea en los muelles, hace cualquier trabajillo, es bastante sordo y bebe demasiado todas las noches. Pero no han conocido ustedes un individuo más leal ni de mejor corazón. Lo conozco desde que empezamos a ir allí. Después, cuando me retiré de contrabandear y me dediqué a alquilar la lancha para pescar peces espada en Cuba, lo veía mucho por los muelles y por el café. Parece tonto y generalmente sonríe en vez de hablar, pero eso se debe a que es sordo. —¿Llevaría cualquier cosa? —me preguntó. —Naturalmente. No puedo elegir. —¿Cualquier cosa? —Claro que sí. —Veremos. ¿Dónde va usted a estar? —En La Perla. Tengo que comer. En La Perla se puede comer bien por veinticinco centavos. Todos los platos del menú son de diez centavos, excepto la sopa, que cuesta cinco. Fui con Frankie y yo entré y Frankie siguió adelante. Antes de separarse me dio la mano y me volvió a dar palmadas en la espalda. —No se preocupe. Yo, Frankie. Mucha política. Muchos negocios. Mucho beber. Sin dinero. Pero buen amigo. No se preocupe. —Hasta luego, Frankie. No te preocupes tampoco tú. Capítulo II Entré en La Perla y me senté a una mesa. En el ventanal habían puesto un vidrio nuevo y el aparador estaba lleno. En el bar había muchos gallegos bebiendo. Otros comían. En una mesa estaban ya jugando al dominó. Por quince centavos tomé sopa de lentejas y un guisote. Una botella de cerveza Hatuey hizo que la cuenta subiera a veinticinco. Cuando le hablé del tiroteo al mozo, no me dijo nada. Todos estaban muy asustados. Terminé de comer, me eché atrás contra el respaldo de la silla, fumé un cigarrillo y pensé, muy preocupado, en mi situación. De pronto vi que entraba Frankie seguido por otro. Un amarillo, pensé. Por lo visto se trata de amarillos. —Le presento a Mr. Sing—me dijo Frankie sonriendo. Había andado muy de prisa y lo sabía. —¿Cómo está usted? —dijo Mr. Sing. Mr. Sing era uno de los hombres más suaves que yo había visto. Era chino, no cabía duda, pero hablaba como un inglés y vestía de blanco con camisa de seda y corbata negra y uno de esos sombreros panamá de ciento veinticinco dólares. —¿Quiere tomar café? —me preguntó. —Si usted toma, sí. —Gracias. ¿Estamos solos? —Sin contar todos los del café... —Eso no importa. ¿Usted tiene una lancha? —De treinta y ocho pies. Cien caballos Kermath. —¡Ah! Había pensado que sería mayor. —Puedo llevar doscientas sesenta y cinco cajas sin sobrecargar. —¿Quiere usted alquilármela? —¿En qué condiciones? —No necesita usted ir. Yo pongo capitán y tripulación. —No —contesté—. Yo voy en la lancha adondequiera que vaya. —Bueno —replicó—. ¿Quiere usted dejarnos solos? —dijo a Frankie. Frankie parecía tan interesado como siempre y le sonrió. —Es sordo —dije yo—. No entiende mucho el inglés. —¡Ah! —exclamó Mr. Sing—. Usted habla castellano. Dígale que vuelva más tarde. Yo le hice a Frankie un ademán con el pulgar. Frankie se levantó y fue al mostrador. —¿No habla usted castellano? —pregunté a Mr. Sing. —Oh, sí —me contestó—. Vamos a ver, ¿cuáles son las circunstancias que le harían..., que le han hecho pensar en...? —Estoy seco. —Ah, vamos —dijo Mr. Sing—. ¿Debe algo de la lancha? ¿Puede intervenir el juzgado? —No. —Muy bien. ¿Cuántos de mis desgraciados compatriotas puede acomodar en su canoa? —¿Se refiere usted a llevarlos? —Exactamente. —¿Hasta dónde? —Un viaje de un día. —No lo sé. Puedo llevar una docena si no tienen equipaje. —No tendrán equipaje. —¿Adonde quiere usted llevarlos? —Eso lo decidiría usted. —¿A qué se refiere? ¿Al lugar de desembarco? —Usted los embarcaría para las Tortugas, donde los recogería una goleta. —Mire usted —le dije yo—. En las Tortugas hay, en Loggerhead Key, una estación de radio receptora y transmisora. —Bien. Indudablemente sería una tontería desembarcarlos allí. —Entonces, ¿qué? —Yo he dicho que los embarcaría usted para allí. Eso es lo que debe decir al pasaje. —Bueno —contesté. —Usted los desembarcará donde mejor le parezca. —¿Irá la goleta a las Tortugas a recogerlos? —No, hombre, no —replicó Mr. Sing—. ¡Qué tontería! —¿Cuánto por cabeza? —Cincuenta dólares. —No. —¿Qué le parecerían setenta y cinco? —¿Cuánto cobra usted por cabeza? —Eso no viene al caso. En mi despacho de pasajes hay muchísimas facetas, muchísimos ángulos, como diría usted. La cosa no termina ahí. —Bien. Y lo que se espera que yo haga tampoco hay que pagarlo, ¿verdad? —Le comprendo perfectamente. ¿Le parecen bien cien dólares por cabeza? —Mire usted —le repliqué—. ¿Sabe usted para cuánto tiempo iría yo a presidio si me echaran mano? —Para diez años. Por lo menos diez años —me contestó—. Pero no hay ningún motivo para ir a presidio, querido capitán. No corre usted riesgo más que al embarcar los pasajeros. Lo demás queda a su buen juicio. —¿Y si vuelven a manos de usted? —Muy sencillo. Yo le acusaré de haberme traicionado, les reembolsaré parte del dinero y los volveré a embarcar. Ellos comprenden, claro está, que es un viaje difícil. —¿Y a mí qué me pasaría? —Creo que dirigiría una esquelita al consulado. —Ah, vamos. —Mil doscientos dólares no son de despreciar, capitán. —¿Cuándo cobraría? —Doscientos al aceptar y mil al cargar. —¿Y si desapareciera con los doscientos? —Yo no podría hacer nada, claro está —contestó Mr. Sing sonriendo—. Pero no le considero capaz de eso, capitán. —¿Tiene usted ahí los doscientos? —Naturalmente. —Póngalos debajo del platillo. Mr. Sing los puso. —Muy bien —le dije—. Despacharé por la mañana y saldré a la tarde. ¿Dónde cargamos? —¿Qué le parece Bacuranao? —Bien. ¿Lo tiene usted todo arreglado? —Naturalmente. —Ahora, vamos a hablar de la carga —le dije—. Usted pone dos luces, una sobre otra, en el punto que sea. Yo me acercaré cuando las vea. Usted viene en un bote y la carga se hace desde el bote. Venga personalmente y traiga el dinero. No tomo a nadie a bordo hasta cobrar. —No. La mitad al empezar a cargar y la otra mitad al terminar. —Bien —le repliqué—. Es razonable. —¿Conformes en todo? —me preguntó. —Creo que sí. No habrá equipajes ni armas. Ni pistolas, ni cuchillos, ni navajas de afeitar. Nada. Tengo que estar seguro de eso. —¿No confía en mí, capitán? —me preguntó—. ¿No ve que nuestros intereses son idénticos? —¿Cumplirá lo convenido? —No me haga pasar un mal rato, por favor. ¿No ve que nuestros intereses coinciden? —Bueno. ¿A qué hora estará usted allí? —Antes de medianoche. —Bien. Creo que eso es todo. —¿Cómo quiere usted el dinero? —En billetes de cien. Se levantó y lo seguí con la mirada. Frankie le sonrió cuando pasó a su lado. Mr. Sing no lo miró. Era un chino verdaderamente suave. ¡Qué chino! Frankie vino a la mesa. —¿Qué tal? —¿Dónde conociste a Mr. Sing? —Embarca chinos —me contestó—. Gran negocio. —¿Cuánto tiempo hace que lo conoces? —Lleva aquí unos dos años. Antes los embarcaba otro. Alguien lo mató. —Alguien matará a Mr. Sing también. —Seguro. ¿Por qué no? Gran negocio. —Gran negocio —repetí yo. —Gran negocio —repitió Frankie—. Los chinos embarcados no vuelven nunca. Otros escriben cartas diciendo que les va muy bien. —Admirable —dije yo. —Esta clase de chinos no saben escribir. Todos los chinos que saben escribir son ricos. No comen nada. Viven de arroz. Aquí hay cien mil chinos. No hay más que tres chinas. —¿Por qué? —No lo permite el gobierno. —Horrible situación —dije yo. —¿Tiene asunto con él? —Es posible. —Buen asunto —dijo Frankie—. Mejor que la política. Se gana mucho. Grandes negocios. —Toma una botella de cerveza —le dije yo. —¿Se acabaron las preocupaciones? —me preguntó. —Vamos, hombre. Grandes negocios. Muchas gracias. —Muy bien —me dijo Frankie dándome una palmada en la espalda—. Me ha puesto usted muy contento. El negocio de los chinos es bueno, ¿eh? —Magnífico. —Me alegro mucho —dijo Frankie. Vi que estaba a punto de echarse a llorar de contento de que las cosas se hubieran arreglado y le di unas palmadas en la espalda. ¡Qué tipo! Lo primero que hice por la mañana fue ir a ver al corredor y decirle que despachara la lancha. Me pidió la lista de la tripulación y no le di ningún nombre. —¿Va usted solo, capitán? —me preguntó. —Sí. —¿Qué ha sido de su marinero? —Está de borrachera —le contesté. —Es muy peligroso ir solo. —No son más que noventa millas. ¿Cree usted que el llevar un borrachín a bordo cambia las cosas? Llevé la lancha al otro lado del puerto, al muelle de la Standard Oil, y llené los dos tanques. Entre los dos contenían cerca de doscientos galones. No me gustaba nada pagar veintiocho centavos el galón, pero no sabía adonde tendríamos que ir. Desde que había visto al chino y cobrado el dinero me había estado preocupando el asunto. Creo que no dormí en toda la noche. Volví al muelle San Francisco y me estaba esperando Eddy. —Hola, Harry —me gritó agitando una mano. Le eché el cable de popa, amarró bien y subió a bordo más alto, de peor color y más borracho que nunca. No le dije nada. —¿Qué piensas del Johnson ese que se largó de esa manera? —me preguntó—. ¿Qué has averiguado? —Largo de aquí —le contesté—. Eres una peste. —¿No me ha sentado tan mal como a ti? —Largo de aquí —repetí. Eddy se instaló en una silla y estiró las piernas. —He oído que hoy nos vamos —me dijo—. La verdad es que no merece la pena de quedarse. —Tú no vas. —¿Qué te pasa, Harry? No tiene sentido el enojarse conmigo. —¿Qué no? ¡Largo de aquí! —Calma, calma. Le di una bofetada, se levantó y subió al muelle. —Yo no te haría una cosa así. —¡Claro que no, animal! —le contesté—. No te llevo. Eso es todo. —¿Por qué tenías que pegarme? —Para que lo creas. —¿Qué quieres que haga? ¿Quedarme y morirme de hambre? —¡Qué vas a morir, idiota! Puedes volver en el ferry. No tienes más que trabajar a bordo. —No me estás tratando bien —me dijo. —¿A quién has tratado tú bien en tu vida, borrachín? Eres capaz de engañar a tu propia madre. Era verdad. Pero yo estaba disgustado por haberle pegado. Ya saben ustedes cómo se siente uno cuando pega a un borracho. Pero tal como se habían puesto las cosas no lo llevaría; ni siquiera si hubiera querido llevarlo. Dio unos pasos en el muelle y parecía más largo que un día sin pan. De pronto dio vuelta y se acercó. —¿No me das un par de dólares? Le di uno de los billetes de cinco del chino. —Siempre te he tenido por un amigo, Harry —me dijo—. ¿Por qué no me llevas? —Traes mala suerte. —Estás enfadado, nada más. No importa, viejo. Todavía te alegrarás de volverme a ver. Como ya tenía dinero se alejó más de prisa, pero les aseguro que hasta el verle caminar era una peste. Caminaba como si tuviera las articulaciones hacia atrás. Fui a La Perla, vi al corredor, me entregó la documentación y le convidé a una copa. Después almorcé y vi que entraba Frankie. —Un individuo me ha dado esto para usted —me dijo; y me entregó una especie de rollo envuelto en papel y atado con bramante rojo. Parecía una fotografía cuando le quité el papel, y la desenrollé pensando que sería una vista que alguien había tomado de la lancha. Acerté. Era una fotografía, tomada muy de cerca, de la cabeza y el pecho de un negro muerto, degollado de oreja a oreja y vuelto a coser. Una tarjeta puesta en el pecho decía en castellano: «Esto es lo que les hacemos a los lenguas largas.» —¿Quién te la ha dado? —pregunté a Frankie. Me señaló un chico español que trabaja en los muelles y que estaba en pie ante el mostrador. —Dile que venga. El chico se acercó y me dijo que se la habían dado dos individuos a eso de las once. Le preguntaron si me conocía y les contestó que sí. Luego se la dio a Frankie para que me la entregara. Le habían pagado un dólar. Según dijo, iban bien vestidos. —Política —dijo Frankie. —Sí —le contesté. —Creen que había avisado usted a la policía, que iba usted a verse con unos aquella mañana. —Ah, sí. —La política es mal asunto —dijo Frankie—. Más le vale largarse. —¿Te han dado algún recado? —pregunté al chico español. —No. No me han dicho sino que le diera eso. —La política es mal asunto —dijo Frankie—. Muy mal asunto. Yo tenía en un montón los papeles que me había dado el corredor y pagué la cuenta, salí del café, crucé la plaza y me alegré de cruzar el depósito y de verme en el muelle. Aquellos chicos me tenían predestinado. Eran lo bastante tontos para creer que yo había denunciado a alguien a los otros. Eran como Pancho. Cuando tenían miedo se excitaban y querían matar a alguien. Subí a bordo y calenté el motor. Frankie me miraba desde el muelle y sonreía con su inexpresiva sonrisa. Me dirigí a él. —Mira, no te metas en un lío por esto —le dije. No podía oírme y tuve que gritarle. —Yo entiendo de política —me dijo soltando amarras. Capítulo III Hice adiós a Frankie, que había tirado el cabo a cubierta, desatraqué la lancha y enfilé el canal. Salía un carguero inglés, me puse al pairo y le pasé. Iba muy cargado de azúcar y tenía muy roñosas las chapas. Un marinero que vestía un viejo jersey azul me siguió con la mirada desde la proa. Salí del puerto, pasé por delante del Morro e hice rumbo norte, hacia Cayo Hueso. Dejé el volante, fui a proa, recogí el cabo, volví a mi sitio y mantuve el rumbo dejando La Habana a popa. Al cabo de un rato perdí de vista el Morro, después desapareció el Hotel Nacional y al fin justamente veía la cúpula del Capitolio. No había mucha corriente en comparación con el último día de pesca. La brisa era floja. Vi que hacia La Habana se dirigían dos smacks, y como venían del oeste comprendí que había poca corriente. Corté contacto y detuve el motor. No tenía objeto gastar nafta. Dejé la lancha a la deriva. Cuando oscureciera no dejaría de ver el faro del Morro y, si la lancha se alejaba demasiado, las luces de Cojimar, que me orientarían hacia Bacuranao. Por el aspecto de la corriente calculé que para el anochecer me habría llevado la corriente a la altura de Bacuranao, donde vería las luces de Baracoa. Detuve pues el motor y subí a proa. No se veían más que los dos smacks que se dirigían a puerto y, a lo lejos, la cúpula del Capitolio que se destacaba muy blanca al borde del mar. En la corriente flotaban bastantes algas sobre las que volaban algunas aves, no muchas. Estuve un rato sobre la cabina de mando y contemplé el mar, pero los únicos peces que vi fueron esos pardos que merodean alrededor de los montones de algas. No le dejen ustedes a nadie decir que no hay agua abundante entre La Habana y Cayo Hueso. Ya estaba a comienzos de travesía. Al cabo de un rato bajé a la cabina y me encontré con Eddy. —¿Qué pasa? ¿Qué le pasa al motor? —Se ha averiado. —¿Por qué no has levantado la capota? —¡Mierda! —le contesté. ¿Saben lo que había hecho? Volvió a bordo, levantó la escotilla de proa, se coló en la cabina y se volvió a dormir. Tenía dos botellas compradas en la primera taberna que encontró en el camino. Cuando puse el motor en marcha se despertó y se volvió a dormir. Al detener yo el motor en el golfo, el movimiento de la lancha lo volvió a despertar. —Ya sabía que me traerías, Harry —me dijo. —Te voy a llevar al infierno —le contesté—. Ni siquiera estás en la lista de tripulación. Me dan ganas de hacerte saltar al agua. —Eres un bromista, Harry. Los de Cayo Hueso tenemos que estar unidos cuando nos vemos en líos. —¿Con la lengua que tienes? ¿Quién va a confiar en ti cuando estás bebido? —Soy un buen hombre, Harry. Ponme a prueba y lo verás. —Trae las botellas —le dije. Estaba pensando en otra cosa. Las trajo, tomé un trago de una de ellas y la dejé cerca del volante. Lo miré. Me daba pena y sentía lo que yo iba a tener que hacer. Lo había conocido cuando era un buen hombre. —¿Qué le pasa a la lancha, Harry? —me preguntó. —Nada. —¿Qué pasa, entonces? ¿Por qué me miras así? —En menudo lío te has metido —le dije. Me daba pena. —¿En qué lío? —No lo sé todavía. No lo he calculado todo. Seguimos un rato sentados y no tenía yo ganas de seguir hablando. Cuando comprendí la cosa, se me hacía duro decirle. Bajé, agarré el fusil de repetición y el Winchester 30-30 que siempre llevaba en la cabina y los colgué en sus estuches del techo de la cabina, donde solía colgar las cañas, sobre el volante y al alcance de la mano. Los guardaba siempre en sus estuches de piel de oveja con la lana por dentro y empapada en aceite. Aflojé la bomba del fusil, lo hice funcionar unas cuantas veces, lo cargué y pasé un cartucho al cañón. Después puse un cartucho en la recámara del Winchester, llené el cargador, saqué de debajo del colchón la Smith y Wesson treinta y ocho especial que tenía de mis tiempos de policía en Miami, la limpié, la engrasé, la cargué y me la puse al cinto. —¿Qué pasa? —me preguntó Eddy—. ¿Qué demonios pasa? —Nada —le contesté. —¿Para qué quieres esas cochinas armas? —Siempre las traigo a bordo. Para disparar a pájaros que se quieren llevar los cebos, o tiburones, o para navegar en los cayos. —Pero, ¿qué pasa, hombre? ¡Maldita sea! —Nada —le contesté. La vieja treinta y ocho me golpeaba en la pierna cuando se balanceaba la lancha. Miré a Eddy y pensé que era una insensatez hacerlo entonces. Lo iba a necesitar. —En Bacuranao nos espera un trabajito —le dije—. Ya te lo explicaré a su tiempo. No quería decírselo con demasiada anticipación para que no se preocupara. Podía asustarse y no servirme para nada. —No podías contar con otro mejor que yo, Harry —me dijo—. Yo soy el hombre que necesitas. Contigo, cualquier cosa. Lo miré y lo vi alto, descolorido y tembloroso y no dije nada. —¿No me das un trago? —me preguntó—. No quiero que me entren los temblores. Se lo di y esperamos sentados a que oscureciera. La puesta del sol era linda. Soplaba una leve brisa. Cuando el sol bajó bastante puse en marcha el motor e hice proa a tierra. Capítulo IV Estábamos a una milla más o menos y en la oscuridad. Con la puesta del sol se había avivado la corriente, y yo noté que iba entrando. Al oeste veía el faro del Morro y el resplandor de La Habana. Las luces que teníamos enfrente eran Rincón y Baracoa. Remonté la corriente hasta pasar Bacuranao y acercarnos a Cojimar. Allí dejé la lancha a la deriva. La oscuridad era grande, pero yo sabía dónde estábamos. No habíamos encendido las luces. —¿Cuál es el trabajito? —me preguntó Eddy. Volvía a estar asustado. —¿Cuál te parece que es? —No sé. Me has puesto preocupado. Estaba muy cerca de temblar y cuando se me acercó le noté un aliento de buitre. —¿Qué hora es? —le pregunté. —Bajaré a ver. Volvió y me dijo que eran las nueve y media. —¿Tienes hambre? —le pregunté. —No. Ya sabes que no podría comer. —Bueno. Puedes tomar un trago. Después que lo tomó le pregunté qué tal se sentía. Me dijo que se sentía bien. —Dentro de un rato te daré un par de tragos más. Sé que si no tomas ron no tienes agallas, y no hay mucho a bordo. Más te vale beber poco a poco. —Dime de qué se trata. Le hablé en la oscuridad: —Vamos a Bacuranao a recoger doce chinos. Cuando te lo diga te pones al volante y haces lo que te mande. Embarcaremos los doce chinos y los encerraremos abajo. Vete a proa y fija por fuera la escotilla. Subió y su silueta se perfiló en la oscuridad. Volvió y me dijo: —¿Puedo tomar ahora uno de los tragos? —No. Te necesito valiente de ron. No me haces falta inútil. —Soy un buen hombre. Harry. Ya lo verás. —Eres un borrachín —le contesté—. Óyeme bien. A los doce los va a traer otro chino y me va a dar parte del dinero al principio. Cuando estén todos a bordo me dará el resto. Cuando tú veas que me da dinero por segunda vez, enfilas a alta mar. No hagas caso de lo que suceda. Sigue adelante suceda lo que suceda. ¿Comprendes? —Sí. —Si algún chino sale de la cabina o por la escotilla cuando estemos en marcha, agarras el fusil y lo vuelves a meter a la misma velocidad con que haya salido. ¿Sabes manejar el fusil grande? —No, pero me puedes enseñar. —No te acordarías. ¿Sabes manejar el Winchester? —No hay más que mover el cerrojo y disparar. —Exactamente. Pero cuidado, no hagas agujeros en el casco. —Mejor será que me des otro trago. —Muy bien. Te daré un traguito. Le di uno bueno. Sabía que con el miedo que tenía no le emborracharía. Pero cada trago le haría su efecto por un ratito. Después de beber dijo, como si estuviera muy contento: —De modo que nos dedicamos al contrabando de chinos, ¿eh? Siempre he pensado que si me arruinara me dedicaría a ese negocio. —Pero hasta ahora no te habías arruinado, ¿verdad? —le repliqué. No dejaba de tener gracia lo que me había dicho. Antes de las diez y media le había dado tres tragos más para que se sintiera valiente. Era divertido mirarle, y el verle me impedía pensar en mí mismo. No había pensado que tendría que esperar tanto. Había planeado partir después de oscurecer, huir del resplandor y costear hasta Cojimar. Un poco antes de las once vi en el punto convenido las dos luces. Esperé un poco y avancé lentamente. Bacuranao es una caleta donde antes había un gran muelle para cargar arena. Hay allí un riachuelo que desagua en el mar cuando las lluvias abren camino en la barra. En invierno los vientos del norte amontonan arena y la cierran. Las goletas entraban a cargar guayabas en el río y en otros tiempos hubo un pueblo, pero lo destruyó un huracán y ya no queda más que una casita que construyeron unos gallegos con los restos del desastre y que utilizan como club los domingos cuando van de La Habana a bañarse y de picnic. Hay otra casa donde vive el delegado gubernativo, pero está lejos de la playa. Cada sitio de esos a lo largo de la costa tiene un delegado gubernativo, pero yo pensé que el chino utilizaría su propio bote y que lo habría sobornado. Cuando nos acercamos noté el olor a algas y ese otro dulce a matorral que viene de tierra. —Adelante —dije a Eddy. —Por ese lado no podemos chocar —me replicó—. Las rocas están en el otro según se entra. Ya ven, en otros tiempos había sido un buen hombre. —Vigila —le dije guiando la lancha a donde nos pudieran ver. Como las olas no rompían, podían oír el motor desde tierra. No quería estar esperando sin saber si nos habían visto o no y encendí una vez las luces verde y roja y las volví a apagar. Luego puse proa afuera y esperé con el motor a poquísima marcha. Había cierta marejada. —Ven aquí —dije a Eddy. Le di un buen trago. —¿Se levanta primero el gatillo con el pulgar? —me preguntó. Se había sentado al volante. Yo alargué el brazo, agarré los dos estuches, los abrí y saqué las culatas de los fusiles unas seis pulgadas. —Eso es. —¡Magnífico! Era realmente extraordinario ver el efecto que le hacía un trago, y qué pronto. Mientras esperábamos vi una luz que se movía desde la casa del delegado hacia la espesura. Luego vi que las dos luces convenidas se fueron apagando y que una de ellas describía después circunferencias. Debieron de apagar la otra. Al poco tiempo se destacó de la caleta un bote que se nos fue acercando a impulsos de un hombre que remaba a popa. Lo veía por la forma en que se balanceaba. Comprendí que el remo era grande. Me sentía muy satisfecho. El que el bote viniera movido por un remo quería decir que no lo manejaba más que un hombre. Se nos acercaron. —Buenas noches, capitán —dijo Mr. Sing. —Atraque por popa —le contesté. Mr. Sing dijo algo al chino que remaba, pero como no podía oír, me agarré a la regala de la lancha y la hice pasar a popa. Venían ocho hombres: los seis chinos, mister Sing y el remero. Mientras empujaba a la lancha esperé que algo me golpeara la cabeza, pero no sucedió nada. Me enderecé y dejé que se agarrara Mr. Sing a popa. —Vamos a ver qué cara tiene eso —le dije. Me alargó un rollo, lo tomé, fui a donde estaba Eddy al volante y encendí la luz de la bitácora. Examiné el rollo cuidadosamente y me pareció que estaba bien y apagué la luz. Eddy temblaba. —Sírvete un trago —le dije. Le vi alargar el brazo y levantar la botella. Volví a popa. —Bueno —dije a Mr. Sing—. Que pasen ahora los seis. Mr. Sing y el remero cubano se veían en dificultades para sujetar el bote en la marejada. Oí que Mr. Sing decía algo en chino y los chinos del bote se pusieron a subir a popa. —Uno a uno —les dije. Mr. Sing volvió a hablar. Los seis chinos subieron uno tras otro. Los había de todos los tamaños y estaturas. —Enséñales el camino —dije a Eddy. —Por aquí, señores —dijo Eddy. Comprendí que había tomado un buen trago. —Cierra la cabina —le dije cuando todos estuvieron dentro. —Sí, señor —me contestó. —Volveré con los demás —dijo Mr. Sing. —Bien. Empujé el bote y el chico se puso a remar. —Deja esa botella —dije a Eddy—. Ya te sientes bastante valiente. —Bien, jefe —me contestó. —¿Qué te pasa? —Esto es lo que me gusta. ¿Dices que no hay más que bajar el gatillo con el pulgar? —Calla, borrachín —le repliqué—. Dame un trago de ésos. —Se ha acabado. Lo siento, jefe. —Mira. Lo que tienes que hacer ahora es ver cuándo me da el dinero y poner la canoa en marcha. —Muy bien, jefe. Agarré la otra botella y la abrí con el sacacorchos. Tomé un buen trago y me volví a popa después de meter bien el corcho y de dejar la botella entre dos garrafones de agua. —Ahí viene Mr. Sing —dije a Eddy. —Sí, señor —me contestó. El bote se nos fue acercando. El remero acercó el bote a popa y yo dejé que agarraran ellos. Mr. Sing se agarró al rodillo que teníamos para embarcar los peces grandes. —Que suban uno a uno —le dije. Otros seis chinos variados subieron por popa. —Abre y mételos —dije a Eddy. —Sí, señor. —Cierra la cabina. —Sí, señor. Cuando vi que Eddy se había sentado al volante, dije a Mr. Sing: —Muy bien, Mr. Sing, veamos el resto. Metió la mano en el bolsillo y me alargó el dinero. Yo alargué la mano para recogerlo, le agarré de la muñeca de la mano en que tenía el dinero, lo atraje hacia mí y le eché la otra mano al cuello. Sentí que la lancha arrancaba. Estaba muy ocupado con Mr. Sing, pero en la proa del bote vi al cubano mientras nos alejábamos entre pataleos y esfuerzos de Mr. Sing. Se movía y saltaba más que un delfín al que se le ha echado el garfio. Le había sujetado el brazo detrás y se lo subí, pero creo que se lo subí demasiado, porque pronto lo sentí inerte. Cuando se le rompió hizo un ruido raro. Seguía teniéndolo agarrado de la garganta y se incorporó un poco y me mordió en un hombro. Pero cuando sentí que le había roto el brazo se lo solté. Ya no le servía para nada. Entonces lo agarré del cuello con las dos manos, y, amigo, Mr. Sing se contorsionó realmente como un pez, con el brazo colgando. Pero le puse de rodillas y le apreté bien el gaznate con dos dedos hasta que se le cascó. No crean que no se oye el ruido. Lo sostuve quieto un momento y lo dejé tendido de través a popa. Allí quedó boca arriba calladito, con su buen traje y los pies en el sollado. Recogí del suelo el dinero y lo conté a la luz de la bitácora. Luego me puse al volante y dije a Eddy que buscara debajo de popa unos trozos de hierro que usaba para fondear la embarcación cuando nos dedicábamos a pesca de fondo sobre rocas y no queríamos arriesgar un ancla. —No encuentro nada —me dijo. Tenía miedo de verse allí con Mr. Sing. —Ponte al volante. Sigue rumbo mar adentro. Se sentían ciertos ruidos en la cabina, pero no me asustaban. Encontré los dos trozos que quería, hierros del viejo muelle carbonero de Tortugas, agarré una cuerda y se los até a Mr. Sing en los tobillos. Cuando llegamos a estar a unas dos millas de tierra lo arrastré y cayó suavemente al agua. Ni siquiera le registré los bolsillos. No tenía ninguna gana de manipular con él. Como había sangrado un poco de la nariz y de la boca, volqué un balde de agua y de la velocidad que llevábamos casi me caí al agua. Luego limpié el suelo con una escoba que había a popa. —Afloja un poco la marcha —dije a Eddy. —¿Y si flota? —me preguntó. —Donde lo he echado habrá unas setecientas brazas. Se va a hundir todas, y es mucha distancia, amigo. No flotará hasta que lo levanten los gases y durante todo ese tiempo lo llevará la corriente y servirá de cebo. No te preocupes por Mr. Sing, idiota. —¿Qué tenías contra él? —me preguntó. —Nada. Nunca he tratado de negocios con un hombre más suave. Me parecía que en todo esto había algo retorcido. —¿Por qué lo has matado? —Por no tener que matar a los otros doce. —Tienes que darme un trago, Harry, porque siento que sube. Me ha puesto enfermo el verle menear la cabeza. Le di el trago. —¿Qué vamos a hacer con los chinos? —Quiero quitármelos de encima cuanto antes. Antes de que la cabina hieda. —¿Dónde los vas a dejar? —Los desembarcaremos en la playa grande. —¿Enfilo hacia allí? —Sí. Despacio. Cruzamos lentamente la barra. La playa brillaba. En la barra hay bastante fondo y una vez dentro el fondo es de arena y se puede llegar hasta la orilla. —Vete a proa y dame la profundidad. Eddy fue midiendo la profundidad con una pértiga y empujando la lancha al mismo tiempo. Yo iba acercando la lancha por popa. Eddy volvió y me hizo un gesto para que nos detuviéramos. —Aquí hay cinco pies. —Tenemos que anclar —le dije—. Si sucede algo y no podemos arrancar a toda velocidad, nos alejaremos como podamos. Eddy soltó la cuerda y cuando el ancla no pidió más la ató bien. La lancha quedó proa al mar. —El fondo es arena —me dijo Eddy. —¿Cuánta agua hay a popa? —le pregunté. —No más de cinco pies. —Agarra el rifle. Y ten cuidado. —Déjame tomar un trago —me contestó. Estaba muy nervioso. Le di un trago, eché mano del otro fusil, abrí la puerta de la cabina y dije: —Salgan todos. No pasó nada. Un ratito después sacó un chino la cabeza, vio a Eddy con el rifle y se volvió a meter. —Salgan. No les vamos a hacer nada —les dije. Ni por ésas. Lo único que hicieron fue hablar en chino. —¡Fuera de ahí! —les dijo Eddy. Comprendí que había empinado el codo. —Deja esa botella, o de un tiro vas al agua —le dije. —Salgan o disparo —dije a los chinos. Vi que uno se asomaba en una esquina de la puerta. Indudablemente vio la playa, pues se puso a hablar. —Salgan o disparo. Salieron. Aseguro a ustedes que hace falta ser muy canalla para matar a un grupo de chinos como aquéllos. Aparte de los líos y de las complicaciones. Salieron y estaban asustados y no tenían armas, pero eran doce. Yo caminé hacia atrás con mi fusil. —Salten por la borda —les dije—. El agua no les cubre. Nadie se movió. —Largo por la borda, cochinos amarillos —dijo Eddy. —Calla la boca, borrachín —le dije yo. —¿No nadar? —preguntó un chino. —No nadar —le contesté—. No fondo. —Vamos, largo —les dijo Eddy. —Ven a popa —le dije yo—. Con el fusil en una mano, mete la pértiga con la otra y enséñales el fondo que hay. Eddy les enseñó la pértiga mojada. —¿No nadar? —volvió a preguntarme el mismo chino. —No. —¿Verdad? —Sí. —¿Dónde estar? —Cuba. —Ladrón —me dijo, y después de colgar un rato se dejó caer. Se hundió del todo, pero reapareció y el agua no le llegaba a la barbilla—: Ladrón. Cochino ladrón. Estaba furioso y era valiente. Les habló a los otros en chino y todos se descolgaron por la popa. —Bueno, leva ancla —dije a Eddy. Cuando enfilamos mar adentro empezaba a salir la luna. A los chinos, que caminaban hacia tierra, se les veía la cabeza fuera del agua. Al fondo se veía el brillo de la playa y la espesura. Pasamos la barra, miré atrás y vi la playa y las montañas, que empezaban a perfilarse. Hice proa a Cayo Hueso. —Ahora puedes dormir un poco —dije a Eddy—. No, espera; baja, abre los ojos de buey para que se vaya el hedor y tráeme yodo. —¿Qué te pasa? —me preguntó cuando me lo trajo. —Me he cortado un dedo. —¿Quieres que maneje yo el volante? —Duerme. Ya te despertaré. Se tumbó en la litera empotrada bajo la popa sobre el depósito de gasolina y al poco tiempo estaba dormido. Capítulo V Sujeté el volante con las rodillas, me solté la camisa y me miré el mordisco de Mr. Sing. Era un buen mordisco, me puse yodo y seguí manejando el volante. Me pregunté si el mordisco de un chino sería venenoso. La lancha se deslizaba suavemente blanqueando el agua. No, qué demonios; aquel mordisco no podía ser venenoso. Probablemente un hombre como Mr. Sing se limpiaba los dientes dos o tres veces al día. ¡Qué tipo! No entendía realmente mucho de negocios. Quizá entendiera. Quizá confiara en mí. Aseguro a ustedes que no me imaginaba qué clase de hombre era. Bueno, lo demás, salvo por Eddy, era sencillo. Como es un borrachín, cuando está mamado se va de la lengua. Lo miré y pensé: «Cristo, tal como es, tan bien está muerto como vivo.» Al verlo a bordo pensé que tendría que hacerle desaparecer, pero cuando las cosas me salieron tan bien me faltó valor. El verlo tendido era indudablemente una tentación. Pero pensé que no tenía sentido hacer algo que luego podía lamentar. Después se me ocurrió que ni siquiera figuraba en la lista de la tripulación y que tendría que pagar multa por llevarlo. No sabía qué pensar. Me quedaba mucho tiempo. Mantuve el rumbo y de vez en cuando tomaba un trago de la botella que Eddy había traído a bordo. No había en ella gran cosa. Cuando terminé abrí la única que me quedaba. Me sentía muy bien al volante y la noche era muy buena para la travesía. Al fin, el viaje me había resultado bueno después de que tantas veces había parecido que resultaría malo. Eddy se despertó al amanecer y me dijo que se sentía muy mal. —Ponte al volante un momento —le dije—. Voy a dar un vistazo. Me dirigí a popa y eché un poco de agua. El suelo estaba perfectamente limpio. Sacudí la escoba por la borda, descargué los fusiles y los llevé abajo. Pero seguí con la pistola al cinto. Abajo hacía fresco y estaba muy agradable. No se sentía ningún olor. Por el ojo de buey de estribor había entrado un poco de agua y, como una de las literas se había mojado, lo cerré. No había en el mundo un vista de aduana que hubiera podido oler allí a chino. La documentación de la lancha estaba en la red donde la había dejado yo, debajo de la matrícula en marco, y le di un vistazo. Después subí. —Oye —pregunté a Eddy—: ¿Cómo figuras tú en la lista de la tripulación? —Me encontré con el corredor cuando iba al consulado y le dije que venía. —Dios protege a los borrachos —le repliqué. Me quité la treinta y ocho y la dejé abajo. Después hice café y subí y me puse al volante. —Abajo hay café —dije a Eddy. —El café no me haría ningún bien, Harry —me contestó. No había más remedio que tenerle lástima. Tenía realmente mala cara. A eso de las nueve vi a proa el faro de Sand Key. Hacía un rato que íbamos viendo barcos petroleros. —Llegaremos dentro de un par de horas —dije a Eddy—. Te voy a dar los cuatro dólares que te daba cuando salíamos con Johnson. —¿Cuánto has sacado anoche? —Seiscientos nada más —le contesté. No sé si me creyó o no. —¿No cobro parte? —Tu parte es la que te he dicho, y si abres la boca sobre lo de anoche te liquido. —Ya sabes que no me voy de la lengua. —Eres un borracho. Pero por muy borracho que estés, si hablas te la vas a ganar. —Soy un buen hombre —me replicó—. No deberías hablarme así. —No lo fabrican lo bastante de prisa para que seas un buen hombre —le contesté. Ya no me preocupaba Eddy. ¿Quién le iba a creer? mister Sing no podía quejarse. Los chinos no se iban a quejar. Tampoco se quejaría el remero. Quizá Eddy hablara tarde o temprano, pero, ¿quién cree a un borracho? ¿Quién podía probar nada? El ver su nombre en la lista de la tripulación hubiera dado, naturalmente, mucho que hablar. Eso sí que me hubiera traído mala suerte. Habría podido decir que se había caído al agua, pero eso da mucho que hablar. ¡Qué suerte había tenido también Eddy! Mucha suerte, ya lo creo. Llegamos al borde de la corriente y el agua pasó de ser azul a ser verdosa. Al fondo se veían los postes del Eastern y del Western Dry Roes, los mástiles de la radio de Cayo Hueso y el hotel La Concha sobre las casas bajas. Subía mucho humo de donde estaban quemando basura. Sand Key estaba muy cerca ya y se veía la casa de botes y el muellecito del faro. Yo sabía que no estábamos más que a cuarenta minutos de distancia y me sentía contento de estar de vuelta y de contar con bastante dinero para la temporada de verano. —¿Qué te parecería un trago? —pregunté a Eddy. —Ay, Harry —me contestó—. Siempre he sabido que eras amigo mío. A la noche estaba yo sentado en la salita, fumando un cigarro, tomando un whisky con agua y escuchando a Gracie Allen en la radio. Las chicas habían ido al teatro y yo me sentía con sueño y bien. Llamaron a la puerta y Marie, mi mujer, se levantó, fue a abrir y volvió y me dijo: —Es ese borracho de Eddie Marshall. Dice que tiene que verte. —Dile que se vaya antes de que lo eche —le contesté. Marie volvió y se sentó otra vez. Mirando por la ventana ante la cual estaba sentado con los pies en alto, vi a Eddy caminando por la carretera bajo un arco voltaico, con otro borracho con quien se había juntado. Iban haciendo eses y las eses de las sombras eran aun más bruscas. —¡Pobres borrachines! —dijo Marie—. Me dan pena los borrachos. —Ése es un borracho con suerte —le repliqué. —Ya sabes que no hay borrachos que tengan suerte. —No. Es posible que no. SEGUNDA PARTE Harry Morgan Otoño Capítulo primero Hicieron de noche la travesía y soplaba una fuerte brisa noroeste. Cuando el sol estaba alto vieron un petrolero que bajaba por el golfo. Se elevaba tanto que, blanqueado por el sol en el aire frío, parecía un edificio alto que emergía del agua. —¿Dónde demonios estamos? —preguntó al negro. El negro se levantó para mirar. —A este lado de Miami no hay nada parecido. —Sabes muy bien que la corriente no nos lleva hacia Miami. —Lo que digo es que en los cayos de Florida no hay edificios como ése. —Queríamos llegar a Sand Key. —Entonces tenemos que verlo. Si no, acabaremos yendo a los bajos americanos. Al poco tiempo vio que no era un edificio, sino un petrolero, y antes de media hora vio el faro de Sand Key, recto, delgado y pardo, irguiéndose en el mar donde debía erguirse. —Cuando se timonea hay que tener confianza —dijo al negro. —Tenía confianza, pero tal como nos ha ido en este viaje, la he perdido — contestó el negro. —¿Cómo tienes la pierna? —Me duele. —No es nada. Tenla limpia y vendada hasta que se te cure sola. Siguió rumbo al oeste para entrar y quedarse todo el día entre los mangles de Woman Key, donde no vería a nadie y les iría al encuentro el bote. —Te pondrás bien —dijo al negro. —No lo sé —contestó el negro—. Me duele mucho. —Cuando lleguemos te voy a curar bien. No tienes gran cosa. No te preocupes. —Tengo un balazo. Hasta ahora no me habían dado ninguno. Un balazo es siempre malo. —Lo que pasa es que tienes miedo. —No, señor. Tengo un balazo. Me duele mucho. He temblado toda la noche. El negro siguió rezongando y no pudo menos de quitarse la venda para verse la herida. —Déjala —le dijo el que timoneaba. El negro iba tendido en el sollado. Se había abierto sitio para tumbarse entre bolsas de forma de jamones y llenas de botellas que lo ocupaban todo. Cada vez que se movía se sentía un ruido a vidrio roto y olía a bebidas espirituosas. Todo el suelo estaba mojado de bebidas. El que timoneaba guió hacia Woman Key, que veía perfectamente. —Me duele —dijo el negro—. Cada vez me duele más. —Lo siento, Wesley —le dijo el otro—. Pero tengo que timonear. —Usted trata a un hombre como a un perro —dijo el negro. Se iba poniendo desagradable, pero el del volante le seguía teniendo lástima. —Te voy a arreglar bien, Wesley. Ahora quédate quieto. —A usted no le importa lo que le suceda a nadie. Es usted poco humano. —¡Que te voy a arreglar muy bien! Quédate quieto. —Usted no me va a arreglar —contestó el negro. El otro, que se llamaba Harry Morgan, no le replicó, porque el negro le era simpático y lo único que le hubiera debido hacer era pegarle, y no podía. —¿Por qué no nos detuvimos cuando empezaron a tirar? Morgan no contestó. —¿No vale la vida de un hombre más que un cargamento de bebidas? Morgan siguió concentrado en la dirección. —Lo único que teníamos que hacer era detenernos y dejar que se llevaran la carga. —No —dijo Morgan—. Se hubieran llevado la carga y la lancha y tú hubieras ido a la cárcel. —No me importa ir a la cárcel. Pero nunca he querido que me peguen un tiro. El negro le iba poniendo nervioso. Morgan se cansaba de oírle hablar: —¿Quién demonios está peor? ¿Tú o yo? —Usted —contestó el negro—. Pero a mí nunca me habían pegado un tiro. Nunca pensé que me lo pegarían. No me pagan para que me den tiros. No quiero que me den tiros. —Calma, calma, Wesley —le dijo Morgan—. Con hablar así no te pones mejor. Iban llegando al Key. Estaban ya en poco fondo y guió hacia el canal que el sol en el agua casi impedía ver. El negro empezaba a perder la cabeza o a sentirse religioso porque le dolía la herida; en todo caso no hacía más que hablar. —¿Por qué contrabandean ahora que no hay prohibición? ¿Por qué siguen traficando? ¿Por qué no traen las bebidas en el ferry? Morgan tenía la mirada fija en el canal. —¿Por qué no es decente la gente y se gana la vida decentemente? —preguntó el negro. Morgan vio que cerca de la orilla, invisible por el sol, se formaban unas onditas y viró manejando el volante con una mano. Al notar que el canal se ensanchaba se acercó lentamente a los mangles, atracó por popa y tiró los dos garfios. —Podría anclar, pero no puedo levantar el ancla. —Tampoco yo —dijo el negro. —¡Hay que ver cómo estás! —le dijo Morgan. Le costó mucho trabajo mover la pequeña ancla, levantarla y echarla, pero lo consiguió y soltó bastante cuerda. La lancha se balanceó tan cerca de los mangles que varias ramas llegaban al sollado. Harry fue después a popa, bajó al sollado y le pareció que tenía un aspecto horrible. Después de haberle vendado al negro la pierna y de que el negro le vendó el brazo, se había pasado toda la noche mirando a la brújula y manejando el volante, y cuando se hizo de día vio al negro tendido entre bolsas en medio del sollado, pero entonces estuvo ocupado mirando a las olas y a la brújula y buscando con la mirada el faro de Sand Key y no había observado detenidamente cómo estaban las cosas. Estaban mal. El negro yacía con la pierna en alto entre las bolsas de contrabando. En el sollado había ocho agujeros de bala. El cristal del parabrisas estaba roto. No sabía cuántas botellas habían destrozado, pero donde el negro no había sangrado había sangrado él. Lo que peor le pareció en aquel momento fue el olor a bebidas. Todo estaba empapado. La lancha estaba quieta contra los mangles, pero a Morgan no se le iba todavía la sensación de la marejada que habían tenido toda la noche en el golfo. —Voy a hacer café —dijo al negro—. Después te voy a arreglar. —No quiero café. —Yo sí —le contestó Morgan. Pero abajo se sintió tan mal que tuvo que subir. —Creo que no vamos a tomar café. —Yo quiero agua. —Muy bien. Dio al negro una taza de una damajuana. —¿Por qué sigue usted huyendo cuando empiezan a disparar tiros? —¿Por qué disparan tiros? —Quiero que me vea un médico. —¿Qué te va a hacer un médico que no te haya hecho yo? —Me va a curar. —Esta noche, cuando aparezca el bote, te verá uno. —No quiero esperar a ningún bote. —Bueno —dijo Morgan—. Ahora vamos a descargar estas bolsas. Se puso a descargar y le resultó muy duro. Cada bolsa no pesaba más que cuarenta libras, pero no había descargado muchas cuando se volvió a sentir mal. Se sentó en el sollado y acabó tumbándose. —Se va usted a matar —le dijo el negro. Morgan se quedó quieto con la cabeza reclinada en una de las bolsas. Las ramas de los mangles le hacían sombra. Más arriba silbaba el viento. Mirando al cielo, alto y frío, vio las finas nubecillas que levantaba el viento norte. «Con esta brisa no va a venir nadie —pensó—. No creerán que hemos hecho el viaje con este viento.» —¿Cree usted que vendrán? —le preguntó el negro. —Seguro. ¿Por qué no? —Porque hay demasiado viento. —Nos están buscando. —Con este viento, no. ¿Por qué me miente usted? —le preguntó el negro, que tenía la boca casi contra una bolsa. —Calma, Wesley —le dijo Morgan. —Calma, calma, dice usted —siguió el negro—. ¿Qué es lo que debo tomar con calma? ¿El morirme como un perro? Usted me ha metido en esto. Sáqueme. —Calma —le dijo Morgan amablemente. —No vienen —dijo el negro—. Estoy seguro de que no vienen. Tengo frío. No puedo aguantar el dolor ni el frío. Morgan consiguió quedar sentado. Se sentía vacío y débil. Los ojos del negro lo observaron mientras se ponía sobre una rodilla. Le colgaba el brazo derecho, pero se agarró de la mano derecha con la izquierda, la puso entre las rodillas y consiguió incorporarse agarrándose a la regala. Se puso en pie y sin separar la mano derecha de entre las rodillas, se quedó mirando al negro. Pensaba que hasta entonces no había sentido nunca dolor. —Si lo tengo estirado y derecho no me duele tanto —dijo al negro. —Déjeme que se lo ponga con un pañuelo —le replicó el negro. —No puedo doblarlo. Se me ha quedado rígido en esa forma. —¿Qué vamos a hacer? —Descargar estas bolsas. ¿No puedes sacar tú las que alcanzas? El negro intentó moverse para alcanzar una bolsa, pero gimió y se volvió a tumbar. —¿Te duele tanto, Wesley? —¡Dios! —exclamó el negro. —¿Crees que si la movieras una vez no te dolería tanto? —Tengo un balazo —contestó el negro—. No me voy a mover. Este hombre quiere que con un tiro encima descargue bolsas. —Calma. —Si me dice usted una vez más que tenga calma me voy a volver loco. —Calma —dijo Morgan suavemente. El negro profirió un gruñido y arrastrándose sobre cubierta sacó de una escotilla una piedra de afilar. —Le voy a matar —dijo a Morgan—. Le voy a sacar el hígado. —Con esa piedra no —le dijo Morgan. El negro murmujeó con la cara contra una bolsa. Morgan siguió levantando lentamente bolsas y depositándolas en tierra por la borda. Capítulo II Mientras descargaba las bolsas oyó el ruido de un motor y al mirar vio que se dirigía hacia ellos una lancha por el canal a la vuelta del Key. Era una lancha blanca con caseta amarillenta y parabrisas. —Viene una lancha —dijo al negro—. Ven, Wesley. —No puedo. —De ahora en adelante voy a recordar. Antes era distinto. —Siga y recuerde —le contestó el negro—. Tampoco yo he olvidado nada. De prisa ya, corriéndole el sudor por la cara, sin detenerse para mirar a la lancha que se acercaba por el canal, Morgan fue recogiendo con el brazo sano las bolsas y depositándolas por la borda. —Muévete —dijo al negro al echar mano a la bolsa que le servía de almohada y moviéndola. El negro quedó sentado. —Ahí están —indicó. La lancha les venía en sentido perpendicular. —Es el capitán Willie con unos clientes —dijo el negro. A popa de la lancha blanca, balanceándose en sillas de pescar, venían dos hombres de pantalón de franela y sombrero de tela. Un viejo de sombrero de fieltro y chaqueta de cuero manejaba la caña y timoneó muy cerca de los mangles al lado de la lancha contrabandista. —¿Qué hay, Harry? —gritó el viejo al pasar. Harry le saludó con el brazo. La lancha siguió adelante. Los dos que pescaban miraron a la otra lancha y dijeron unas palabras al viejo. Harry no pudo oír lo que decían. —En la boca virará para volver —dijo Harry al negro. Después bajó y subió con una manta—. Te voy a cubrir. —Ya era hora de que me tapara. Han tenido que ver la mercancía. ¿Qué vamos a hacer? —Willie es un buen hombre —le replicó Harry—. Dirá en el pueblo que estamos aquí. Los que pescan no nos van a molestar. ¿Qué les importamos nosotros? Se sentía muy flojo y se sentó en el asiento del volante y apretó el brazo derecho entre los muslos. Le temblaban las rodillas y a cada temblor sentía un intenso dolor cerca del hombro. Abrió las rodillas, se levantó el brazo herido y lo dejó colgando. En esa postura estaba cuando volvió a pasar la lancha. Los dos hombres sentados en la silla de pescar conversaban. Habían levantado las cañas y uno de ellos le miraba con unos prismáticos. Estaban demasiado lejos para que Harry pudiera oír lo que decían. Tampoco le hubiera servido para nada el oírlo. A bordo de la lancha alquilada South Florida, que navegaba en el canal de Woman Key porque el mar estaba demasiado movido para salir de la barra, el capitán Willie Adams pensaba: «De modo que Harry ha cruzado anoche. Tiene agallas. Ha debido de correr todo el temporal. La lancha es muy marinera. ¿Cómo se le habrá roto el parabrisas? A mí nadie me hubiera hecho cruzar anoche. Cualquiera me hace traer ahora bebidas de Cuba. Ahora las traen de Mariel. Dicen que el camino está libre.» —¿Qué ha dicho usted, capitán? —¿Qué lancha es ésa? —preguntó uno de los que iban en las sillas. —¿Esa lancha? —Sí, esa lancha. —Ah, es una lancha de Cayo Hueso. —He preguntado de quién es esa lancha. —No lo sé. —¿El dueño es pescador? —Hay quien dice que sí. —¿Qué quiere usted decir? —Hace un poco de todo. —¿No sabe usted cómo se llama? —No, señor. —Le ha llamado usted Harry. —Yo, no. —Le he oído llamarle Harry. El capitán Willie Adams miró al hombre que le estaba hablando y vio una cara de buen color, pómulos salientes, labios finos, boca desdeñosa y unos ojos grises muy hundidos que le miraban de debajo de un sombrero de tela y ala ancha. —Me habré equivocado —contestó el capitán Willie. —Puede usted ver que el hombre está herido, doctor —dijo el otro alargando los prismáticos a su compañero. —Puedo verlo sin prismáticos —dijo el hombre a quien habían llamado doctor— . ¿Quién es ese hombre? —No lo sé —contestó el capitán Willie. —Ya lo sabrá usted —replicó el de la boca desdeñosa—. Apunte los números de proa. —Ya los tengo, doctor. —Vamos allí a echar un vistazo —dijo el doctor. —¿Es usted doctor? —preguntó el capitán Willie. —No en medicina —contestó el de los ojos grises. —No siendo médico, yo no iría allí. —¿Por qué no? —Si nos necesitara nos hubiera hecho una señal. Si no nos necesita, lo demás no nos importa. Aquí nadie se ocupa de asuntos ajenos. —Bueno. Ahora ocúpese usted de los suyos. Llévenos a aquella lancha. El capitán Willie no cambió de rumbo. El Palmer dos cilindros tosía con regularidad. —¿No me ha oído usted? —Sí, señor. —¿Por qué no cumple la orden? —¿Quién demonios se cree usted? —preguntó el capitán Willie. —No se trata de eso. Haga lo que le digo. —¿Quién se cree usted? —Muy bien. Para su información, le diré que soy actualmente uno de los tres hombres más importantes de los Estados Unidos. —¿Qué demonios está usted entonces haciendo en Cayo Hueso? El otro se inclinó hacia el capitán Willie y le dijo en tono impresionante: —Es Frederick Harrison. —No he oído nunca ese nombre —replicó el capitán Willie. —Ya lo oirá usted —dijo Frederick Harrison—. Y en este pueblecito hediondo lo van a oír todos aunque tenga que arrancarlo de raíz. —¡Qué simpático es usted! —dijo el capitán Willie—. ¿Cómo ha llegado a ser tan importante? —Es uno de los funcionarios de más categoría —dijo el otro. —¡Hombre! —contestó el capitán Willie—. Si tiene tanta categoría, ¿qué hace en Cayo Hueso? —Ha venido a descansar —explicó el secretario—. Lo van a nombrar gobernador general de... —Basta, Willie —dijo Frederick Harrison—. Ahora, llévenos a aquella lancha — añadió sonriendo. Tenía una sonrisa reservada para aquellas ocasiones. —No, señor. —Mire usted, pedazo de idiota. Lo va usted a pagar... —Bueno —replicó el capitán Willie. —Usted no sabe quién soy yo. —Me tiene sin cuidado. —Ese hombre es contrabandista, ¿verdad? —¿Le parece a usted? —Probablemente habrá una recompensa para quien lo entregue. —Lo dudo. —Es un delincuente. —Tiene familia y tiene que comer y dar de comer a su familia. ¿Qué cree usted que puede comer aquí la gente trabajando para el gobierno por seis dólares y medio semanales? —Está herido. Eso quiere decir que se ha visto en un jaleo. —A no ser que se haya pegado un tiro por divertirse. —Ahórrese la gracia. Ahora va usted a la lancha y nos la vamos a llevar con hombres y todo. —¿Adónde? —A Cayo Hueso. —¿Tiene usted autoridad? —Ya le he dicho a usted quién es —dijo el secretario. —Muy bien. El capitán hizo fuerza en el timón, viró y se acercó tanto al borde del canal que la hélice levantó un remolino de fango. Después se acercó adonde estaba la otra lancha entre mangles. —¿Tiene algún arma a bordo? —preguntó Frederick Harrison al capitán Willie. —No, señor. Los dos pasajeros se habían ya puesto en pie para mirar a la otra lancha. —Eso es mejor que pescar, ¿eh, doctor? —preguntó el secretario. —El pescar es una tontería —contestó Frederick Harrison—. Si se pesca un pez espada no se sabe qué hacer con él. No puede uno comerlo. Esto es verdaderamente interesante. Me alegro de conocerlo de primera mano. Herido como está, no se nos puede escapar. Hay demasiada mar. Conocemos su lancha. —Realmente lo va usted a capturar solito —le dijo el secretario con admiración. —Y sin armas —añadió Frederick Harrison. —Sin los aspavientos de la policía federal. —Edgar Hoover exagera su propaganda —dijo Frederick Harrison—. Creo que ya le hemos tolerado bastante. Vaya acercándose —dijo al capitán Willie. El capitán desembragó y la lancha siguió sin motor. —¡Eh! —gritó el capitán Willie a la otra lancha—. No asoméis la cabeza. —¿Qué es eso? —exclamó Harrison enojado. —Cállese —le replicó el capitán Willie, que llamó a la otra lancha—: ¡Eh! Largaos al pueblo y no os asustéis. No importa la lancha. Se la van a llevar. Descargad las bolsas y largaos al pueblo. Tengo a bordo un tipo que parece ser un esbirro de Washington. Dice que es más importante que el presidente. Quiere echaros mano. Cree que sois contrabandistas. Tiene los números de la lancha. Yo no os he visto, de modo que no sé quiénes sois. No podría identificaros... Las dos lanchas se separaron. El capitán Willie siguió gritando: —No sé qué sitio es éste donde os he visto. No sabría volver aquí. —Está bien —gritaron desde la canoa contrabandista. —A este personajón lo voy a llevar de pesca hasta que anochezca —gritó el capitán Willie. —Está bien. —Le gustaría pescar —gritó casi desgañitándose el capitán Willie—. Pero el tipo dice que no puede comer la pesca. —Gracias, hermano —dijo la voz de Harry. —¿Es hermano suyo? —preguntó Frederick Harrison. Estaba congestionado, pero no se le había extinguido su sed de información. —No, señor —contestó el capitán Willie—. Casi todos los de las lanchas nos llamamos hermanos mutuamente. —Entraremos en Cayo Hueso —dijo Frederick Harrison, pero sin gran convicción. —No, señor —replicó el capitán Willie—. Ustedes me han alquilado la lancha para todo el día y quiero que disfruten de lo que han pagado. Aunque me ha llamado usted idiota, disfrutará de la lancha todo el día. —Llévenos a Cayo Hueso —dijo Harrison. —Sí, señor —contestó el capitán Willie—. Más tarde. Mire usted, el pez espada es tan bueno como el alción. Cuando los vendíamos en La Habana a Ríos nos pagaban lo mismo que por los alciones; diez centavos la libra. —Cállese de una vez —dijo Frederick Harrison. —Creía que a usted, que es del gobierno, le interesarían esas cosas. ¿No tiene usted que ver en eso de los precios de los comestibles? ¿No es de esos que hacen que cuesten más? —Cállese —dijo Frederick Harrison. Capítulo III Harry había descargado la última bolsa de la lancha contrabandista. —Dame el cuchillo de pescar —dijo al negro. —Ha desaparecido. Harry apretó los dos arranques y puso en marcha los dos motores. El segundo lo había puesto cuando la crisis económica llevó al auge a las lanchas que se alquilaban para pescar. Agarró el hacha y con la mano izquierda cortó la cuerda del ancla junto a la bita. «Se hundirá y la recogerán cuando recojan la carga —pensó—. Iré con la lancha a Garrison Bight, y, si se la van a llevar, que se la lleven. Tiene que verme un médico. No quiero perder un brazo además de perder la lancha. La carga vale tanto como la lancha. No se me ha roto gran cosa, pero un poco que se rompa duele mucho.» Metió el embrague de babor y salió de entre los mangles. Los motores funcionaban suavemente. La lancha del capitán Willie estaba ya a dos millas de distancia y enfilaba hacia Boca Grande. «Creo que la marea ha subido ya bastante para ir por los lagos», pensó Harry. Metió el embrague de estribor y los motores rugieron. Notó que la proa se levantaba y que los verdes mangles se movían en la misma dirección al faltarles agua en las raíces. «Espero que no se la llevarán —pensó—. Espero que me pondrán bien el brazo. ¿Cómo iba yo a saber que nos iban a hacer fuego en Mariel cuando hace seis meses que vamos y venimos? Así son los cubanos. Alguien no ha pagado a alguien y nosotros recibimos los balazos. Muy propio de cubanos.» —Eh, Wesley —dijo al negro volviéndose para mirar al sollado donde yacía cubierto con una manta—. ¿Cómo te sientes? —Bien —contestó Wesley—. No me siento peor. —Te sentirás peor cuando el médico te la sondee —contestó Harry. —Es usted inhumano—dijo el negro—. No tiene sentimientos humanos. «El viejo Willie es un buen hombre —pensó Harry—. Buen hombre. Hemos hecho mejor en venir que en esperar. Era una tontería esperar. Me sentía mal y perdí el juicio.» A proa, veía ya la blancura del hotel La Concha, los mástiles de la radio y las casas del pueblo. Se veían también los ferries de automóviles en el muelle Tumbo, donde se desviaría él para enfilar Garrison Bight. «¡Qué tipo es Willie! —pensó—. Les estaría amargando la vida. ¿Quiénes serían aquellos idiotas? Que me ahorquen si no me siento muy mal ahora mismo. Estoy muy mareado. Hemos hecho bien en volver. No era bueno esperar.» —Mr. Harry —dijo el negro—. Siento no haberle podido ayudar a descargar las bolsas. —Ningún negro sirve para nada si le han dado un tiro, y tú eres un verdadero negro, Wesley. Sobre el rugido de los motores y el chapoteo de la lancha en el agua sentía un extraño y desolador murmullo en su corazón. Siempre se sentía así cuando volvía a casa al final de un viaje. «Espero que me arreglen el brazo —pensó—. Tengo que usarlo mucho todavía.» TERCERA PARTE Harry Morgan Invierno Capítulo primero Habla Albert: —Estábamos en el bar de Freddy y llegó el abogado alto y delgado y preguntó: —¿Dónde está Juan? —No ha vuelto todavía. —Sé que ha vuelto y tengo que verlo. —Claro, usted lo denunció, consiguió que lo acusen y ahora va a defenderlo — dijo Harry—. No venga aquí a preguntar dónde está. Probablemente lo tiene usted en el bolsillo. —Mierda —dijo el abogado—. Tengo un empleo para él. —Entonces vaya a buscarlo a otra parte —replicó Harry—. Aquí no está. —Te digo que tengo un empleo para él. —Usted no tiene un empleo para nadie. Es usted una peste. En aquel momento entró el viejo del largo pelo canoso que le cae por encima del cuello. Se dedicaba a vender cosas de goma y venía a comprar medio litro. Freddy se lo sirvió y el viejo encorchó la botella y cruzó con los pies a rastras la calle. —¿Qué te ha pasado en el brazo? —preguntó el abogado a Harry, que tenía la manga suelta con un imperdible en el hombro. —No me parecía lindo y me lo corté —contestó Harry. —¿Tú y quién más lo cortasteis? —Yo y el médico —contestó Harry. Había estado bebiendo y le duraban todavía los efectos—. Yo lo tuve quieto y el médico me lo cortó. Si los cortaran por meterlos en bolsillos ajenos, a usted no le quedarían ni manos ni pies. —¿Qué te pasó que tuvieron que cortártelo? —preguntó el abogado. —No pregunte demasiado. —¿Por qué no? Quiero saber qué te pasó y dónde estabas. —Vaya usted a molestar a otro. Usted sabe dónde estaba y lo que sucedió. Calle la boca y no me moleste. —Quiero hablar contigo —dijo el abogado. —Hable. —Aquí no, al fondo. —Yo no quiero hablar con usted. De usted no puede venir nada bueno. Es usted una peste. —Tengo algo para ti. Algo bueno. —Bien, le voy a oír por una vez —dijo Harry—. ¿De qué se trata? ¿De Juan? —No, no se trata de Juan. Fueron al fondo, detrás del extremo del mostrador, adonde estaban las cabinas, y no aparecieron en bastante tiempo. En su ausencia entraron la hija de Lucie la Grande con la chica con quien andaba siempre y se sentaron al mostrador a tomar coca-cola. —Dicen que no van a permitir a las chicas en la calle después de las seis de la tarde en ningún local —dijo Freddy a la hija de Lucie la Grande. —Eso dicen. —El pueblo se va a poner espantosamente aburrido —dijo Freddy. —Ya lo es. Sale una a tomar un sandwich y una coca-cola y la detienen y le echan una multa de quince dólares —replicó la otra. —A eso se dedican ahora —dijo la hija de Lucie la Grande—. A detener a gente divertida. A todo el que tenga cara alegre. —Si en este pueblo no sucede algo, las cosas van a ir muy mal. En aquel momento aparecieron Harry y el abogado, y el abogado le dijo: —Bueno, ¿estarás allí? —¿Por qué no los trae aquí? —No. No quieren venir aquí. Ha de ser allí. —Bien. Harry se acercó al mostrador y el abogado salió. —¿Qué quieres tomar, Al? —me preguntó Harry. —Bacardí. —Danos dos bacardís, Freddy —y volviéndose hacia mí, preguntó—: ¿Qué haces ahora, Al? —Trabajo en eso que da el gobierno para socorrer a los desocupados. —¿En qué obra? —En el alcantarillado. Estamos levantando los viejos raíles de tranvía. —¿Cuánto te dan? —Siete y medio. —¿Semanales? —¿Cómo va a ser? —¿Cómo bebes aquí? —No pensaba beber hasta que me has convidado —le contesté. Harry se me acercó un poco: —¿Quieres hacer un viajecito? —Depende. —Ya hablaremos. —Bueno. —Ven conmigo en automóvil. Hasta luego, Freddy. Jadeaba un poco como solía jadear cuando había estado bebiendo, y caminé a su lado hasta la esquina por la calle levantada, por la calle donde habíamos estado trabajando todo el día. Allí estaba su automóvil. —Sube —me dijo. —¿Adonde vamos? —le pregunté. —No lo sé —me contestó—. Tengo que averiguarlo. Subimos Whitehead Street en silencio. Al llegar al final torció a la izquierda y en el extremo del pueblo cruzamos White Street y de allí a la playa. Durante todo ese trayecto Harry no dijo nada. Salimos a la carretera de arena y seguimos por el bulevar. Una vez allí arrimó el automóvil a la acera y lo detuvo. —Unos forasteros quieren alquilar mi lancha para un viaje —me dijo. —Está en poder de la aduana, ¿verdad? —Sí, pero no lo saben. —¿Qué clase de viaje? —Dicen que quieren llevar a Cuba a alguien que va para negocios y que no puede ir en avión ni en barco. Me lo ha dicho Labios de Abeja. —¿Están haciendo eso? —Sí, hombre. Desde la revolución, constantemente. Muchos van de esa manera. —¿Y la lancha? —Tendremos que robarla. Ya sabes que no le han hecho nada para que yo no pueda ponerla en marcha. —¿Cómo la vas a sacar de donde está? —Ya me las arreglaré. —¿Cómo vamos a volver? —Tendré que pensarlo. Si no quieres ir, dilo. —Habiendo dinero de por medio estoy dispuesto a ir. —Mira —me dijo—. Ganas siete dólares y medio semanales. Tienes tres críos que van a la escuela y que al mediodía están hambrientos. Tienes una familia a la que le duele la barriga y yo te doy oportunidad de ganar dinero. —No has dicho cuánto. Sin dinero no se corren riesgos. —Hoy no se gana gran cosa en ninguna clase de riesgos. Mírame a mí. Durante la temporada ganaba treinta y cinco dólares diarios por llevar gente a pescar. Después, por un contrabando que apenas valía lo que mi lancha me pegaron un tiro y perdí un brazo. Pero te diré que ni a mis hijos les van a doler las tripas ni yo voy a cavar alcantarillas para el gobierno por menos que para darles de comer. De todos modos, ya no puedo cavar. No sé quién hizo las leyes, pero sé que no hay ley que diga que uno tiene que pasar hambre. —Yo me declaré en huelga contra ese jornal —le dije. —Y has vuelto a trabajar —me replicó—. Dijeron que te habías declarado en huelga contra la caridad. Siempre has trabajado, ¿verdad? Nunca has pedido limosna a nadie. —No hay trabajo —le dije—. No hay trabajo que dé para vivir. —¿Por qué? —No lo sé. —Tampoco yo —me contestó—. Pero si otros comen, también mi familia va a comer. Lo que intentan hacer es echaros de aquí a los de Cayo Hueso para derribar las chozas, construir apartamentos y hacer de esto una ciudad de turismo. Eso es lo que he oído. Dicen que van a comprar terrenos y después que a los pobres los eche el hambre y se vayan a otra parte a pasar más hambre, vendrán ellos y lo adornarán para los turistas. —Hablas como un extremista —le dije. —No soy extremista —me replicó—. Estoy furioso. Hace tiempo que estoy furioso. —El perder el brazo no te ha ayudado a que te sientas mejor. —¡Que se vaya mi brazo a la porra! Vaya una cosa. Hay cosas peores que perder un brazo. Se tienen dos brazos como se tienen otras dos cosas. Y el hombre que no tiene más que un brazo y una de esas cosas sigue siendo hombre. ¡Que se vaya a la porra! No quiero hablar de eso. —Al cabo de un minuto añadió—: Todavía tengo las otras dos cosas. —Después puso en marcha el motor y siguió—: Vamos a ver a esos individuos. Seguimos por el bulevar. Había brisa. Pasaban pocos automóviles. En el cemento, allí donde las olas habían rebasado el muro en la marea alta, olía a algas podridas. Harry guiaba con el brazo izquierdo. Yo le había tenido siempre simpatía y había ido con él muchas veces en la lancha en otros tiempos, pero se le notaba cambiado desde que perdió el brazo y el individuo de Washington firmó una declaración jurada de que había visto que de la lancha descargaban contrabando de bebidas y la aduana se apoderó de ella. A bordo estaba siempre contento, pero sin su lancha estaba descontento. Creo que se alegraba de tener una excusa para robar la lancha. Sabía que no podía retenerla en su poder, pero quizá creyera que podía ganar bastante dinero mientras la tuviera. Yo tenía verdadera necesidad de dinero pero no quería verme en líos y le dije: —Ya sabes que no quiero meterme en ningún jaleo serio. —¿Qué peor jaleo que verte como te ves? ¿Qué hay peor que estar muriéndose de hambre? —No me estoy muriendo de hambre —le contesté—. ¿Qué demonios estás siempre hablando de morirse de hambre? —Quizá no lo estés tú, pero tus hijos lo están. —Calla la boca —le dije—. Trabajaré contigo, pero no quiero que hables así. —Bueno. Pero decide si quieres el trabajito, porque en este pueblo me sobran hombres. —Lo quiero —le dije—. Ya te he dicho que lo quiero. —Entonces, no te pongas así. —Eres tú el que no debe ponerse así. Tú eres el único que habla como un extremista. —Bueno, hombre, bueno. Ninguno de vosotros, los de Cayo Hueso, tenéis agallas. —¿Desde cuándo no eres tú de Cayo Hueso? —Desde la primera vez que comí bien. Hablaba con resentimiento, con verdadero resentimiento, y desde chico era así. Nunca había compadecido a nadie, pero tampoco se compadecía a sí mismo. —Bueno, hombre —le dije. —No te enfades —me contestó. A lo lejos vi las luces del sitio adonde nos dirigíamos. —Los vamos a ver ahí —me dijo—. Tú, calla la boca. —Vete a la mierda. —Calma. Se desvió de la carretera y guió hacia la trasera de la casa. Harry era un matón y un malhablado, pero siempre me había gustado. Dejamos el automóvil atrás y entramos en la cocina. La mujer de la casa estaba cocinando en un horno. —Hola, Freda —le dijo Harry—. ¿Dónde está Labios de Abeja? —Ahí dentro, Harry. Hola, Albert. —Hola, Miss Richards —le contesté. La conocía desde que ella vivía en los barrios bajos, pero puedo asegurarles que dos de las mujeres casadas más trabajadoras del pueblo fueron golfas. —¿Todos bien? —me preguntó. —Muy bien. De la cocina pasamos a la habitación del fondo. Sentados a una mesa estaban el abogado Labios de Abeja y cuatro cubanos. —Siéntese —dijo en inglés uno de ellos con aspecto de valiente, corpulento, cara grande y una grave voz gutural. Se le notaba que había estado bebiendo copiosamente—. ¿Cómo se llama usted? - ¿Y usted cómo se llama? -le preguntó Harry. -Bueno, como usted quiera -contestó el cubano—. ¿Dónde está la lancha? —En el fondeadero de los yates —dijo Harry. —¿Quién es éste? —preguntó el cubano mirándome a mí. —Mi segundo de a bordo —contestó Harry. El cubano me examinó bien con la mirada y los demás nos examinaron a los dos. —Tiene cara de hambre —dijo el cubano echándose a reír. Los demás no se rieron—. ¿Quiere tomar una copa? —Bueno —contestó Harry. —¿Qué? ¿Bacardí? —Lo que beben ustedes —dijo Harry. —¿Su segundo bebe? —Tomaré uno —dije yo. —Nadie se lo ha preguntado todavía —dijo el cubano grandote—. Lo único que he preguntado es si usted bebe. —Basta, Roberto —dijo uno de los otros cubanos, joven, no mucho más que un chico—. ¿No puedes hacer nada sin ponerte pesado? —¿Quién se ha puesto pesado? He preguntado si bebe. Cuando se contrata a alguien se le pregunta si bebe. —Dale una copa —dijo el otro cubano—. Vamos a hablar del asunto. —¿Cuánto quiere usted por la lancha, grandullón? —preguntó a Harry el cubano que se llamaba Roberto. —Depende de lo que quiera usted hacer con ella. —Ir los cuatro a Cuba. —¿A qué parte de Cuba? —A Cabañas. Muy cerca de Cabañas. No lejos de Mariel. ¿Sabe dónde está? —Sí. ¿Nada más que llevarlos allí? —Nada más. Llevarnos y dejarnos en tierra. —Trescientos dólares. —Es demasiado. ¿Cuánto nos cobra por día si le garantizamos dos semanas? —Cuarenta dólares diarios y un depósito de mil quinientos por si a la lancha le pasa algo. ¿Está claro? —No. —La gasolina y el aceite son por su cuenta —añadió Harry. —Le daremos doscientos dólares por llevarnos y dejarnos en tierra. —No. —¿Cuánto quiere? —Ya lo he dicho. —Es demasiado. —No es demasiado —contestó Harry—. Yo no sé quiénes son ustedes. No sé qué asunto les lleva ni si los van a recibir a tiros. Tengo que cruzar dos veces el golfo y estamos en invierno. En todo caso arriesgo la lancha. Los llevo por doscientos dólares y un depósito de mil de garantía por la lancha. —Eso es razonable —dijo Labios de Abeja—. Más que razonable. Los cubanos se pusieron a conversar en castellano. Yo no les entendía, pero sabía que Harry podía entenderles. —Muy bien —dijo el cubano grandote—. ¿Cuándo puede usted salir? —A cualquier hora de la noche de mañana. —Quizá no queramos ir hasta la noche de pasado mañana. —Por mí no hay inconveniente —dijo Harry—. Díganmelo a tiempo. —¿Su lancha está en buen estado? —Es buena —dijo el joven. —¿Dónde la ha visto usted? —le preguntó Harry. —Me la enseñó Mr. Simmons, el abogado, éste. —Ah —exclamó Harry. —Tome una copa —dijo otro de los cubanos—. ¿Ha ido muchas veces a Cuba? —Unas cuantas. —¿Habla castellano? —Nunca lo he podido aprender —contestó Harry. Vi que Labios de Abeja lo miraba, pero él mismo es tan retorcido que siempre se alegra de que los demás no digan la verdad. Tampoco se la dijo él a Harry cuando fue a hablarle del asunto. Fingió que quería ver a Juan Rodríguez, un gallego piojoso que sería capaz de robar a su propia madre y al que Labios de Abeja denunciaría para volverlo a defender. —Mr. Simmons habla bien el castellano —dijo el cubano. —Es un hombre instruido —replicó Harry. —¿Sabe usted navegar? —Puedo ir y venir. —¿Es usted pescador? —Sí, señor —contestó Harry. —¿Cómo pesca usted con un brazo? —preguntó el de la cara grande. —Doble que con uno solo —contestó Harry—. ¿Querían ustedes hablarme de alguna otra cosa? —No. Los demás se pusieron a conversar en castellano. —Entonces, me voy —dijo Harry. —Yo le avisaré —dijo Labios de Abeja. —Hay que depositar una cantidad —replicó Harry. —La depositaremos mañana. —Bien, buenas noches —dijo Harry. —Buenas noches —contestó el simpático. El de la cara grande no dijo nada. Había otros dos con cara de indios que durante todo el tiempo no habían abierto la boca más que para decirle algo en castellano al de la cara grande. —Te veré luego —dijo Labios de Abeja. —¿En dónde? —En el bar de Freddy. Salimos y cruzamos la cocina. Fredda preguntó: —Harry, ¿cómo está Marie? —Muy bien —contestó Harry—. Se ha puesto muy bien. Salimos, subimos al automóvil y me llevó en silencio por el bulevar. No me cabía duda de que Harry estaba pensando en algo. —¿Te dejo en casa? —preguntó. —Bueno. —Ahora vives en la carretera, ¿verdad? —Sí. ¿Y del viaje? —No sé —me contestó—. No sé si habrá viaje. Te veré mañana. Me dejó a la puerta de mi casa, y no había abierto del todo la puerta cuando apareció mi vieja y me armó un escándalo terrible por andar emborrachándome y llegar tarde a comer. Le pregunté cómo podía beber sin dinero y me contestó que bebería al fiado. Le pregunté quién creía que me iba a fiar cuando vivo del socorro a los desocupados y me contestó que no le echara el aliento de borracho y que me sentara. Me senté. Los chicos se habían ido al partido de béisbol y mi mujer me sirvió la cena y no quiso hablarme. Capítulo II Harry No quiero meterme en este lío, pero ¿qué voy a hacer? Ahora no hay elección. Podría dejarlo, pero ¿qué otra cosa se me va a presentar? Yo no he pedido esto, y, si hay que hacerlo, hay que hacerlo. Probablemente no debería llevarme a Albert. Es flojillo, pero se porta bien y es un buen hombre a bordo. No se va de la lengua con demasiada facilidad, pero no sé si debería llevarlo. De todos modos no puedo llevar a ningún borrachín ni a ningún negro. Necesito alguien de fiar. Si nos sale bien le daré una parte. Pero no se lo puedo decir porque no vendría, y necesito alguien. Sería mejor ir solo, cualquier cosa se hace mejor solo, pero no creo que pueda manejarme solo. Sería mucho mejor ir solo. Albert sale ganando si no sabe nada. Pero siempre queda Labios de Abeja. Labios de Abeja estará enterado de todo. Pero yo creo que los otros cuentan con eso. Han debido de tenerlo en cuenta. ¿Hay alguien que crea que Labios de Abeja es tan tonto que no sabrá que es eso lo que van a hacer? Claro que es posible que no sea eso lo que piensan hacer. Pero es natural que sea, y yo he oído la palabra. Si lo hacen tendrán que hacerlo cuando se cierra, porque si no los cazará, el avión guardacosta de Miami. Ahora oscurece a las seis. El avión tarda más de una hora en llegar. Una vez que oscurezca ya están bien. Bueno, si los voy a llevar tengo que hacer planes sobre la lancha. No será difícil sacarla, pero tengo que sacarla esta noche y cuando noten que falta es posible que la encuentren. Pero no tengo más que esta noche para sacarla. Puedo sacarla con la marea y esconderla. Veré lo que necesita, si necesita algo, si le han quitado algo. Pero tengo que poner gasolina y agua. Me espera una noche de mucho trabajo. Después la tendré escondida y Albert los traerá en una lancha rápida. Quizás en la de Walton. Puedo alquilársela. O que se la alquile Labios de Abeja. Eso es mejor. Labios de Abeja puede ayudarme a sacar la lancha esta noche. Ese es el tipo. Estoy seguro de que han pensado en quitárselo de en medio. Han tenido que pensarlo. ¿Y si han pensado en quitarnos a Albert y a mí? Ninguno de ellos tiene cara de marino. Tal vez el simpático, el joven. Tengo que averiguarlo, porque si quieren quitarnos de en medio a Albert o a mí desde el principio, no hay salida. Tarde o temprano pensará en nosotros. Hay tiempo, una vez en el golfo. Lo estoy sospechando. Debo procurar no equivocarme. No debo equivocarme en nada. En nada. Bueno, ahora ya tengo en qué pensar. Algo que hacer y algo en qué pensar, además de calcular qué demonios va a pasar. Además de calcular cómo va a resultar toda esta porquería. Una vez que se decidan. Una vez que me meta yo. Una vez que tiene uno oportunidad de hacer algo en vez de ver que todo se va a la mierda. Labios de Abeja no sabe en qué se ha metido. Espero que aparezca pronto en casa de Freddy. Tengo mucho que hacer esta noche. Más vale comer algo. Capítulo III Labios de Abeja llegó a eso de las nueva y media. Se veía que le habían hecho beber mucho en casa de Richard, porque cuando bebe se siente muy valentón y llegó muy gallito. —Hola, personaje —dijo a Harry. —No me llame personaje —contestó Harry. —Quiero hablar contigo, personaje. —¿Dónde? ¿En su oficina? —le preguntó Harry. —Sí. ¿Hay alguien allí, Freddy? —Desde la nueva ley no hay nadie. Dígame, ¿hasta cuándo va a durar ese límite de las seis de la tarde? —¿Por qué no recurre a mis servicios profesionales para que haga algo? —¡Que recurra mi abuela! —le contestó Freddy. Harry y Labios de Abeja fueron a la trasera de los compartimientos y de las cajas de botellas vacías. En el techo ardía una bombilla. Harry echó un vistazo a los compartimientos, que estaban a oscuras, y vio que no había nadie. —¿Qué hay? —le preguntó a Labios de Abeja. —La quieren para última hora de la tarde pasado mañana. —¿Qué van a hacer? —Tú hablas castellano —replicó Labios de Abeja. —No les habrá dicho usted que lo hablo. —No. Ya sabes que soy amigo tuyo. —Usted es capaz de engañar a su madre. —No digas estupideces. Ya ves qué negocio te he proporcionado. —¿Desde cuándo se dedica a esas cosas? —Necesito dinero. Tengo que largarme. Ya sabes que aquí no tengo porvenir. —¿Quién no lo sabe? —Ya sabes que el dinero para esta revolución lo están sacando con secuestros y cosas parecidas. —Ya lo sé. —Pues se trata de una de esas cosas. La hacen por una buena causa. —Sííí... Pero estamos aquí. Aquí es donde usted nació. Ya sabe que allí trabaja todo el mundo. —A nadie le va a pasar nada. —¿Con esos tipos? —Yo creía que tenías cojones. —Tengo cojones, no se preocupe por mis cojones. Pero tengo que pensar en que seguiré viviendo aquí. —Yo no —contestó Labios de Abeja. «Cristo —pensó Harry—. Lo dice él mismo.» —Me voy a largar —añadió Labios de Abeja—. ¿Cuándo vas a sacar la lancha? —Esta noche. —¿Quién te va a ayudar? —Usted. —¿Dónde la vas a dejar? —Donde la dejo siempre. No les fue nada difícil sacar la lancha. Resultó tan sencillo como lo había pensado Harry. El sereno hacía su ronda cada hora en punto y el resto del tiempo lo pasaba en el portón del antiguo fondeadero de la Armada. Entraron en el fondeadero en un botecito, soltaron la lancha y la sacaron a remolque. Una vez afuera, a la deriva en el canal, Harry examinó los motores y vieron que lo único que habían hecho era desconectar los cierres de los distribuidores. Midió la gasolina y vio que tenía cerca de ciento cincuenta galones. No habían vaciado ninguno de los tanques y seguían teniendo la misma que al terminar la travesía anterior. Harry los había llenado antes de salir y se había consumido muy poco porque navegó en el mar alborotado. —Tengo gasolina en un tanque en casa —dijo a Labios de Abeja—. Yo puedo llevar en el automóvil una damajuana llena y Albert puede llevar otra si la necesitamos. Voy a dejarla en la caleta en el cruce de la carretera. Pueden ir allí en automóvil. —Querían que estuvieras en el Porter Dock. —¿Cómo voy a estar allí con esta lancha? —No puedes. Pero no creo que quieran tener que ir en automóvil. —Bueno, puedo dejarla allí esta noche, llenar los tanques, hacer lo que hay que hacer y moverme a otro sitio. Alquile usted una lancha rápida para traerlos. Ahora la tengo que dejar allí. Tengo mucho que hacer. Luego vaya a recogerme en automóvil. Estaré en la carretera dentro de unas dos horas. —Bueno, allí iré —dijo Labios de Abeja. Harry puso los motores en marcha y, suavemente, viró llevándose el botecito a remolque hacia donde brillaba la luz del barco del cable. Luego desembragó y sujetó el botecito mientras pasaba a él Labios de Abeja. —Dentro de unas dos horas. —Bien —contestó Labios de Abeja. Sentado al volante, avanzando despacio en la oscuridad, manteniéndose alejado de las luces del extremo de los muelles, Harry pensó que Labios de Abeja se estaba ganado bien el dinero. «¿Cuánto creerá que va a sacar? —se preguntó—. ¿Cómo se habrá liado con esos tipos? Era listo y en sus tiempos tuvo oportunidades. Buen abogado, además. Pero me ha impresionado oírselo a él mismo. Ha expresado perfectamente su opinión acerca de sí mismo. Es curioso que algunos sepan expresarse. Cuando se lo he oído me ha dado miedo.» Capítulo IV Cuando llegó a casa no encendió la luz. Se sacó los zapatos y subió descalzo la desnuda escalera. Se desvistió y, antes de que se despertara su mujer, se había metido en camiseta en la cama. Su mujer dijo en la oscuridad: —Harry. —Duerme, vieja. —¿Qué pasa? —Voy a hacer un viaje. —¿Con quién? —Con nadie. Quizá con Albert. —¿En qué lancha? —Tengo la mía otra vez. —¿Desde cuándo? —Desde esta noche. —Irás a la cárcel, Harry. —Nadie sabe que la tengo. —¿Dónde está? —Escondida. Tendido en la cama sintió en la cara los labios de ella, que lo buscaban, y la caricia de su mano. Se arrimó. —¿Quieres? —Sí. Ahora. —Estaba dormida. ¿Te acuerdas cuando lo hacíamos dormidos? —Dime, ¿no te repugna mi brazo? ¿No hace una impresión rara? —No seas tonto. Me gusta. Me gusta todo lo tuyo. Ponlo aquí. Me gusta. Anda. —Parece una aleta sobre una tortuga marina. —Tú no eres una tortuga marina. ¿Ahora también son así? ¿Están tres días jodiendo? —Claro que sí. Cállate. Vamos a despertar a las niñas. —No saben lo que tengo. Nunca sabrán lo que tengo. Ay, Harry. Así. ¡Querido! —Espera. —No quiero esperar. Vamos. Así. Ahí. ¿Lo has hecho alguna vez con alguna negra? —Claro que sí. —¿Cómo son? —Como tiburones. —¡Qué cosas dices, Harry! Ojalá no tuvieras que irte. Ojalá no tuvieras que irte nunca. ¿Con quién te ha gustado más? —Contigo. —Mentira. Siempre me estás diciendo mentiras. —No. Tú eres la mejor. —Yo soy vieja. —Nunca serás vieja. —Yo también he tenido juventud. —Eso no importa cuando la mujer vale. —Anda. Anda. Pon el muñón ahí. Agarra ahí. Agarra. Agarra. —Estamos haciendo demasiado ruido. —Hablamos en voz baja. —Tengo que salir antes del amanecer. —Duerme. Ya te despertaré yo. Cuando vuelvas lo vamos a pasar muy bien. Iremos a un hotel de Miami, como antes. Como antes. A algún sitio donde nunca nos hayan visto. ¿Por qué no podemos ir a Nueva Orleans? —Quizá vayamos —dijo Harry—. Mira, Marie, ahora tengo que dormir. —¿Iremos a Nueva Orleans? —¿Por qué no? Pero ahora tengo que dormir. —Duerme. ¡Cuánto te quiero! Duerme. Yo te despertaré. No te preocupes. Harry se quedó dormido con el muñón sobre la almohada. Marie se le quedó mirando mucho tiempo. Le veía la cara a la luz que se filtraba de la calle por la ventana. «¡Qué suerte tengo! —pensó—. Esas chicas no saben lo que van a encontrar. Yo sé lo que tengo y lo que he tenido. He sido una mujer de suerte. Me dice que parece una tortuga. Me alegro de que fuera un brazo y no una pierna. No me hubiera gustado que hubiese perdido una pierna. ¿Por qué tenía que perderlo? Es raro de todos modos. No me importa. No me importa nada en él. Las mujeres que no lo han probado no lo saben. Yo he conocido muchos hombres. Menuda suerte he tenido con él. ¿Sienten esas tortugas lo que sentimos nosotros? ¿Sienten lo mismo todo ese tiempo? Quizá les duela... ¡Qué cosas pienso! Ahí está, dormido como un niño. Más me vale no dormir, para despertarlo. Cristo, con un hombre así podría hacerlo toda la noche. Me gustaría hacerlo y no dormir nunca. Nunca, nunca. ¡Hay que ver! A mi edad. No soy vieja. Dice que todavía estoy buena. Cuarenta y cinco no son muchos años. Soy dos más vieja que él. Ahí está, dormido. Duerme como un niño.» Dos horas antes del amanecer estaba junto al tanque del garaje, llenando y encorchando damajuanas y poniéndolas en la trasera del automóvil. Harry usaba un garfio atado al brazo derecho y movía y levantaba con facilidad las damajuanas revestidas de mimbre. —¿No quieres desayunar? —Cuando vuelva. —¿No quieres café? —¿Tienes? —Claro que sí. Lo he puesto al salir. —Trae. Marie se lo llevó y Harry lo tomó a oscuras sentado al volante. Marie puso después la taza en el estante del garaje, y le dijo: —Voy contigo a ayudarte a sacar las damajuanas. —Bueno. Marie, mujer grande, con piernas largas, manos grandes, caderas anchas, todavía hermosa, con un sombrero muy metido sobre el descolorido pelo rubio, se sentó a su lado. A oscuras y en el frío de la mañana corrieron por la carretera a través de la niebla que se cernía pesadamente sobre la llanura. —¿Qué es lo que te preocupa, Harry? —No lo sé, pero estoy preocupado. ¿Te estás dejando crecer el pelo? —Sí, he pensado en dejármelo. Las chicas me están molestando. —Que se vayan a la mierda. Déjalo como está. —¿Quieres? —Sí. Así me gusta. —¿No crees que me hace parecer vieja? —Eres más atractiva que ninguna de ellas. —Entonces me lo arreglaré. Lo puedo teñir más rubio si quieres. —¿Qué les importa a las chicas lo que haces tú? No tienen por qué molestarte. —Ya sabes cómo son. Ya sabes que las chicas jóvenes son así. ¿Iremos a Nueva Orleans si el viaje te sale bien? —A Miami. —Bueno, a Miami. Y las dejaremos aquí. —Antes tengo que hacer el viaje. —No estás preocupado, ¿verdad? —No. —¿Sabes que he estado despierta cuatro horas pensando en ti? —Eres una gran mujer. —Puedo pensar y excitarme a cualquier hora pensando en ti. —Ahora tenemos que llenar los tanques —le dijo Harry. Capítulo V A las diez de la mañana estaba Harry de pie ante el mostrador del bar de Freddy con cuatro de los otros cinco. Acababan de irse dos aduaneros. Le preguntaron por la lancha y les contestó que no sabía nada. —¿Dónde estuvo usted anoche? —le preguntó uno. —Aquí en casa. —¿Hasta qué hora estuvo aquí? —Hasta que cerraron. —¿Lo vio alguien aquí? —Me vieron muchos. ¿Creen ustedes que yo iba a robar mi propia lancha? ¿Qué iba a hacer con ella? —Le he preguntado únicamente dónde estuvo usted. No se excite. —No estoy excitado. Cuando me indigné fue cuando me quitaron la lancha sin ninguna prueba de que hubiera llevado contrabando. —Había una declaración jurada contra usted —contestó el aduanero—. No la firmé yo. Ya sabe quién fue el firmante. —Ah, vamos —contestó Harry—. Pero no me diga que no me ponga así porque me hacen una pregunta. Yo preferiría que la lancha estuviera en poder de ustedes. Entonces tendría alguna probabilidad de que vuelva a mis manos. ¿Qué probabilidades tengo si la han robado? —Ninguna —contestó el aduanero. —Bueno, váyase a revolver papeles. —No se ponga chistoso, porque yo me ocuparé de que le pase algo para que haga chistes. —Dentro de quince años. —No ha sido usted chistoso quince años. —No, ni tampoco he estado en la cárcel. —No se ponga chistoso, o estará. —Calma, amigo —le dijo Harry. En aquel momento llegó con un pasajero del avión el cubano borracho que anda con un taxi y Big Rodger le dijo: —Jesús: me han dicho que has tenido un hijo. —Sí, señor —contestó Jesús muy orgulloso. —¿Cuándo te casaste? —le preguntó Rodger. —El mes pasado. Hace un mes. ¿Estuvo usted en la boda? —No. No estuve en la boda. —Menuda se perdió usted. Fue una boda muy hermosa. ¿Por qué no vino? —No me convidaste. —Ah, es verdad —dijo Jesús—. Se me olvidó... ¿Encuentra lo que quiere? — preguntó al desconocido. —Sí, creo que sí. ¿Es el Bacardí más barato que tiene usted? —dijo a Freddy. —Sí, señor —contestó Freddy—. Es el verdadero Carta de oro. —Oye, Jesús —le preguntó Rodger—. ¿Qué te hace pensar que ese hijo es tuyo? Ese crío no es tuyo. —¿Cómo que no es mío? ¿Qué quiere usted decir? No le permito que diga eso. ¿Qué quiere decir con que no es mío? Cuando se compra la vaca se compra el ternero. El crío es mío. Ya lo creo. Mío. Me pertenece. Sí, señor. Salió con el desconocido y su botella de Bacardí, y los demás se rieron de Rodger. ¡Qué tipo es el cubano ése! También el otro cubano, Sweetwater, es una buena pieza. En aquel momento entró el abogado Labios de Abeja y dijo a Harry: —Hace un momento los aduaneros han ido a recoger tu lancha. Harry le miró y en su cara se vio el crimen. Labios de Abeja prosiguió en el mismo tono, sin ninguna expresión: —Alguien la ha visto desde uno de los camiones altos de la WPA y ha llamado a la aduana desde donde están construyendo un campamento en Boca Chica. Me lo ha dicho Herman Frederichs. Acabo de verlo. Harry no dijo nada, pero se le vio que de su cara se borraba la expresión de crimen y que sus ojos volvían a tener una mirada natural. Después dijo a Labios de Abeja: —Usted se entera de todo, ¿eh? —He creído que querrías saberlo —contestó Labios de Abeja con la misma voz inexpresiva. —No es asunto mío —dijo Harry—. Deberían cuidar mejor una lancha como ésa. Siguieron los dos ante el mostrador y no dijeron nada más hasta que se fueron Big Rodger y otros dos o tres. Entonces pasaron al fondo. —Es usted una peste —dijo Harry—. Todo lo que toca lo envenena. —¿Tengo yo la culpa de que pudieran verla desde un camión? Tú elegiste el sitio para esconderla. —Cállese —contestó Harry—. ¿Han tenido antes camiones tan altos como ésos? Era la última ocasión que tenía de ganar dinero. La última ocasión de ganar dinero con la lancha. —Te lo he dicho en cuanto ha sucedido. —Es usted... —No sigas. Quieren irse esta tarde a última hora. —¡Qué van a querer! —Algo les ha puesto nerviosos. —¿A qué hora quieren irse? —A las cinco. —Encontraré una lancha. Los llevaré al infierno. —No es mala idea. —No vaya voceándolo por ahí. No meta su bocaza en mis asuntos. —Mira, matón. He querido ayudarte. —Y lo que hace es envenenarme. Cállese. Es usted veneno para todo el que lo toca. —No sigas, matón. —Tómelo con calma —dijo Harry—. Tengo que pensar. He estado pensando en una cosa y la tenía pensada, y ahora tengo que pensar en otra. —¿Por qué no me dejas ayudarte? —Venga a las doce y traiga el dinero que hay que depositar. Cuando iban a salir llegó Albert y se dirigió hacia Harry. —Lo siento, Albert, no puedo utilizarte —dijo Harry. Lo había pensado mucho antes. —Iría por poco dinero —contestó Albert. —Lo siento. No te necesito. —Por lo que iría yo no encontrarás un hombre que valga. —Voy solo. —¿Vas a hacer solo ese viaje? —le preguntó Albert. —Cállate. ¿Qué sabes tú de ese viaje? ¿O es que en el trabajo te enteran de mis negocios? —Vete a la mierda —dijo Albert. —Es posible que me vaya. Cualquiera que mirara a Harry podía decir que estaba pensando de prisa y que no quería que lo molestaran. —Me gustaría ir —dijo Albert. —No te necesito. ¿Quieres dejarme solo? Albert salió y Harry se quedó junto al mostrador mirando al tragaperras de cinco centavos, a los de diez, al de veinticinco y al cuadro Resistencia Final, de Custer, que colgaba en la pared, como si no los hubiera visto nunca. —Qué broma le ha gastado Bid Rodger a Jesús sobre el hijo, ¿eh? —le dijo Freddy mientras metía los vasos de café en el balde de agua jabonosa. —Dame un paquete de Chesterfields —le dijo Harry. Lo tomó, lo sujetó bajo el muñón, lo abrió en uno de los ángulos, sacó un cigarrillo, se lo puso en la boca, dejó caer el paquete al bolsillo y encendió el cigarrillo. —¿Cómo está tu lancha? —preguntó a Freddy. —Acabo de usarla. Está en buen estado. —¿Quieres alquilarla? —¿Para qué? —Para una travesía. —Si no depositan lo que vale, no. —¿Cuánto vale? —Mil doscientos dólares. —Te la alquilo —dijo Harry—. ¿Tienes confianza en mí? —No —contestó Freddy. —Pongo la casa en garantía. —No quiero tu casa. Quiero mil doscientos dólares. —Bueno —dijo Harry. —Ven con el dinero. —Cuando venga Labios de Abeja le dices que me espere —contestó Harry, y se fue. Capítulo VI En casa, Marie y las chicas estaban almorzando. —Hola, papá —dijo la mayor—. Aquí está papá. —¿Qué hay para comer? —preguntó Harry. —Bistecs —contestó Marie. —Alguien ha dicho que han robado tu lancha, papá. —La han encontrado —dijo Harry. Marie le miró. —¿Quién la ha encontrado? —La aduana. —Ay, Harry —dijo Marie compasiva. —¿No es mejor que la hayan encontrado? —preguntó la chica menor. —No hables con la boca llena —le dijo Harry—. ¿Dónde está mi comida? ¿A qué estás esperando, Marie? —Ahora te la traigo. —Tengo prisa. Vosotras, chicas, comed y salid de aquí. Tengo que hablar con vuestra madre. —¿No nos das dinero para ir al cine, papá? —¿Por qué no vais a bañaros? Es gratis. —Hace demasiado frío para bañarnos, papá, y queremos ir al cine. —Bueno, bueno. Cuando salieron las chicas dijo a Marie: —Córtala en pedacitos, Marie. —Sí, querido. Le cortó la carne como para un niño. —Gracias —dijo Harry—. No soy más que un estorbo, ¿verdad? Tampoco las chicas son gran cosa, ¿eh? —No, Harry. —Es raro que no hayamos podido tener hijos. —Eso es porque tú eres muy hombre. Con un hombre como tú siempre salen chicas. —¡Vaya un hombre que soy yo! Se me presenta un viajecito espantoso. —Háblame de la lancha. —La han visto desde un camión, desde uno de esos camiones altos. —La puta. —Peor que eso. Mierda. —No hables así en casa, Harry. —A veces hablas tú peor en la cama. —Es distinto. No quiero oír mierda cuando estamos a la mesa. —¡Mierda! —¡De qué mal genio estás! —No. Estoy pensando. —Piensa, piensa. Tengo confianza en ti. —Yo tengo confianza en mí mismo. Es lo único que tengo. —¿No quieres contarme? —No. Pero oigas lo que oigas no te preocupes. —No me preocuparé. —Mira, Marie. Sube, busca en el escondrijo, tráeme el Thompson, busca los cartuchos en la caja de madera y mira si los cargadores están llenos. —No me digas esas cosas. —No tengo más remedio. —¿Quieres cajas de cartuchos? —No; no puedo llenar los cargadores. Tengo cuatro. —No vas a hacer un viaje de ésos, Harry. —El viaje es malo. —¡Dios! ¿Por qué tienes que ir? —Sube y tráemelos. Tráeme también café. Marie se inclinó sobre la mesa y le dio un beso en la boca: —Bueno. —Déjame solo, Marie. Tengo que pensar. Sentado a la mesa contempló el piano, el aparador y la radio, el cuadro Mañana de Septiembre, los grabados de los cupidos con los arcos detrás de las cabezas, la reluciente mesa de verdadero roble, las relucientes sillas de verdadero roble y las cortinas de las ventanas, y pensó: «¿Cuándo puedo disfrutar yo de mi casa? ¿Por qué estoy en peor situación que cuando empecé? Todo esto va a desaparecer si la cosa no me sale bien. ¡Qué va a desaparecer! Fuera de esta casa no tengo sesenta dólares, pero me lo voy a jugar todo. Esas malditas chicas. Eso es todo lo que la vieja y yo hemos podido hacer. ¿Desaparecerían antes de que la conociera yo los chicos que tenía dentro?» —Ahí la tienes —dijo Marie agarrándola de la correa—. Están llenos. —Tengo que irme. Harry levantó la compacta carga del fusil desmontado en su estuche de lona manchado de aceite y añadió: —Lo pondré debajo del asiento delantero del automóvil. —Adiós —dijo Marie. —Adiós, vieja. Y no te preocupes. —No me preocuparé. Pero ten cuidado. —Sé buena. —Ay, Harry —exclamó Marie apretándose contra él. —Suéltame. No tengo tiempo. Le dio un golpecito en la espalda con el muñón. —No me olvido de la aleta y la tortuga marina. Ten cuidado, Harry. —Tengo que irme. Adiós, vieja. —Adiós, Harry. Lo vio salir de la casa, alto, ancho de espaldas, derecho, escurrido de caderas, moviéndose, pensó, como un animal ágil, rápido y todavía no viejo. Se mueve con rapidez y suavidad, pensó. Al entrar en el automóvil lo vio rubio, quemado el pelo por el sol, ancha la cara con los salientes pómulos mogólicos, estrechos los ojos, grande la boca, rota la nariz en el puente, redonda la mandíbula. Cuando le sonrió él desde el automóvil, se echó a llorar. «¡Esa cara suya! —pensó—. Cada vez que le miro a la cara me dan ganas de llorar.» Capítulo VII En el bar de Freddy había tres turistas y les servía Freddy. Uno era muy alto, delgado, ancho de espaldas, vestía pantalón corto, llevaba gafas con cristales muy gruesos, estaba tostado y tenía un cortito bigote rubio. La mujer que estaba con él tenía pelo rubio y rizado corto como el de un hombre, mal cutis y la cara y la corpulencia de una luchadora. También vestía pantalón corto. —Que le den morcilla —decía la mujer al tercer turista, hombre de cara rojiza y como hinchada, bigote castaño, sombrero de tela con una visera de celuloide verde y una manera de hablar, con un extraordinario movimiento de labios, que parecía que estaba comiendo algo demasiado caliente. —Encantadora expresión —dijo el de la visera de celuloide—. Nunca la había oído en conversación. Creía que era algo amistoso, una expresión de esas que se leen en las revistas humorísticas, pero nunca la había oído. —Que le den una morcilla doble —dijo la luchadora en un súbito derroche de encanto, volviéndose para ofrecerle a la vista su granujiento perfil. —Muy hermoso, muy hermoso —dijo el de la visera verde—. Lo dice muy bien. ¿No es Brooklyn eso? —No tome en cuenta lo que diga. Es mi mujer —dijo el alto—. ¿Se conocen? —Morcilla para él y doble morcilla para la presentación —dijo la mujer—. ¿Cómo está usted? —No tan mal —contestó el de la visera verde—. ¿Cómo está usted? —Maravillosa —replicó el alto—. Debería usted verla. En aquel momento entró Harry, y la mujer del turista alto dijo: —¡Qué hombre tan guapo! Eso es lo que quiero. Cómpramelo, papá. —¿Puedo hablar contigo? —preguntó Harry a Freddy. —Ya lo creo. Hable y diga lo que quiera —intervino la mujer del turista. —Cállese, zorra —replicó Harry—. Ven ahí atrás, Freddy. En la trasera les esperaba Labios de Abeja sentado a la mesa. —Hola, grandote —saludó a Harry. —Cállese —contestó Harry. —Mira —dijo Freddy—. No hables de esa manera. No te lo consiento. No puedes insultar a mis clientes. En un sitio decente no se le puede llamar zorra a una señora. —Es una zorra —contestó Harry—. ¿Has oído lo que me ha dicho? —Sí, pero de todas maneras no le puedes llamar eso a la cara. —Bueno. ¿Trae usted el dinero? —Claro que lo traigo —contestó Labios de Abeja—. ¿Por qué no iba a traerlo? ¿No dije que lo traería? —Vamos a verlo. Labios de Abeja se lo entregó. Harry contó diez billetes de cien dólares y cuatro de veinte. —Habíamos quedado en mil doscientos —dijo Harry. —Menos mi comisión. —Venga el resto. —No. —Venga. —No seas tonto. —Cochino, miserable. —Mira, tú, matón —dijo Labios de Abeja—. No pretendas sacármelo por la fuerza, porque no lo tengo encima. —Ah, vamos —replicó Harry—. Me lo debía haber figurado. Óyeme, Freddy. Hace mucho que me conoces. Yo sé que la lancha vale mil doscientos. Aquí faltan ciento veinte. Tómalos y ten confianza en que cobrarás los otros ciento veinte y el alquiler. —Eso hace trescientos veinte dólares —contestó Freddy. Le pareció una cantidad elevada para arriesgarla y sudó mientras lo pensaba. —En casa tengo un automóvil y una radio que valen eso. —Yo puedo redactar un documento —dijo Labios de Abeja. —No quiero documentos —replicó Freddy sudando y titubeando. En seguida añadió: —Bueno, correré el riesgo. Pero, por Dios, ten cuidado con la lancha, Harry. —Como si fuera mía. —La tuya la perdiste —contestó Freddy, cuyos sudores aumentaron con aquel recuerdo. —La cuidaré bien. —Pondré el dinero en la caja que tengo en el banco. Harry miró a Labios de Abeja y sonrió: —Buen sitio. —Mozo —gritó alguien desde el bar. Freddy salió de la trasera. —Ese hombre me ha insultado —oyó Harry que decía la misma voz alta, pero siguió hablando con Labios de Abeja. —Estaré amarrado al muelle al otro lado de la calle. No hay más que media manzana de distancia. —Muy bien. —Nada más. —Muy bien, personaje. —No me llame personaje. —Como quieras. —Estaré allí desde las cuatro. —¿Algo más? —Tienen que hacerme ir a la fuerza, ¿comprende? Yo no sé nada del asunto. Estoy simplemente arreglando un motor. No tengo a bordo nada para hacer un viaje. La he alquilado a Freddy para salir de pesca con clientes. Tienen que apuntarme con una pistola, obligarme a poner la lancha en marcha y soltar amarras. —¿Qué va a decir Freddy? Tú no se la has alquilado para salir de pesca. —Se lo voy a decir. —Mejor será que no se lo digas. —Se lo voy a decir. —Será mejor que no se lo digas. —Mire usted, llevo haciendo tratos con Freddy desde la guerra. Hemos sido socios dos veces y siempre nos hemos entendido bien. Ya sabe usted la cantidad de licores que le he proporcionado. Es el único del pueblo en quien confío. —Yo no confiaría en nadie. —Claro que no. ¿Cómo va a confiar después de la experiencia que ha tenido consigo mismo? —No me aludas. —Bueno. Vaya a ver a sus amigos. ¿Cuál es su plan? —Son cubanos. Los he conocido en un restaurante de la carretera. Uno de ellos quiere cobrar un cheque cruzado. ¿Qué hay de malo en eso? —¿Y no ha notado usted nada? —No. Los he citado en el banco. —¿Quién los lleva? —Cualquier taxi. —¿Qué se supone que ha de pensar el chofer que son? ¿Violinistas? —Encontraremos uno que no piense. En este pueblo hay muchos que no son capaces de pensar. Por ejemplo, Jesús. —Jesús es listo. Lo que hace gracia es su manera de hablar. —Les diré que busquen uno estúpido. —Encuentre uno que no tenga hijos. —Todos tienen hijos. ¿Has visto algún chofer de taxi sin hijos? —Es usted una rata. —Sí, pero no he matado a nadie. —Ni matará. Vámonos de aquí. Nada más de estar con usted me dan retortijones. —Quizá seas un cagado. —¿Puede conseguir que no hablen? —Si no lo publicas tú, sí. —No lo publique usted tampoco. Voy a tomar un trago —dijo Harry. En el bar seguían los turistas sentados en altos taburetes. Al aparecer Harry, la mujer desvió la mirada para expresar su desagrado. —¿Qué vas a tomar? —preguntó Freddy. —¿Qué está tomando la señora? —preguntó a su vez Harry. —Un cuba-libre. —Entonces, dame whisky solo. El turista alto del bigote rubio y las gafas de cristales gruesos acercó la cara a Harry y le dijo: —¿Por qué ha hablado usted así de mi mujer? Harry le miró de arriba abajo y dijo a Freddy: —¿Qué clase de bar es éste? —¿Qué me dice? —insistió el alto. —Tenga calma —le contestó Harry. —A mí no me diga usted eso. —Mire —le replicó Harry—. Usted ha venido aquí a ponerse bien y fuerte, ¿verdad? Pues tómelo con calma. Y se fue. —Creo que le debía haber pegado —dijo el turista alto—. ¿Qué te parece? — preguntó a su mujer. —¡Si yo fuera hombre! —dijo su mujer. —Con esa corpulencia iría muy lejos —dijo entre dientes el de la visera verde. —¿Qué ha dicho usted? —le preguntó el alto. —He dicho que podría usted averiguar su nombre y dirección y escribirle una carta diciéndole lo que piensa de él. —Oiga, ¿y usted cómo se llama? ¿Me está usted tomando el pelo? —Llámeme usted profesor MacWalsey. —Yo me apellido Laughton —dijo el alto—. Soy escritor. —Mucho gusto en conocerlo —replicó el profesor MacWalsey—. ¿Escribe usted a menudo? El alto miró en torno y dijo a su mujer: —Vámonos de aquí. Todos nos insultan o están locos. —Es un sitio muy extraño, verdaderamente fascinador —dijo el profesor MacWalsey—. Le llaman el Gibraltar de los Estados Unidos y está a trescientas setenta y cinco millas al sur de El Cairo, Egipto. Pero lo único que he visto hasta ahora es este local, y es muy agradable. —Ya se ve que es usted profesor —dijo la mujer—. Me gusta usted. —También usted me gusta —replicó el profesor MacWalsey—, pero ahora tengo que irme. Se levantó y salió para comprobar si su bicicleta estaba donde la había dejado. —Aquí todo el mundo está loco —dijo el alto—. ¿Tomamos otra copa? —El profesor me ha gustado —dijo la mujer—. Es muy fino. —El otro... —Tenía una cara muy hermosa —dijo la mujer—. De tártaro o algo así. Lo que no me gustó es que estuvo ofensivo. Tenía cara de Ghengis Kan. ¡Qué grandote! —Le faltaba un brazo —dijo el marido. —No lo he notado. ¿Deberíamos tomar otra copa? ¿Quién será el que venga ahora? —Tamerlán, tal vez —contestó el marido. —¡Qué culto eres! —dijo la mujer—. A mí con el Ghengis Kan ése me bastaba. ¿Por qué le habrá gustado al profesor oírme decir morcilla? —No lo sé —contestó el escritor Laughton—. No lo he sabido en ningún momento. —Creo que le he gustado tal como soy. ¡Qué simpático es! —Probablemente lo volverás a ver. —¡A cualquier hora que venga usted aquí lo verá! —intervino Freddy—. Vive aquí. Lleva ya dos meses. —¿Quién es el otro tan grosero? —¿El otro? Uno de cerca de aquí. —¿Qué hace? —Un poco de todo —contestó Freddy—. Es pescador. —¿Cómo perdió el brazo? —No lo sé. Se hirió, no sé cómo. —¡Qué buen mozo es! —dijo la mujer. Freddy se echó a reír: —Yo he oído llamarle muchas cosas, pero eso nunca. —¿No le parece que tiene una cara muy hermosa? —Bueno, señora —dijo Freddy—. Tiene una cara que parece un jamón, y además la nariz rota. —¡Qué estúpidos son los hombres! —exclamó la mujer—. Es el hombre de mis sueños. —Es un hombre de pesadilla —replicó Freddy. Todo aquel tiempo el escritor estaba sentado con una expresión estúpida en la cara menos cuando miraba con admiración a su mujer. «Para tener una mujer así hay que ser escritor o de la F.E.R.A. 1 —pensó Freddy—. ¡Qué mujer más horrible!» En aquel momento llegó Albert: —¿Dónde está Harry? —En el muelle. —Gracias. Se fue Albert, y la mujer y el escritor siguieron sentados mientras Freddy se llenaba de preocupaciones por la lancha. Además le dolían las piernas de estar todo el día de pie. Había puesto tabla sobre el cemento, pero no le servía de gran cosa. Le dolían constantemente las piernas. Pero estaba haciendo un buen negocio, tan bueno como cualquiera del pueblo y con menos gastos generales. Aquella mujer estaba chiflada. ¿Y qué clase de hombre era uno que encontraba una mujer así para vivir con ella? Ni con los ojos cerrados, pensó Freddy. Ni con ojos prestados. Pero estaban tomando bebidas mezcladas. Bebidas caras. Ya era algo. —Sí, señor —dijo—. En seguida. Entró un hombre de cara tostada, rubio, buen tipo, que vestía camisa a rayas, de pescador, y pantalón caqui corto y que llegaba acompañado de una chica muy bonita que vestía un delgado suéter blanco y pantalón largo azul. —¡Caramba! —exclamó Laughton—. Richard Gordon con la encantadora Miss Helen. —Hola, Laughton —dijo Richard Gordon—. ¿Ha visto usted por aquí a un profesor borrachín? —Acaba de salir —confesó Freddy. —¿Quieres tomar un vermut? —preguntó Richard Gordon a su mujer. —Si tomas tú, sí —contestó la mujer. Luego dijo «Hola» a los Laughton—. En el mío ponga dos partes de vermut francés y una de italiano, Freddy. Se sentó en un taburete, metió las piernas debajo y miró a la calle. Freddy la miró con admiración. Le parecía que era la mujer más bonita que había en Cayo Hueso aquel invierno. Más bonita aún que la famosa Mrs. Bradley. Mrs. Bradley se iba poniendo un poco pesadota. Aquella chica tenía una encantadora cara de irlandesa, 1 Federal Emergency Relief Administration. pelo oscuro que se rizaba casi hasta los hombros y un cutis claro y fino. Freddy le miró a la mano morena que sostenía el vasito. —¿Cómo va el trabajo? —preguntó Laughton a Richard Gordon. —Voy avanzando —contestó Gordon—. ¿Y usted? —James no quiere trabajar —replicó Mrs. Laughton—. No hace más que beber. —Oiga, ¿quién es ese profesor MacWalsey? —preguntó Laugton. —Creo que es profesor de economía y que está disfrutando del año sabático o de no sé qué. Es amigo de Helen. —A mí me gusta —dijo Helen Gordon. —También a mí —dijo Mrs. Laughton. —Pero yo lo he dicho antes —replicó Helen Gordon alegremente. —Se lo puede usted guardar —dijo Mrs. Laughton—. Ustedes, las buenas chicas, consiguen siempre lo que quieren. —Eso es lo que nos hace buenas —contestó Helen Gordon. —Tomaré otro vermut —dijo Richard Gordon. ¿Quieren tomar algo? —preguntó a los Laughton. —¿Por qué no? —contestó Laughton—. ¿Va usted a la fiesta que dan los Bradley mañana por la noche? —Claro que va —contestó Helen Gordon. —Mrs. Bradley me gusta —replicó Richard Gordon—. Me interesa como mujer y como fenómeno social. —Habla usted tan bien como el profesor —dijo Mrs. Laughton. —No exhibas tu analfabetismo —le dijo su marido. —¿Se acuesta la gente con fenómenos sociales? —preguntó Helen Gordon mirando a la calle por la puerta. —No digas tonterías —dijo Richard Gordon. —Quiero saber si eso es parte de la labor previa de un escritor —insistió Helen. —Un escritor tiene que saber de todo —dijo Richard Gordon—. No debe limitar su experiencia a las normas burguesas. —Ah, vamos —exclamó Helen Gordon—. ¿Y qué hace la mujer del escritor? —Supongo que muchas cosas —dijo Mrs. Laughton—. Debía usted haber visto al hombre que acaba de salir y que nos ha insultado a mí y a James. Era espléndido. —Le debía haber pegado —dijo Laughton. —Era realmente espléndido —añadió Mrs. Laughton. —Me voy a casa —-dijo Helen Gordon—. ¿Vienes, Dick? —Creo que voy a quedarme un rato —le contestó su marido. —¿De veras? —replicó Helen viéndose en el espejo detrás de la cabeza de Freddy. —De veras. Freddy, mirándola, creyó que se iba a echar a llorar. Esperaba que no llorara allí. —¿No quieres otra copa? —le preguntó Richard. Helen meneó la cabeza: —No. —Dígame, ¿qué le pasa? —le preguntó Mrs. Laughton—. ¿No lo está usted pasando bien? —Muy bien, pero creo que me voy a ir a casa. —Yo volveré temprano —le dijo Richard Gordon. —No te molestes —le contestó ella. Salió. No había llorado. Tampoco había encontrado a John MacWalsey. Capítulo VIII En el muelle, Harry Morgan, guió el automóvil hasta donde estaba la lancha, vio que no había nadie por allí, levantó el asiento delantero, sacó el estuche aplastado y aceitoso y lo deslizó al sollado. Después embarcó él, levantó la escotilla de los motores y dejó el fusil ametrallador donde no se viera. Abrió las válvulas de la gasolina y puso en marcha los dos motores. El de estribor funcionó suavemente después de un par de minutos, pero al de babor le fallaban el segundo cilindro y el cuarto. Vio que las bujías estaban rajadas y buscó otras, pero no encontró ninguna. «Tengo que encontrar bujías y poner gasolina», pensó. Abajo, junto a los motores, abrió el estuche del fusil y le ajustó la culata, encontró dos trozos de correa de ventilador y cuatro tornillos y, dando unos cortes a las correas, las fijó debajo del sollado, a la izquierda de la escotilla y encima del motor de babor, para sujetar el fusil contra el techo. Quedaba muy bien y puso uno de los cargadores; los otros tres estaban en los bolsillos del estuche. Se arrodilló entre los dos motores y probó agarrar el fusil. No tenía que hacer más que dos movimientos. Primero, soltar la correa que abrazaba el cargador junto al cerrojo. Después, atraer hacia sí el fusil para librarlo de la otra correa. Lo hizo fácilmente con una mano. Movió la palanquita desde el semiautomático al automático y comprobó que quedaba en seguro. Luego lo volvió a dejar. Como no se le ocurría dónde poner los otros tres cargadores, empujó el estuche bajo uno de los tanques de gasolina, donde quedaba a su alcance con los extremos de los cargadores hacia su mano. «Si bajo después que estemos navegando puedo meter un par en el bolsillo», pensó. Era mejor no metérselos en aquel mismo momento porque algo podía echarlo todo a perder. Se levantó. Era una hermosa tarde clara, agradable, no hacía frío y soplaba una ligera brisa norte. La marea iba bajando. Al borde del canal había dos pelícanos sentados en un pilote. Una lancha de pesca, pintada de verde oscuro, pasó hacia el mercado. Sentado a la caña iba un pescador negro. Por encima del agua, tersa con el viento en la misma dirección que la marea, azul grisácea al sol de la tarde. Harry miró a la isla arenosa formada cuando dragaron el canal donde se había descubierto una nidada de tiburones. Sobre la isla volaban una gaviotas blancas. «Hermosa noche para la travesía», pensó Harry. El andar alrededor de los motores le había hecho sudar. Se enderezó y se enjugó la cara con un pedazo de estopa. En la cubierta estaba Albert. —Oye, Harry, quisiera que me llevaras. —¿Qué te pasa ahora? —le preguntó Harry. —No nos van a dar trabajo más que tres días a la semana. Acabo de oírlo esta mañana. Tengo que hacer algo. —Bueno —le contestó Harry. Lo había vuelto a pensar—. Bueno. —Magnífico —dijo Albert—. Tenía miedo de ir a casa y verme con mi vieja. Al mediodía me ha echado una bronca terrible, como si fuera yo quien hubiera renunciado al trabajo. —¿Qué le pasa a tu vieja? —preguntó alegremente Harry—. ¿Por qué no le pegas? —Pégale tú —contestó Albert—. Me gustaría oír lo que diría. Tiene un gran vocabulario. —Mira, Al —dijo Harry—. Toma mi coche y esto, vete a la Ferretería Marina y compra seis bujías como ésta. Después compras un pedazo de hielo de veinte centavos y media docena de mújoles, dos latas de café, cuatro de corned-beef, dos panes, azúcar y dos latas de leche condensada. Di a Sinclair que me traigan ciento cincuenta galones de gasolina. Vuelve en cuanto puedas y cambia la bujía número dos y la número cuatro. Dile que les pagaré a la vuelta. Que me esperen o que me encontrarán en el bar de Freddy. ¿Te acordarás de todo? Mañana salimos con unos clientes a pescar tarpones. —Para tarpones hace demasiado frío. —Ellos dicen que no. —¿No será mejor que traiga una docena de mújoles? —preguntó Albert—. Por si se los llevan los tiburones. Hay muchos en estos canales. —Bueno, puedes traer una docena. Pero vuelve antes de una hora y ocúpate de que llenen los tanques de gasolina. —¿Por qué pones tanta? —Es posible que andemos a deshoras y no tengamos tiempo para llenarlos. —¿Qué ha sido de los cubanos que querían que se les llevara? —No he vuelto a oír hablar de ellos. —Ese era buen asunto. —También éste es bueno. Anda. —¿Cuánto voy a cobrar? —Cinco dólares diarios. Si no los quieres, los dejas. —Bueno. ¿Qué bujías son? —La segunda y la cuarta —le contestó Harry. Albert meneó la cabeza y replicó: —Creo que me acordaré. Después fue al automóvil, dio la vuelta y se alejó. Desde donde estaba Harry en la lancha veía el edificio de ladrillo y piedra y la entrada del First State Trust and Savings Bank. Estaba al comienzo de la calle, a una manzana de distancia. No se podía ver la entrada lateral. Harry miró el reloj. Era un poco más de las dos. Cerró la escotilla de los motores y subió a cubierta. Ahora, o resulta o no resulta, pensó. Yo he hecho lo que he podido. Iré a ver a Freddy y volveré a esperar. Al salir del muelle torció a la derecha y para no tener que pasar por delante del banco siguió por una calle trasera. Capítulo IX Al llegar al bar quiso decírselo a Freddy y no pudo. No había nadie. Se sentó en un taburete y tenía ganas de decírselo a Freddy, pero le era imposible. Sabía que Freddy se opondría. En otros tiempos, quizá no, pero entonces se opondría. Quizá se hubiera opuesto también en otros tiempos. Hasta que pensó en decírselo a Freddy no había comprendido lo malo que era el asunto. «Podría quedarme aquí —pensó—, y no pasaría nada. Podría quedarme aquí, tomar unas copas y emborracharme y no me vería envuelto. Sólo que en la lancha está mi fusil. Pero nadie más que la vieja sabe que es mío. Lo adquirí en Cuba en un viaje que hice para meter otros de contrabando. Nadie sabe que lo tengo. Podría quedarme aquí y lejos de eso. Pero, ¿qué demonios comerían? ¿De dónde va a salir el dinero para mantener a Marie y a las chicas? No tengo lancha, ni dinero, ni educación. ¿En qué puede trabajar un manco? Lo único que me queda son cojones. Podría quedarme aquí y tomar, digamos cinco tragos más, y ya sería tarde. Podría dejarlo pasar.» —Dame una copa —dijo a Freddy. —Ahí va. «Podría vender la casa, o alquilarla hasta encontrar trabajo. ¿Qué clase de trabajo? Ninguno. Podría ir ahora al banco y cantar, pero ¿qué sacaría? Nada más que las gracias. Por unos cubanos piojosos me quedé sin brazo cuando me tiraron con bala sin necesidad, y unos norteamericanos piojosos se llevaron mi lancha. Ahora perdería la casa y no me darían más que las gracias. No quiero gracias. Que se vaya todo a la porra. No tengo elección.» Quería decírselo a Freddy para que alguien supiera lo que iba a hacer. Pero no se lo podía decir, porque Freddy se opondría. Estaba ganando dinero. De día iba poca gente al bar, pero de noche estaba lleno hasta las dos de la mañana. No tenía ningún problema difícil. Harry sabía que se opondría. «Tendré que hacerlo solo —pensó—, con ese pobre Albert. ¡Cristo!, tenía más cara de hambriento que nunca. Hay tipos que serían capaces de morirse de hambre antes que robar. En este pueblo hay muchos a quienes la barriga les da gritos, pero no son capaces de dar un paso. Se dejan morir poquito a poco. Algunos empezaron a morirse de hambre al nacer.» —Oye, Freddy, quiero un par de botellas. —¿De qué? —De Bacardí. —Muy bien. —Descórchalas, hazme el favor. Ya sabes que te alquilé la lancha para llevar a unos cubanos. —Eso me dijiste. —No sé cuándo van. Quizás esta noche. No me han dicho nada. —Está lista en cualquier momento. Si vais hoy, tenéis una buena noche. —Hablaron algo de salir a pescar esta tarde. —Si los pelícanos no se los han llevado, a bordo hay aparejos. —Allí están. —Bueno, buen viaje —dijo Freddy. —Dame otro, ¿quieres? —¿De qué? —De whisky. —Creí que ibas a tomar Bacardí. —El Bacardí lo tomaré en el viaje si tengo frío. —Toda la travesía la haréis con viento de popa —dijo Freddy—. Me gustaría ir esta noche. —Será hermosa. Dame otro, ¿quieres? En aquel momento entraron el turista alto y su mujer. —El hombre de mis sueños —dijo la mujer sentándose en un taburete al lado de Harry. Harry la miró y se puso en pie. —Volveré luego, Freddy. Voy a la lancha por si los clientes quieren salir a pescar. —No se vaya, por favor, no se vaya —le dijo la mujer. Harry le contestó: «Es usted cómica» y se fue. Richard Gordon iba de camino a la gran casa de invierno de los Bradley. Tenía la esperanza de que Mrs. Bradley estaría sola. Mrs. Bradley coleccionaba escritores además de coleccionar sus libros, pero Richard Gordon no lo sabía todavía. Su mujer iba a casa a lo largo de la playa. No se había tropezado con John MacWalsey. Pero era probable que la visitara. Capítulo X Albert estaba en la cubierta y habían puesto gasolina. —Los pondré en marcha para ver qué tal andan los cilindros —dijo Harry—. ¿Lo has traído todo? —Sí. —Corta unos cebos. —¿Grandes? —Sí, para tarpón. Albert estaba a popa cortando cebos y Harry al volante, calentando los motores, cuando se oyó en la calle un ruido que parecía petardeo de algún motor. Harry miró y vio que del banco salía un hombre corriendo y esgrimiendo una pistola. Después lo perdió de vista, pero en seguida salieron del banco otros dos hombres que llevaban grandes carteras de cuero y esgrimían pistolas y que corrieron en la misma dirección. Albert seguía cortando cebos. Después apareció en la puerta del banco el cuarto, el grandote, empuñando un fusil Thompson, y en cuanto salió se oyó el estridente aullido de la sirena del banco y Harry vio que el cañón del fusil escupía bump-bump-bump y oyó el bop-bop-bop- de los disparos, apagado por el aullido de la sirena. El hombre se volvió y echó a correr, deteniéndose una vez para hacer fuego contra la puerta del banco. Albert se puso en pie a popa y exclamó: —Rediós, han asaltado el banco. Rediós, ¿qué vamos a hacer? Harry vio que por una calle lateral llegaba un taxi que se acercó al muelle. Tres venían en la trasera y uno al lado del chofer. —¿Dónde está la lancha? —gritó uno en castellano. —Allí, idiota —dijo otro. —No es ésa. —El capitán es el mismo. —Vamos, vamos. Pronto. —Salga —dijo al chofer, el que estaba a su lado—. Arriba las manos. El chofer se quedó al lado del automóvil. El cubano sacó un cuchillo, le metió al chofer la hoja detrás del cinturón, cortó hacia sí y al chofer se le cayeron los pantalones hasta las rodillas. «Quieto», le ordenó. Los dos cubanos de las carteras las tiraron al sollado de la lancha y saltaron atropelladamente a bordo. —En marcha —ordenó el grandote apoyando el cañón de su fusil en la espalda de Harry—. Vamos, capi. En marcha. —Poco a poco —replicó Harry—. Apunte a otra parte. —Tú, suelta las amarras —dijo el cubano a Albert. —Un momento —exclamó Albert—. No pongas en marcha. Son los asaltantes del banco. El cubano grandote se volvió y le apuntó con el fusil. —No tire, no tire —gritó Albert. Le disparó de tan cerca que los tres balazos sonaron contra el pecho como tres bofetadas. Con los ojos abiertos, abierta la boca, Albert se dobló sobre sus rodillas. Tenía cara como de querer decir una vez más: «No tire». —No necesitas marinero, cochino manco —dijo el cubano. Después añadió en castellano—: Corta esos cabos con el cuchillo de pescar —y en inglés—: Vamos. Pronto. —De nuevo en castellano—: Apúntale con la pistola contra la espalda —y agregó en inglés—: Vamos. Te voy a volar la cabeza. —Iremos —dijo Harry. Uno de los cubanos, de cara de indio, le tocó con la pistola en un lado del brazo manco. La boca del cañón casi le tocaba el garfio. Al virar manejando el volante con el brazo sano miró a proa para buscar camino libre entre los pilotes y vio a Albert de rodillas, con la cabeza torcida a un lado y sobre un charco de sangre. En el muelle estaba el taxi. El chofer había quedado en calzoncillos, con el pantalón en las rodillas, las manos sobre la cabeza y la boca tan abierta como la de Albert. Todavía no se veía venir a nadie por la calle. Los pilotes del muelle quedaron atrás al salir del fondeadero. La lancha pasaba ante el muelle del faro. —Vamos. Da más marcha —dijo el cubano grandote—. De prisa. —Quite ese fusil —replicó Harry. «Podría embarrancar en la barra de Grawfish, pero este cubano me abrasaría», pensó. —A toda velocidad —le dijo el cubano, y añadió en castellano—: Al suelo todos. No dejéis de apuntar al capitán. Él mismo se tumbó a popa y empujó a Albert al sollado, donde los otros tres estaban ya tumbados. Harry siguió al volante. Timoneaba para salir del canal después de haber pasado la entrada a la base de submarinos donde había visto un aviso para los yates y una lucecita verde. Después dejaron atrás el malecón, el fuerte y la luz roja. Miró atrás. El cubano grandote había sacado del bolsillo una caja verde de cartuchos y estaba llenando cargadores. Con el fusil al lado, los llenaba sin mirar, al tacto, dirigiendo la vista atrás. Los otros, menos el que vigilaba a Harry, miraban también atrás. El que lo vigilaba, que era uno de los de cara de indio, le hizo con la pistola una seña para que mirara adelante. Todavía no había salido en su persecución ninguna motora. Los motores funcionaban suavemente. Iban a favor de la marea. Harry notó la gran inclinación de la boya y el remolino que se formaba a su alrededor. «Hay dos lanchas que pueden alcanzarnos —pensó Harry—. Una, la de Ray, sirve de correo a Matecumbe. ¿Dónde está la otra? Hace un par de días la vi en el taller de Ed Taylor. Ésa era la que yo quería que Labios de Abeja alquilara.» Se acordó de que había otras dos. «Una la tiene en los cayos el Departamento de Carreteras Estatales. La otra está en Garrison Bight. ¿Dónde estamos ya?» Miró a popa. El fuerte quedaba bastante atrás. El edificio de correos, de ladrillo rojo, destacaba sobre los pabellones de los astilleros de la armada. El hotel amarillo dominaba el corto horizonte del pueblo. Allí quedaba también la caleta del fuerte. El faro se erguía sobre las casas próximas al gran hotel de invierno. «Ya hemos hecho cuatro millas —pensó—. Allá vienen.» Dos blancas lanchas de pesca daban vuelta al rompeolas y enfilaban hacia ellos. «No pueden hacer diez millas —pensó Harry—. ¡Qué lastima!» Los cubanos charlaban en castellano: —¿A qué velocidad vamos, capi? —preguntó el grandote mirando atrás desde la popa. —A unas doce —contestó Harry. —¿Cuántas pueden hacer esas lanchas? —Diez, quizá. Todos, hasta el encargado de vigilarle, miraban hacia las lanchas. «Pero, ¿qué puedo hacer? —pensó Harry—. Todavía, nada.» El tamaño de las dos lanchas blancas no aumentaba. —Mira eso, Roberto —dijo el cubano simpático. —¿Qué? —Mira. Lejos, tanto que apenas se veía, saltaba un poco el agua. —Están disparando contra nosotros —dijo el simpático—. ¡Qué tontería! —¡A tres millas! —replicó el de la cara grande. «A cuatro —pensó Harry—. Ni una menos.» Veía los goterones que se levantaban en la superficie, pero no oía los disparos. «Me dan pena los del pueblo —pensó—. Más aún. Son cómicos.» —¿Qué lancha oficial es aquélla, capi? —preguntó el de la cara grande mirando desde popa. —Guardacostas. —¿Cuánto hace? —Puede que doce. —Entonces, ¿vamos bien? Harry no contestó. —¿Vamos bien? Harry no dijo nada. Iba dejando a la izquierda el faro de Sand Key y veía a estribor el pilote del bajo del pequeño Sand Key. Diez minutos después pasarían la barra. —¿Qué te pasa? ¿No sabes hablar? —¿Qué me ha preguntado? —Si hay algo que nos pueda alcanzar. —El avión guardacostas. —Antes de salir del pueblo hemos cortado el hilo telefónico —dijo el simpático. —No han cortado ustedes la radio, ¿verdad? —preguntó Harry. —¿Crees que puede venir el avión? —Mientras no oscurezca, corren peligro. —¿Qué crees, capi? —preguntó Roberto, el de la cara grande. Harry no contestó. —Dime, ¿qué crees? —¿Por qué le ha dejado usted a ese cochino matar a mi compañero? —preguntó Harry al simpático que estaba de pie a su lado mirando a la brújula. —Calla —dijo Roberto—. Te mataría a ti también. —¿Cuánto dinero han sacado ustedes? —preguntó Harry. —No lo sabemos. No lo hemos contado todavía. De todos modos, no es nuestro. —Ya lo sé —contestó Harry. Ya había pasado el faro y puso rumbo a 225°, su ruta regular a La Habana. —Quiero decir que no lo hemos hecho para nosotros, sino para una organización revolucionaria. —¿Por eso han matado a mi compañero? —Lo siento mucho. No puedo decirte cuánto lo siento. —No intente decirlo —dijo Harry. —Roberto es malo —dijo el otro hablando en voz baja—. Buen revolucionario, pero mala persona. Mató a tantos en tiempos de Machado, que ha acabado por gustarle. Le divierte matar. Mata por una buena causa, eso sí, por la mejor causa. Después miró atrás y vio a Roberto sentado a popa en una de las sillas de pescar, el fusil Thompson en las rodillas, mirando hacia las motoras blancas que a Harry le parecían ya mucho más pequeñas. —¿Qué tienes de beber? —gritó Roberto. —Nada —contestó Harry. —Entonces beberé de lo mío —replicó Roberto. Otro de los cubanos yacía en uno de los asientos construidos sobre los depósitos de gasolina. Tenía ya cara de mareado. También el otro lo estaba sin duda alguna, pero seguía sentado. Mirando atrás, Harry siguió y vio una motora color plomo que se había destacado del puerto y seguía a las dos blancas. «Ahí viene la lancha guardacostas —pensó—. También da lástima.» —¿Crees que vendrá el hidroavión? —le preguntó el simpático. —Dentro de media hora habrá oscurecido —le contestó Harry repantigándose en el asiento—. ¿Qué piensan ustedes hacer? ¿Matarme? —Yo no quiero matarte. Detesto matar. —¿Qué haces? —le preguntó Roberto, que tenía en la mano una botella de whisky—. ¿Hacerte amigo del capitán? ¿A qué aspiras? ¿A comer en su mesa? —Tome el volante —dijo Harry al simpático—. ¿Ve el rumbo? Dos veinticinco. Después se incorporó del asiento y fue a popa. —Déme un trago —dijo a Roberto—. Allí viene la lancha guardacostas, pero no nos puede alcanzar. Había prescindido ya de la cólera, del odio y de la dignidad, como lujos, y se puso a hacer planes. —Claro que no —contestó Roberto—. Mira a esos niños mareados. ¿Qué has dicho? ¿Que quieres un trago? ¿Tienes algún deseo, capi? —¡Qué bromista es usted! —dijo Harry antes de tomar un largo trago. —¡Despacio! —protestó Roberto—. No tenemos más. —Yo tengo más —replicó Harry—. Le he gastado a usted una broma. —No bromees conmigo —dijo Roberto con ciertas sospechas. —¿Por qué voy a intentarlo? —¿Qué tienes? —Bacardí. —Sácalo. —Calma, calma —dijo Harry—. ¿Por qué se pone usted así? Al ir hacia proa pasó por encima del cadáver de Albert. Cuando llegó al volante miró a la brújula. El cubano se había desviado veinticinco grados de la ruta. «No es marino —pensó Harry—. Así tengo más tiempo. ¡Qué marejada!» La marejada rodó en dos curvas burbujeantes hacia el faro, que quedaba a popa y que se destacaba pardo, cónico y vagamente enrejado contra el horizonte. Las lanchas casi se habían perdido de vista. Harry veía unas vagas manchas donde estaban los mástiles de la radio del pueblo. Los motores funcionaban en forma normal y suavemente. Se agachó, buscó con la mano una de las botellas de Bacardí y la llevó a popa, tomó un trago y se la pasó a Roberto. De pie a su lado, miró a Albert y sintió una especie de ganas de matar. «¡El hijo de la gran puta!», pensó. —¿Qué te pasa? ¿Te da miedo? —le preguntó Roberto. —¿Qué le parece si lo echamos al agua? —le preguntó Harry—. No tiene objeto llevarlo. —Tienes sentido común —replicó Roberto. —Agárrelo por los sobacos —le dijo Harry—. Yo lo agarraré de las piernas. Roberto dejó el Thompson en el suelo de la amplia popa y, agachándose, levantó el cadáver por los hombros. —La cosa más pesada del mundo es un hombre muerto —dijo—. ¿Habías levantado alguna vez un hombre muerto, capi? —No —contestó Harry—. ¿Ha levantado usted alguna vez una mujer muerta? Roberto dejó el cadáver apoyado contra la borda. —Eres un hombre duro —dijo a Harry—. ¿Vamos a tomar un trago? —Andando. —Mira, siento haberlo matado —dijo Roberto—. Cuando te mate a ti lo sentiré más. —No diga esas cosas —replicó Harry—. ¿Para qué quiere usted hablar así? —Bueno, allá va —exclamó Roberto. Cuando se inclinaron y deslizaron el cadáver por la borda, Harry dio un puntapié al fusil ametrallador y lo tiró por la abertura inferior al mismo tiempo que caía Albert, pero así como Albert, antes de hundirse, dio dos vueltas en el agua blanca y burbujeante removida por la hélice, el ametrallador se fue derecho al fondo. —Así está mejor, ¿eh? —dijo Roberto—. Todo queda en orden. Pero cuando vio que el fusil había desaparecido, preguntó: —¿Dónde está? ¿Qué has hecho con él? —¿Con qué? —Con el fusil —dijo Roberto en castellano, de excitado que estaba. —¿El qué? —Ya sabes qué. —No lo he visto. —Lo has tirado. Ahora es cuando te voy a matar, ahora mismo. —Poco a poco —dijo Harry—. ¿Por qué me va usted a matar? —Dame una pistola —dijo Roberto en castellano a uno de los cubanos mareados—. Dámela, pronto. Harry se quedó quieto. Nunca se había sentido tan alto, tan ancho. Sentía que le corría el sudor desde los sobacos a lo largo del cuerpo. —Matas demasiado —oyó que decía en castellano el cubano mareado—. Ya has matado al marinero y ahora quieres matar al capitán. ¿Quién nos va a llevar? —Déjalo en paz —dijo el otro—. Mátalo cuando lleguemos. —Ha tirado el fusil al agua —replicó Roberto. —Ya tenemos el dinero en nuestro poder. ¿Para qué quieres ahora un fusil? En Cuba hay muchos. —Os digo que os equivocáis si no lo matamos ahora. Venga una pistola. —Calla la boca, hombre. Estás borracho. Cada vez que estás borracho quieres matar a alguien. —Tome un trago —le dijo Harry mirando a la comba gris de la Corriente del Golfo, donde el redondo sol rojo empezaba a tocar el agua—. Mire eso. Cuando se hunda del todo se pondrá verde. —Que se vaya a la mierda —dijo Roberto—. Crees que te ha salido bien la cosa... —Yo le daré otro fusil. En Cuba no cuestan más que cincuenta y cinco dólares. Ahora, tranquilidad. No corren ustedes peligro. Ya no puede venir ningún avión guardacostas. —Te voy a matar —dijo Roberto mirándole bien—. Lo has hecho a propósito. Por eso me has dicho que levantara el cadáver. —¿Qué va usted a quererme matar, hombre? —dijo Harry—. ¿Quién los va a llevar? —Te debería matar ahora mismo. —Calma, calma. Voy a ver cómo andan los motores. Levantó la escotilla, bajó, apretó los tornillos de los engrasadores, observó los motores y tocó con la mano la culata de su fusil Thompson. «Todavía no —pensó—. Será mejor que espere un poco. Cristo, qué suerte he tenido. ¿Qué le importa a Albert estar muerto? Su vieja se ahorra el tener que enterrarlo. ¡Ese hijo de...! Me gustaría darle lo suyo ahora mismo, pero más vale esperar.» Se incorporó, salió y bajó la escotilla. —¿Qué tal le va? —preguntó a Roberto poniéndole la mano en el hombro. El cubano de la cara grande le miró y no dijo nada—. ¿Ha visto usted cuando se ha puesto verde? —le preguntó a continuación Harry. —Vete a la mierda —contestó Roberto. Estaba borracho, pero sentía sospechas y, como los animales, se daba cuenta de que algo había salido muy mal. —Déjeme guiar un rato —dijo Harry al cubanito que estaba al volante—. ¿Cómo se llama usted? —Llámame Emilio. —Baje y encontrará algo de comer. Hay pan y corned-beef. Haga café si quiere. —No quiero café. —Yo lo haré más tarde —replicó Harry. Sentado al volante, encendida ya la lucecita de la bitácora, manteniendo fácilmente el rumbo en el mar casi listo, vio cómo caía la noche en el agua. La lancha iba sin luces. «La noche será hermosa —pensó—, muy hermosa. En cuanto oscurezca del todo haré rumbo al este. Si no, dentro de una hora veremos el resplandor de La Habana. Dentro de dos, con toda seguridad. En cuanto lo vea ese cochino, se le puede ocurrir matarme. He tenido suerte librándome del fusil. ¡Qué suerte! ¿Qué tendrá de cena Marie? Debe de estar muy preocupada. No podrá ni comer. ¿Cuánto dinero tendrán estos hijos de puta? Es raro que no lo hayan contado. ¡Qué manera de sacar dinero para una revolución! Los cubanos son de mucho cuidado. »Ese Roberto es un mal bicho. Esta noche me lo voy a cargar. Me lo cargaré aunque no sé cómo me va a salir lo demás. Con eso no va a salir ganando el pobre Albert. He pasado un mal rato al tirarlo al agua. No sé cómo se me ha podido ocurrir.» Encendió un cigarrillo y fumó en la oscuridad. «Hasta ahora me va bien —pensó—. Mejor de lo que esperaba. El chico es simpático. A los otros dos me los quisiera cargar al mismo tiempo que al de la cara grande. Tendré que pensar en la manera de que estén juntos. Lo haré lo mejor posible. Cuanto más lo prepare, mejor. Las cosas hay que hacerlas suavemente.» —¿Quieres un sandwich? —le preguntó el cubanito. —Gracias —contestó Harry—. Déle uno a su socio. —Está bebiendo. No lo comerá. —¿Y los otros? —Mareados. —Hermosa noche de travesía —dijo Harry. Notó que el cubanito no miraba a la brújula y siguió rumbo al este. —Yo habría disfrutado si no hubiera sido por tu marinero. —Era un buen hombre —dijo Harry—. ¿No les han herido a ninguno en el banco? —Le han dado al abogado. ¿Cómo se llamaba? Ah, sí, Mr. Simmons. —¿Ha muerto? —Creo que sí. «Caramba, Mr. Labios de Abeja —pensó Harry—. ¿Qué demonios se esperaba? ¿Cómo pudo haber pensado que le iba a salir de rositas? Eso viene de jugar con fuego. Eso viene de ser listo demasiadas veces, Mr. Labios de Abeja. Adiós, Labios de Abeja.» —¿Cómo ha caído? —Ya te lo puedes figurar —contestó el cubanito—. Eso es distinto de lo de tu marinero. Lo de tu marinero me da mucha pena. No creas que aquél se propone hacer daño. Aquella fase de la revolución le ha hecho así. —Es probable que sea un buen hombre —dijo Harry, pero pensó: «Hay que ver lo que dice mi lengua. Maldita sea, mi lengua es capaz de decir cualquier cosa. Pero tengo que hacerme amigo de este chico por si...». Luego preguntó al cubanito—: ¿Qué clase de revolución van ustedes a hacer? —Somos el único partido verdaderamente revolucionario. Queremos acabar con los viejos políticos, con el imperialismo norteamericano que nos estrangula y con la tiranía del ejército. Queremos empezar de nuevo y brindar una oportunidad a todos. Queremos poner fin a la esclavitud de los guajiros, de los campesinos, y dividir las grandes fincas azucareras entre quienes las trabajan. Pero no somos comunistas. Harry dejó de mirar a la brújula para mirar al cubanito: —¿Y cómo va la cosa? —Ahora estamos reuniendo dinero. Para reunirlo tenemos que recurrir a procedimientos que después no usaríamos. También tenemos que utilizar gente que después no utilizaríamos. Pero el fin vale los medios. Antes de la revolución rusa, Stalin fue durante muchos años una especie de bandolero. «Es un extremista —pensó Harry—. Es un extremista. —Si van ustedes a ayudar al trabajador, el programa debe ser bueno —replicó—. Yo he ido a la huelga muchas veces en los tiempos en que en Cayo Hueso había fábrica de tabaco. De saber a qué se dedicaban ustedes, me habría alegrado de hacer lo posible. —Mucha gente estaría dispuesta a ayudarnos —dijo el cubanito—. Pero en el estado en que está ahora el movimiento no podemos tener confianza. Yo lamento mucho tener que atravesar esta fase. Me disgustan mucho los procedimientos de reunir dinero. Pero no hay otra alternativa. No sabes lo mal que están las cosas en Cuba. —Deben de estar bastante mal —comentó Harry. —No lo sabes bien. Hay una tiranía verdaderamente criminal que llega hasta la última aldea del país. No pueden caminar en las calles tres personas juntas. Cuba no tiene enemigos extranjeros ni necesita un ejército, pero tiene uno de veinticinco mil hombres y todos ellos, de cabos para arriba, le chupan la sangre a la nación. Nadie, ni siquiera los soldados, piensa más que en hacerse rico. Hay también unas reservas en las que han entrado todos los sinvergüenzas, matones y delatores de los tiempos de Machado. En ellas pueden entrar todos los que el ejército desecha. Antes nos gobernaban los clubs. Ahora nos gobiernan los rifles, las pistolas, las ametralladoras y las bayonetas. —No me parece muy agradable —replicó Harry manejando el volante y siguiendo el mismo rumbo al este. —No te lo puedes imaginar. Quiero a mi pobre país y haría cualquier cosa, cualquier cosa, por librarlo de la tiranía que tenemos. Hago cosas que detesto. Pero haría cosas que detesto mil veces más. «Tengo que tomar un trago —pensó Harry—. ¿Qué coño me importa a mi su revolución? Que se jodan ellos y su revolución. Para ayudar a los trabajadores asaltan un banco, muere uno de los suyos y después matan al pobre Albert que nunca hizo daño a nadie. ¿No era Albert un trabajador? Éste no piensa en eso. Y tenía familia. Cuba está gobernada por cubanos. Todos se traicionan unos a otros. Se venden mutuamente. Se merecen lo que les pasa. Que se vayan a la mierda sus revoluciones. Lo que tengo que hacer yo es mantener a mi familia, y no puedo. Y me vienen hablando a mí de revoluciones. Que se vayan a la mierda.» —Sí, la situación debe de ser mala —dijo al cubanito—. Póngase un momento al volante, ¿quiere? Voy a tomar un trago. —Bueno. ¿Cómo guío? —Dos veinticinco —le dijo Harry. Había oscurecido y encontraron cierta marejada. Pasó al lado de los dos cubanos que yacían mareados en el asiento y fue a popa, donde estaba Roberto sentado en la silla de pescar. Había dado la vuelta a la otra silla para poner los pies encima. —Déme un trago de ésa —le dijo Harry. —Vete a la mierda —contestó con lengua tartajosa el de la cara grande—. Ésta es mía. —Bueno —dijo Harry dirigiéndose a buscar la otra botella. Abajo en la oscuridad, con la botella bajo el muñón del brazo derecho, sacó el corcho que Freddy había vuelto a poner después de haberla descorchado, y tomó un trago. «Este momento es tan bueno como cualquier otro —se dijo—. No tiene sentido esperar. El chico ha soltado su discurso. El de la cara grande está borracho. Los otros dos están mareados. Lo mismo puedo hacerlo ahora.» Tomó otro trago y el Bacardí le calentó y le dio ánimo, pero seguía sintiendo frío en las entrañas. —¿Quiere un trago? —preguntó al cubanito sentado al volante. —No, gracias. No bebo. A la luz de la bitácora, Harry le vio sonreír. Era un chico bien parecido. Y simpático. —Yo tomaré uno —replicó. Tomó uno bueno, pero no pudo calentar la parte fría de su cuerpo que desde el estómago le había subido ya al pecho. Dejó la botella en el suelo del sollado. —Siga el mismo rumbo —dijo al cubanito—. Voy a echar un vistazo a los motores. Levantó la escotilla y bajó, la dejó levantada sujetándola con un largo gancho que encajó en un agujero del suelo y se agachó hacia los motores. Palpó el colector de tubos de agua y los cilindros, apretó las tazas del aceite dándoles una vuelta y media a cada una y se dijo a sí mismo: «Basta de ir retrasándolo. Vamos, basta de ir retrasándolo. ¿Dónde tienes ahora tus cojones? Me parece que en la garganta.» Miró afuera. Los dos asientos que había sobre los depósitos de gasolina, donde yacían los dos mareados, los tenía casi al alcance de la mano. El del volante, de espaldas a él en su alto taburete, se perfilaba claramente a la luz de la bitácora. Harry se volvió y vio a Roberto despatarrado en la silla a popa, recortándose contra el agua oscura. «Veintiuno por cargador son cuatro ráfagas de cinco, cuando más —pensó—. Tengo que andar ligero de dedos. Bueno. Vamos. Basta de retrasos, pasmado. ¡Cuánto daría por otro! Sí, pero no hay otro.» Levantó la mano izquierda, agarró la correa y la soltó, puso la mano en torno al gatillo, sacó el seguro con el pulgar y agarró el fusil. Después, en cuclillas en la bodega de motores apuntó cuidadosamente a la nuca del cubanito que se recortaba a la luz de la bitácora. Del fusil brotó una llama en la oscuridad y las balas repiquetearon en la escotilla y en el motor. Antes de que el bulto del cubanito cayera de su asiento se había vuelto Harry contra la figura de la izquierda esgrimiendo el trepidante fusil y casi tocándole al hombre, pues estaba tan cerca que sintió el olor a quemadura de su chaqueta; luego se volvió para largar otra ráfaga contra el otro asiento donde el hombre se estaba incorporando al mismo tiempo que echaba mano a su pistola. Se agachó después y miró a popa. El de la cara grande había desaparecido de su silla. Harry veía la silueta de las dos. Detrás de él yacía inerte el cubanito. No cabía duda de que había muerto. En uno de los asientos se agitaba su ocupante. En el otro vio Harry al hombre caído de bruces. Trató de descubrir en la oscuridad al de la cara grande. La lancha describía una vuelta y en el sollado se hizo un poco más claro. Harry contuvo el aliento y miró. El otro debía de estar allí donde se veía una sombra en un rincón. Observó y vio que se movía. Era él. El otro se dirigía a rastras hacia él. No, hacia el que estaba de bruces. Buscaba su pistola. Muy agachado, Harry le observó hasta estar absolutamente seguro. Los disparos lo levantaron en vilo, y cuando cesaron la llama y el bot-bot-bot, Harry sintió que el cubano caía pesadamente, y dijo: —¡Hijo de la gran puta! ¡Cochino, miserable! Ya no sentía aquel frío en torno al corazón, pero seguía sintiendo un vacío angustioso. Se agachó y, a tientas, buscó bajo la cuadrada caja de madera del depósito de gasolina otro cargador para el fusil y lo encontró, pero notó en la mano un frío húmedo. «El tanque está agujereado —pensó—. Tengo que cerrar la llave de paso a los motores, pero no sé dónde está.» Apretó la palanquita, dejó caer el cargador vacío, puso otro y salió del sollado. Cuando se puso en pie esgrimiendo el fusil Thompson con la mano izquierda y mirando a su alrededor mientras bajaba la escotilla con el garfio del brazo derecho, el cubano que había estado tendido en el asiento de babor y a quien le había dado tres balazos en el hombro izquierdo, se sentó, apuntó cuidadosamente, y tiró apuntándole a la barriga. Harry cayó hacia atrás y quedó sentado. Se sintió como si le hubieran dado en el abdomen con una cachiporra. Había quedado apoyado contra el tubo de hierro que sujetaba las sillas de pescar, y, cuando el cubano volvió a disparar contra él e hizo astillas parte de una de ellas, alargó la mano, encontró el Thompson, lo levantó cuidadosamente sosteniéndolo por delante con el garfio y le largó el contenido del nuevo cargador. El cubano, que sentado e inclinado hacia delante le había disparado con calma, se desplomó sobre su asiento. Harry palpó a tientas en el sollado hasta encontrar a su enemigo, que yacía de bruces, buscó su cabeza con el garfio de su brazo manco, le dio vuelta, apoyó la boca del cañón del fusil y apretó el gatillo. Tocando la cabeza, el fusil hizo un ruido como el de golpear una calabaza con un palo. Harry lo dejó en el suelo y se tumbó de costado en el sollado. «Qué idiota soy —pensó, con los labios contra las tablas—. Ha venido el fin. O cierro el paso de la gasolina o vamos a arder. Todavía puedo salvarme. Rediós. Una sola cosa lo ha estropeado todo. Algo tenía que salir mal. Maldita sea. Maldito sea ese cochino cubano. ¿Quién se hubiera figurado que no le había acertado?» Se incorporó sobre las rodillas y las manos y, bajando uno de los lados de la escotilla de los motores, se dirigió hacia el asiento del volante y apoyándose en él, se sorprendió de lo bien que podía moverse. Pero al erguirse sintió una gran debilidad, se inclinó hacia delante, se apoyó con el brazo manco en la bitácora y paró los motores. Cuando dejaron de funcionar se oyó el ruido de agua contra los costados de la lancha. No se oía nada más. La lancha empezó a columpiarse en la marejadilla que levantaba el viento norte. Apoyándose en la bitácora, se acomodó en el taburete. Notaba que se le iban las fuerzas en un vómito constante. Se abrió la camisa con la mano, notó el agujero de la herida con la palma y luego la palpó con los dedos. Sangraba poco. «El mal está dentro —pensó—. Más me vale tumbarme y procurar no perder sangre.» Había salido la luna y Harry se vio en el sollado. «Qué lío —pensó—, qué lío.» «Más me vale tumbarme antes de que me caiga», pensó. Se tendió en el suelo. Tendido de costado, mientras se balanceaba la lancha entró en el sollado la luz de la luna y Harry pudo verlo todo claramente. «Hay demasiada gente —pensó—, demasiada gente. ¿Qué hará Marie? Es posible que le den a ella las recompensas. ¡Maldito cubano! Marie se las arreglará. Es mujer lista. Creo que nos hubiéramos arreglado los dos juntos. Era una verdadera locura. Me ha venido ancho. No debía haberlo intentado. Nadie sabrá cómo sucedió. Ojalá pudiera hacer algo por Marie. A bordo hay mucho dinero. Ni siquiera sé cuánto. Cualquiera podría arreglarse con ese dinero. ¿Se lo guardarán los guardacostas? Parte, sí, me lo figuro. Me gustaría que la vieja supiera lo que ha sucedido. ¿Qué hará? No lo sé. Creo que hubiera encontrado un empleo en un surtidor de gasolina o algo así. Debía haber dejado las lanchas. Ya no se gana dinero decentemente con lanchas. ¡Si esta maldita no se moviera tanto! Se me mueve todo dentro. Yo, Labios de Abeja y Albert. Todo el que ha tenido algo que ver en el asunto. Y esos hijos de... Es negocio de mala suerte. De muy mala suerte. Todo lo que un hombre como yo debía haber hecho era trabajar en un surtidor de gasolina. Yo no soy capaz de dirigir el negocio. Marie dirigirá algo. Es ya demasiado vieja para menear las caderas. ¡Si esta maldita lancha no se columpiara! Tendré que tomarlo con calma, con toda la calma que pueda. Dicen que si no se bebe agua y se está quieto. Especialmente si no se bebe agua.» Miró a lo que alumbraba la luz de luna. «Bueno, no tengo que limpiarla. Calma. Lo que tengo que tener es calma, toda la calma que pueda. Todavía puedo salvarme. Si se está quieto y no se bebe agua...» Tendido de espalda suspiró profundamente. La lancha se columpiaba en la marejada de la Corriente del Golfo y Harry Morgan yacía tumbado de espaldas en el sollado. Al principio trató de contrarrestar con el brazo sano el balanceo. Después se quedó quieto y lo aguantó. Capítulo XI A la mañana siguiente, en Cayo Hueso, Richard Gordon iba hacia su casa después de haber visitado el bar de Freddy para informarse del asalto al banco. Yendo en bicicleta pasó a una mujer corpulenta, pesada, de ojos azules y un rubio pelo descolorido que se le escapaba por debajo del sombrero de fieltro de su marido. Los ojos se le habían enrojecido de llorar. «¡Qué buey! —pensó Gordon—. ¿Qué pensará una mujer como ésa? ¿Qué hará en la cama? ¿Qué pensará el marido cuando ella llega a tener ese tamaño? ¿Con quién se entenderá en este pueblo? Tiene un aire espantoso. Parece un acorazado. Espantosa.» Ya estaba casi en casa. Dejó la bicicleta en el porche delantero, entró en el vestíbulo y cerró la puerta horadada por los termes. —¿Qué has averiguado, Dick? —le preguntó su mujer desde la cocina. —No me hables —contestó—. Voy a trabajar. Lo tengo todo en la cabeza. —Muy bien —replicó ella—. Te dejaré solo. Richard Gordon se sentó a la gran mesa de la habitación delantera. Estaba escribiendo una novela sobre una huelga en una fábrica de tejidos. En el capítulo de aquel día iba a utilizar a la llorosa mujerona de los ojos enrojecidos a quien acababa de ver de camino a su casa. Su marido, al volver a casa por la noche, la odiaba, detestaba lo ordinaria y gorda que se había puesto. Le repelían su pelo descolorido, sus enormes pechos, la falta de simpatía por su trabajo de organizador. La compararía con la joven judía del pecho firme y de los labios carnosos con quien había conversado en la reunión de la mañana. La idea era buena. Era, podía serlo, impresionante, y además era verdadera. En un chispazo de percepción había visto Gordon toda la vida interior de aquel tipo de mujer. Su primera indiferencia a las caricias de su marido. Su deseo de tener hijos y seguridad. Su falta de interés en los propósitos de su marido. Sus tristes tentativas de simular interés en el acto sexual que había acabado por repugnarle. Sería un hermoso capítulo. La mujer a quien había visto era la mujer de Harry Morgan, Marie, que volvía a casa después de haber estado en la oficina del juez de paz. Capítulo XII La Queen Conch, lancha de Freddy Wallace, de treinta y cuatro pies de eslora, número V de Tampa, estaba pintada de blanco; la cubierta de proa era verde, y el interior del sollado estaba también pintado de verde. La cubierta de la cabina tenía el mismo color. En la proa tenía pintados en negro el nombre y el puerto de matrícula, Cayo Hueso, Florida. No estaba equipada con puntal de tope ni tenía mástil. Tenía parabrisas, y uno de ellos, el correspondiente al volante, estaba roto. En las planchas del casco, recién pintado, se observaban a ambos lados agujeros astillados. Casi a la altura de la línea de flotación había a babor otros agujeros cerca del puntal que sostenía la cabina o toldo de mando. Del agujero más bajo había goteado algo oscuro que dejó unos trazos irregulares en la nueva pintura del casco. Iba a la deriva empujada por el suave viento norte y a unas diez millas de distancia de la ruta de los petroleros que se dirigían hacia el norte. Blanca y verde contra el agua oscura de la Corriente del Golfo, tenía un aire alegre. En el agua flotaban cerca de la canoa manchas amarillas de algas sargazo que la pasaban lentamente en la corriente que las llevaba hacia el norte y hacia el este. El viento empujaba cada vez más a la lancha hacia el centro de la corriente. No había en la Queen Conch señales de vida, pero por encima de la regala, tendido sobre un banco encima del tanque de babor se veía el cuerpo de un hombre que parecía hinchado, y, desde el barco que corría a lo largo de la regala de estribor, otro hombre parecía inclinarse hacia el agua y meter en ella los dedos. Su cabeza y sus brazos estaban al sol, y en el punto en que sus dedos casi tocaban el agua había un banco de pececillos ovalados, de unas dos pulgadas de largo y color dorado con unas tenues franjas moradas, que habían abandonado las hierbas del golfo para refugiarse en la sombra que hacía la lancha a la deriva, y cada vez que algo goteaba al agua se precipitaban y tironeaban y forcejaban hasta que lo hacían desaparecer. Dos rémoras grises de unas dieciocho pulgadas de longitud nadaban dando vueltas y vueltas en torno a la lancha y abriendo y cerrando sus bocas rasgadas, pero no parecían comprender la regularidad con que caían las gotas que atraían a los pececillos, y cuando caían lo mismo podían estar lejos que cerca de ellas. Hacía tiempo que meneando sus feas cabezas y sus largos e inquietos cuerpos de cola fina habían tragado los deshilachados cuajarones de color carmín y los hilos que desde los agujeros más bajos de la canoa se escurrieron hasta el agua. Y se resistían a abandonar un lugar donde tan bien y tan inesperadamente se habían alimentado. En el sollado de la lancha había otros tres hombres. Uno muerto, yacía de espaldas donde había caído bajo el taburete del volante. Otro, muerto también, estaba acurrucado contra el imbornal y al lado del puntal delantero de estribor. El otro, aún vivo, pero inconsciente, estaba tendido de costado y con la cabeza reclinada en un brazo. El pantoque de la lancha estaba lleno de gasolina, y en cuanto la lancha se balanceaba un poco se oía el chapoteo. Al hombre todavía vivo, Harry Morgan, le parecía que el ruido lo hacía su barriga, y que la tenía tan grande como un lago donde el agua batía en las dos orillas a la vez. Eso le sucedía porque estaba de espaldas con las rodillas encogidas y la cabeza caía hacia atrás. El agua del lago que era su barriga estaba muy fría, tan fría que cuando se encaramó en el borde quedó entumecido. Sentía un frío terrible y en todo notaba gusto a gasolina, como si hubiera aspirado en un tubo de goma para hacer sifón desde un tanque. Sabía que no existía ningún tanque allí, aunque sentía como que le había entrado por la boca un frío tubo de goma que se le retorcía fría y pesadamente por todo el cuerpo. Cada vez que aspiraba aire se le retorcía el tubo con más firmeza en el abdomen y lo sentía allí dentro como una gran serpiente que se movía suavemente entre el chapoteo del lago. El tubo le daba miedo y, aunque lo tenía dentro, le parecía que estaba muy lejos y que lo que le importaba era el frío. Estaba traspasado por el frío, por un frío doloroso que no se amortiguaba. Se había quedado quieto y lo sentía intensamente. Durante un rato pensó que si conseguía cubrirse consigo mismo se calentaría como con una manta, y llegó a creer que lo había conseguido y que empezaba a calentarse. Pero el calor no fue más que la hemorragia provocada al levantar las rodillas, y en cuanto le cesó comprendió que uno no puede cubrirse consigo mismo y que lo único que le quedaba era aguantar el frío. Mucho después de ser incapaz de pensar siguió procurando con todas sus fuerzas no morir. Había quedado a la sombra al ir la lancha a la deriva, y el frío era cada vez mayor. La lancha había estado yendo a la deriva desde las diez de la noche de la víspera, y ya iba avanzando la tarde. En la superficie de la Corriente del Golfo no se veían más que algas, las sonrosadas, hinchadas y membranosas burbujas de unos cuantos «acorazados portugueses» jactanciosamente inclinados a flote, y el humo lejano de un petrolero con rumbo a Tampico. Capítulo XIII —¿Qué hay? —dijo Richard Gordon a su mujer. —Tienes rouge en la camisa y en una oreja —le contestó su mujer. —Y de lo otro, ¿qué? —¿De qué otro? —De que te he encontrado tendida en un diván con aquel borracho. —No es verdad. —¿Dónde te he encontrado? —Nos has encontrado sentados en el diván. —A oscuras. —¿Dónde has estado? —En casa de los Bradley. —Ya lo sé. No te acerques. Apestas a esa mujer. —¿A qué apestas tú? —A nada. He estado hablando con un amigo. —¿Le has besado? —No. —¿Te ha besado él? —Sí, y me ha gustado… —¡Zorra! —Si me llamas eso, me voy. —¡Zorra! —Muy bien —dijo ella—. Hemos acabado. Si no fueras tan presuntuoso y yo no fuera tan buena para ti, hace tiempo que habrías visto que todo ha acabado. —¡Zorra! —No. No soy una zorra. He tratado de ser una buena mujer, pero eres tan egoísta y tan presuntuoso como un gallo de corral. Siempre estás cantando: «Mira lo que he hecho. Mira cómo te he hecho feliz. Ahora, vete por ahí y cacarea.» Pues bien; no me haces feliz, y estoy harta de ti y de cacarear. —No deberías cacarear. Nunca has producido nada digno de cacareos. —¿Quién ha tenido la culpa? ¿No he querido yo tener hijos? No nos los podíamos permitir. Pero nos podíamos permitir ir a Cap d'Antibes a bañarnos y a Suiza a esquiar. Podemos permitirnos el venir aquí, a Cayo Hueso. Estoy harta de ti. Te detesto. Esa Bradley ha sido la última gota. —No te metas con ella. —¡Llegar a casa con marcas de carmín por todas partes! ¿No podías haberte lavado? Tienes una marca en la frente también. —Tú has besado a aquel borracho. —No, no lo he besado. Pero lo habría besado si hubiera sabido lo que tú estabas haciendo. —¿Por qué te has dejado besar? —Estaba furiosa contigo. Te hemos esperado mucho tiempo. No te has acercado a mí ni una vez. Te has ido con aquella mujer y no has vuelto en varias horas. John me ha traído a casa. —Ah, se llama John, ¿eh? —Sí, John. JOHN. John. —¿Y cómo se apellida? ¿Thomas? —Se apellida MacWalsey. —¿Cómo lo deletreas? —No sé —contestó ella echándose a reír. Pero reía por última vez—. No creas que porque me río hemos hecho las paces —prosiguió con lágrimas en los ojos, moviendo los labios maquinalmente—. No hemos hecho las paces. Esta disputa no es una disputa corriente. Hemos acabado. No te odio. No me siento violenta. Simplemente me das asco. Me das asco de arriba abajo y he acabado contigo. —Bueno. —Bueno, no. Hemos acabado. ¿No comprendes? —Supongo que sí. —No lo supongas. —No seas melodramática, Helen. —Conque soy melodramática, ¿eh? Pues no lo soy. He terminado contigo. —No es verdad. —No lo repetiré. —¿Qué vas a hacer? —No lo sé todavía. Es posible que me case con John MacWalsey. —No te casarás. —Me casaré si quiero. —No se casará él contigo. —Ya lo creo que se casará. Me lo ha pedido esta tarde. Richard Gordon no contestó. Donde había tenido el corazón sentía un vacío, y todo lo que oía y decía le parecía de una conversación de otros. —¿Qué te ha pedido? —preguntó con una voz que venía de muy lejos. —Que me case con él. —¿Por qué? —Porque me quiere. Porque quiere que viva con él. Gana lo bastante para mantenerme. —Estás casada conmigo. —No lo estoy realmente. No estamos casados en la iglesia. No quisiste casarte en la iglesia y sabes que con eso hiciste muy desgraciada a mi madre. Yo me sentía tan sentimental contigo que hubiera sido capaz de hacer desgraciado a cualquiera. Fui una perfecta estúpida. Yo misma me hice desgraciada, pero ya se ha pasado. Todas mis creencias y todo lo que me importaba lo abandoné por ti, por creer que eras admirable y que me querías tanto que lo único que importaba era el amor. Lo más grande era el amor, ¿verdad? Un amor como el nuestro no lo había conocido ni lo conocería nadie. Tú eras un genio y yo lo era todo en tu vida. Yo era tu socia y tu florecilla negra. ¡Qué porquería! El amor no es más que una cochina mentira más. El amor son las píldoras de ergoapiol que me hacías tomar porque temías que hubiera quedado embarazada. El amor es quinina, y más quinina, y más quinina, hasta que me ha dejado sorda. El amor es el sucio espanto del aborto al que me obligaste. El amor es tener las entrañas revueltas. El amor es mitad irrigador mitad duchas. Ya sé lo que es el amor. Cuelga siempre detrás de la puerta del cuarto de baño. Huele a lisol. ¡Que se vaya a la porra! El amor es que tú me haces feliz y el que te quedes dormido con la boca abierta mientras yo estoy toda la noche sin dormir y dé miedo hasta de rezar porque sé que no tengo derecho a nada más. El amor es todas las porquerías que me has enseñado y que probablemente has aprendido en libros. Muy bien. Estoy harta de ti y del amor, de lo que tú entiendes por amor. ¡Escritor! —¡Zorrita! —No me llames cosas. Sé la palabra que te va bien. —Bueno. —No, nada de bueno. Malo, muy malo otra vez. Si fueras un buen escritor, es posible que soportara lo demás. Pero te he visto amargado, envidioso, cambiando de opiniones políticas por seguir la moda, adorando a la gente por delante y hablando mal por detrás. Te he visto lo bastante para darme asco. Y esta tarde vas con esa vieja zorra rica de Mrs. Bradley. ¡Qué asco! He procurado cuidarte, y alegrarte, y cocinar para ti, y estar callada cuando tú querías que estuviera callada, y alegre cuando querías que estuviese alegre, y procurarte tus pequeñas explosiones, y fingir que me sentía feliz, y soportar tus rabias, tus celos y tus mezquindades, y ya estoy harta. —¿Y quieres volver a empezar con un profesor borracho? —Es un hombre. Es cariñoso, y bondadoso, y tenemos el mismo origen y apreciamos cosas que tú nunca has apreciado. Es como era mi padre. —Es un borracho. —Bebe. Pero también mi padre bebía; y usaba calcetines de lana y, con ellos puestos, apoyaba los pies en una silla y leía el diario a la noche; y cuando pasamos la tos ferina nos cuidó. Era calderero y tenía callosas las manos y se peleaba cuando estaba borracho, y sabía pelear cuando estaba sereno. Iba a misa porque mi madre quería que fuera, y por ella y por Nuestro Señor cumplía con Pascua, y cumplía también con su sindicato, y si alguna vez iba con otra mujer, mi madre no se enteraba. —Apostaría que fue con muchas. —Es posible, pero se lo decía al cura y no a mi madre, y si fue sería porque no podía evitarlo, y lo lamentaba y se arrepentía. No lo hacía por curiosidad, ni por orgullo de gallinero, ni para decir a su mujer que era un gran hombre. Si fue sería porque mi madre y nosotros no estábamos en casa en verano, y él se iba con sus amigos y se emborrachaba. Era un hombre. —Deberías ser escritora y escribir sobre él. —Lo haría mejor que tú; y John MacWalsey es un buen hombre, que es lo que tú no eres ni podrías ser, tengas las opiniones políticas y la religión que tengas. —Yo no tengo religión. —Tampoco la tengo yo, pero la tuve y voy a volver a tenerla. Y no estarás tú para quitármela como me has quitado todo lo demás. —No es verdad. —No es verdad, ¿eh? Podrás acostarte con alguna mujer rica como Hélène Bradley. ¿Qué le has parecido? ¿Que eres admirable? Mirándola a la cara triste, enojada, embellecida por el llanto, con los labios hinchados y frescos como mojados por la lluvia, con mechones de su pelo oscuro y rizado en la cara, Richard Gordon cedió al fin: —¿Ya no me quieres? —Odio hasta la palabra. —Muy bien —y bruscamente le dio una fuerte bofetada. Su mujer se dejó caer sobre la mesa y se echó a llorar, pero no de dolor ni de rabia. —No necesitabas pegarme. —Lo necesitaba —contestó Richard Gordon—. Tú sabes muchas cosas, pero no sabes cuánto necesitaba pegarte. Aquella tarde no lo vio ella cuando se abrió la puerta. No vio más que el techo blanco, con las merengadas figuras de cupidos, palomas y guirnaldas que la luz que entró por la puerta reveló con claridad. Richard Gordon volvió la cabeza y lo vio pesadote y barbudo en el umbral. —Sigue, sigue —dijo Hélène—. Sigue, por favor. —Su pelo se extendía sobre el almohadón. Pero Richard Gordon se detuvo y se quedó mirando con la cabeza vuelta. —No te ocupes de él. No te ocupes de nada. ¿No ves que no puedes detenerte ahora? —dijo la mujer con una desesperada angustia. El barbudo cerró la puerta suavemente. Sonreía. Otra vez a oscuras, Hélène Bradley le preguntó: —¿Qué te pasa, Richard? —Tengo que irme. —¿No ves que no puedes irte? —Ese hombre... —Es Tommy —dijo Hélène—. Está enterado de todo. No te ocupes de él. Anda, por favor. —No puedo. —Debes —contestó Hélène. Richard Gordon la sintió estremecerse y temblar. Hélène había reclinado la cabeza en su hombro—. Dios mío, ¿no sabes nada? ¿No tienes consideración a una mujer? —Tengo que irme —dijo Richard Gordon. A oscuras, sintió la bofetada que encendió unas chispitas en sus ojos. Después se llevó otra en la boca. —De modo que eres esa clase de hombre, ¿eh? —le dijo Hélène—. Yo creía que eras un hombre de mundo. ¡Largo de aquí! Aquello había sucedido aquella tarde. Así había sido el final en casa de los Bradley. Ahora estaba su mujer con la cabeza apoyada en las manos, que descansaban en la mesa, y ninguno de los dos decía nada. Richard Gordon oyó el tictac del reloj y se sintió tan vacío como silenciosa estaba la habitación. Al cabo de un rato le dijo su mujer sin mirarle: —Siento que haya sucedido. Pero ya ves que hemos acabado. —Si de veras ha sido así, hemos acabado. —Hace mucho tiempo que ha sido así, aunque no siempre lo haya sido. —Perdóname la bofetada. —Eso no importa. No tiene nada que ver con todo ello. No ha sido más que una manera de decir adiós. —No lo digas. —Tendré que irme —dijo su mujer muy cansada—. Me temo que tendré que llevarme la maleta grande. —Vete mañana. Puedes hacerlo todo por la mañana. —Prefiero hacerlo ahora, Dick, y me será más fácil. Pero estoy muy cansada. Me has cansado mucho y tengo dolor de cabeza. —Haz lo que quieras. —Ay, Dios mío —exclamó ella—. ¡Cuánto daría por que no hubiera sucedido! Pero ha sucedido. Procuraré arreglártelo todo. Necesitas alguien que te cuide. Si yo no hubiera dicho parte de lo que he dicho o si tú no me hubieras pegado, es posible que nos habríamos podido arreglar. —No; todo había acabado antes. —Lo siento por ti, Dick. —No lo sientas por mí o te doy otra bofetada. —Creo que me sentiría mejor si me pegaras. Lo siento por ti. De veras. —Vete a la... —Siento haberte dicho que no sirves en la cama. Yo no sé realmente nada de eso. Supongo que eres admirable. —Tú no eres ninguna estrella. Su mujer se echó otra vez a llorar. —Eso es peor que pegar. —¿Qué has dicho tú? —No lo sé. No recuerdo. ¡Estaba tan furiosa y me hieres tanto! —Bueno, si todo ha acabado entre nosotros, ¿por qué amargarse? —Oh, yo no quiero que acabe. Pero ha acabado y ya no se puede hacer nada. —Te queda el profesor borracho. —Calla. ¿No podemos callarnos de una vez? —Sí. —¿Te vas a callar? —Sí. —Dormiré aquí. —No. Allí tienes la cama. Debes dormir en la cama. Yo voy a salir un rato. —Oh, no salgas. —Necesito salir. —Adiós —le dijo ella. Richard vio la cara que tanto había amado —la cara que las lágrimas no habían afeado— y el rizado pelo negro, y los pechitos firmes bajo el suéter, que avanzaban sobre el borde de la mesa; y no vio, porque quedaba debajo, el cuerpo que tanto había amado y al cual creía haber satisfecho, pero evidentemente sin conseguirlo. Su mujer, con la barbilla apoyada en las manos, llorando, le siguió con la mirada y le vio cerrar la puerta. Capítulo XIV No tomó la bicicleta, sino que fue a pie. La luna estaba alta y los árboles se destacaban oscuros. Fue dejando atrás las casas de madera con su estrecho césped delantero; las luces que se filtraban de contraventanas cerradas; el pueblo donde todo estaba almidonado, bien cerrado: la virtud, el fracaso, las rencillas, los rencores, la falta de alimentación, los prejuicios, el decoro, las mezclas raciales y los consuelos de la religión; las casas cubanas iluminadas y con las puertas abiertas, chozas en que lo único romántico eran los nombres: la Casa Roja, la de Chica; la iglesia de piedra artificial con sus torres, feos triángulos contra la luz de la luna; el gran terreno y la larga mole del convento con su cúpula negruzca, hermoso a la luz de la luna; el surtidor de gasolina y el negocio de los sandwiches, brillantemente iluminado junto a un lote desierto del que habían desmontado una cancha de golf en miniatura; la calle principal, brillantemente iluminada, con sus tres droguerías, la tienda de música, cinco almacenes judíos, tres salones de billares, cinco cervecerías, tres heladerías, cuatro restaurantes modestos y uno bueno, dos tiendas de revistas y diarios, cuatro de artículos de segunda mano (en una de ellas hacían llaves), una fotografía, un edificio de oficinas con cuatro consultorios de dentistas en el primer piso, el gran almacén de todo a diez centavos, un hotel en la esquina con una parada de taxis enfrente. Cruzando la calle, por detrás del hotel, pasó a la que conducía a los barrios bajos y fue dejando atrás la gran casa de madera sin pintar y luces encendidas y chicas en el umbral, y el piano mecánico funcionando, y un marinero sentado en la calle; luego volvió a la calle principal y pasó por delante del juzgado de ladrillo con el reloj de esfera luminosa que marcaba las diez y media, y dejó atrás la cárcel encalada y brillante a la luz de la luna, y llegó a la entrada de Lilac Time llena de automóviles. El Lilac Time estaba brillantemente iluminado y lleno de gente. Al entrar, Richard Gordon vio que la sala de juego estaba abarrotada. Giraba la rueda, golpeaba la bolita con un ruido seco contra las metálicas divisiones de la taza, daba unos saltitos y al fin se detenía. Entonces no se sentía más que el girar de la rueda y el ruido de las fichas. En el bar, el propietario, que atendía con dos mozos, le saludó: —Buenas noches, Mist'Gordon. ¿Qué va usted a tomar? —No sé —contestó Richard Gordon. —No tiene usted buena cara. ¿Qué le pasa? ¿No se siente bien? —No. —Le voy a servir algo que le pondrá como un reloj. ¿Ha probado alguna vez el ajenjo español, el ojén? —Venga uno —dijo Gordon. —Se sentirá usted muy bien. Estará dispuesto a pelearse con cualquiera. Un ojén español especial para Mista Gordon. De pie ante el mostrador, tomó tres copas de ojén, pero no se sintió mejor. No sintió ninguna diferencia después de haber tomado el opaco y dulzón licor que sabía a regaliz. —Déme alguna otra cosa —dijo al mozo. —¿Qué le pasa? —intervino el propietario—. ¿No le gusta el ojén especial? ¿No se siente bien? —No. —Tenga cuidado con lo que beba después del ojén. —Déme un whisky sin agua. El whisky le calentó la lengua y el fondo de la garganta, pero no le cambió los pensamientos. De pronto, al verse en el espejo que había detrás del mostrador, comprendió que con beber no iba a conseguir nada. Que lo que sentía lo seguiría sintiendo y que, aunque bebiera hasta caer inconsciente, seguiría sintiéndolo al volver en sí. Un joven alto, muy delgado, con una rubia barba atrasada, que estaba a su lado ante el mostrador, le preguntó: —¿No es usted Richard Gordon? —Sí. —Yo me llamo Herbert Spellman. Creo que nos conocimos hace algún tiempo en un party en Brooklyn. —Es posible —contestó Richard Gordon—. ¿Por qué no? —Su último libro me gustó mucho. Me han gustado todos. —Lo celebro. ¿Quiere tomar una copa? —Le invito yo. ¿Ha probado este ojén? —No me hace ningún bien. —¿Qué le pasa? —Estoy deprimido. —¿No quiere tomar otra? —No. Tomaré whisky. —¡Cuánto celebro haberlo encontrado! —dijo Spellman—. Supongo que no se acordará de mí, de aquel party. —No. Pero es posible que fuera bueno. No se supone que uno va acordarse de un buen party, ¿verdad? —Realmente, no —dijo Spellman—. Fue en casa de Margaret van Brunt. ¿Recuerda? —preguntó con esperanza. —Estoy haciendo lo posible. —Yo soy el que animó la fiesta. —¿De veras? —preguntó Gordon. —Sí —contestó Spellman contento—. Era yo. Nunca había estado en un party como aquél. —¿Qué hace usted ahora? —No gran cosa. Viajo un poco. Lo tomo con calma. ¿Está escribiendo un nuevo libro? —Sí. Lo tengo medio terminado. —Magnífico. ¿De qué se trata? —De una huelga en una fábrica de tejidos. —Maravilloso. No sabe usted lo que me interesan los conflictos sociales. —¿Cómo? —Me entusiasman. No hay nada que me guste tanto. Es usted el mejor escritor de todos. ¿No hay en su novela una linda agitadora judía? —¿Por qué? —preguntó Richard Gordon recelosamente. —Sería un papel para Sylvia Sidney. Estoy enamorado de ella. ¿Quiere ver su película? —La he visto ya. —Vamos a tomar una copa —dijo Spellman contento—. ¡Mire que encontrarlo aquí! Soy un hombre de suerte. De verdadera suerte. —¿Por qué? —preguntó Richard Gordon. —Estoy loco —contestó Spellman—. Es magnífico. Es como estar enamorado, sólo que acaba bien. Richard Gordon se apartó un poco. —No sea así —dijo Spellman—. No soy violento. No soy nunca violento. Ande, vamos a tomar una copa. —¿Hace mucho tiempo que está usted loco? —Creo que siempre lo he estado —dijo Spellman—. Le aseguro que es la única manera de ser feliz en estos tiempos. ¿Qué me importa a mí lo que le pasa a Douglas Aircraft? ¿Qué me importan a mí las acciones A.T. y T.? A mí no me pueden tocar. Echo mano de uno de sus libros, o tomo una copa, o contemplo el retrato de Sylvia Sidney, y soy feliz. Soy como un pájaro. Mejor que un pájaro. Soy... —y después de titubear como si no encontrara la palabra, continuó—: Soy una encantadora cigüeñita —y se sonrojó y moviendo los labios miró fijamente a Richard Gordon. Un joven rubio y corpulento se destacó de un grupo que había en el fondo, se acercó a Spellman, le puso una mano en un hombro y le dijo: —Vamos, Harold. Será mejor que nos vayamos a casa. Spellman miró furioso a Richard Gordon. —Se ha burlado de una cigüeña. Se ha alejado de una cigüeña. De una cigüeña que vuela en círculo. —Vamos, Harold —dijo el joven corpulento. Spellman le alargó la mano a Richard Gordon: —No hay resquemor. Es usted un buen escritor. Siga así. Recuerde que siempre soy feliz. No se deje confundir. Hasta la vista. Con el largo brazo del joven corpulento en un hombro, Spellman y su acompañante avanzaron entre grupos hacia la puerta, donde se volvió y guiñó un ojo a Richard Gordon. —Es un individuo simpático —dijo el propietario, dándose un golpecito en la cabeza—. Muy instruido. Yo creo que estudia demasiado. Le gusta romper vasos, pero lo hace sin ninguna mala intención. Paga todo lo que rompe. —¿Viene a menudo? —Sí, al anochecer. ¿Qué ha dicho que era? ¿Un cisne? —Una cigüeña. —La otra noche era un caballo. Con alas. Como el de las botellas del caballo blanco, sólo que con alas. Es muy simpático. Mucho dinero. Tiene ideas raras. La familia lo tiene aquí con un guardián. Me dijo que le gustan sus libros, mister Gordon. ¿Qué quiere usted tomar? Le convido. —Un whisky. Richard Gordon vio que se le acercaba el juez de paz, hombre un tanto cadavérico y extremadamente efusivo. Lo había visto aquella tarde en el party de los Bradley y había hablado con él del asalto al banco. —Si no tiene nada que hacer, venga conmigo un poco más tarde —le dijo el juez de paz—. La lancha guardacostas trae a remolque la de Harry Morgan. La ha señalado un petrolero a la altura de Matacumbe. Han atrapado a toda la pandilla. —¿A todos? —preguntó. —El mensaje dice que todos menos uno están muertos. —¿No sabe usted quién es el que vive? —No, no lo han dicho. Dios sabe lo que ha sucedido. —¿Han recuperado el dinero? —Nadie lo sabe. Pero debe de estar a bordo si no llegaron a Cuba. —¿Cuándo llegarán? —Todavía tardarán dos o tres horas. —¿Adonde van a traer la lancha? —Me figuro que al fondeadero de la armada. A donde amarra la guardacostas. —¿Dónde me reuniré con usted para ir allí? —Yo vendré a buscarlo. —Estaré aquí o en el bar de Freddy. No puedo aguantar aquí mucho más tiempo. —Esta noche hay mucho jaleo en el bar de Freddy. Está lleno de veteranos de los cayos. Siempre arman unos alborotos tremendos. —Iré a echar un vistazo. Estoy un poco deprimido. —Bueno, no se meta en jaleos. Lo recogeré dentro de un par de horas. ¿Quiere que lo lleve? —Gracias. Salieron por entre la gente y Richard Gordon se sentó al lado del juez de paz en el automóvil. —¿Qué cree usted que pasó en la lancha de Morgan? —preguntó . Richard Gordon. —Sabe Dios. La cosa presenta un aspecto tétrico. —¿No hay más información? —Ni una palabra más. Mire eso. Habían llegado al bar de Freddy. Estaba brillantemente iluminado. Por la puerta abierta, la aglomeración llegaba hasta la acera. En filas de tres, el bar estaba lleno de hombres que vestían trajes de brin. Unos estaban descubiertos, otros cubiertos con gorras, con gorrillos militares o con cascos de cartón. El fonógrafo automático que funcionaba con monedas de cinco centavos tocaba Isla de Capri. Al detenerse el automóvil salían despedidos del bar dos hombres, uno sobre otro, que cayeron y rodaron en la acera. El de encima, agarrándole del pelo al otro con las dos manos, le golpeó la cabeza contra el cemento haciendo un ruido espantoso. El juez de paz saltó del automóvil y agarró al de encima por un hombro: —Suéltelo. ¡Arriba los dos! El aludido se incorporó y miró al juez de paz: —Recristo ¿no puede usted dejar de ocuparse de lo que no le importa? El golpeado, con el pelo y la oreja ensangrentados, sangrando de una oreja, se encaró con el juez de paz: —Deje a mi compadre en paz —dijo con lengua tartajosa—. ¿Qué pasa? ¿No le parece que puedo aguantar? —Tienes aguante, Joey —le dijo el que lo había sacudido—. ¿Me presta un dólar? —preguntó después al juez de paz. —No —contestó el juez de paz. —Entonces, váyase usted a la mierda. ¿Y usted, compadre? —preguntó a Richard Gordon. —Le convido a una copa —contestó Richard Gordon. —Vamos —dijo el veterano agarrándolo de un brazo. —Hasta luego —dijo el juez de paz. —Muy bien. Le estaré esperando. Mientras procuraban colarse hasta el extremo del bar, el pelirrojo y pecoso de oreja sangrante agarró del brazo a Richard Gordon. —¡Hola, compadre! —No tenga cuidado —dijo el otro veterano—. Tiene aguante. —Tengo aguante, ¿eh? En eso les gano a todos. —Pero no sabes pegar. Basta de presumir. —Vamos adentro —dijo el de la cara ensangrentada—. Dejadnos a mi compadre y a mí. —Después dijo a Richard Gordon al oído—: No necesito pegar. Tengo mucho aguante, ¿comprende? —Debía usted haberlo visto al mediodía en la comisaría de Cam Five —dijo a Gordon el otro veterano cuando al fin llegaron al mostrador—. Yo lo he tumbado y le he pegado con una botella en la cabeza. Era como tocar un tambor. Apostaría que he pegado cincuenta veces. —Más —dijo el de la cara ensangrentada. —No le ha hecho ningún efecto. —Aguanto mucho —-dijo el otro—. Es un secreto —susurró al oído de Richard Gordon. Richard Gordon les pasó dos de los tres vasos de cerveza que le sirvió el negro barrigudo de la chaqueta blanca. —¿Qué es un secreto? —preguntó. —Yo —contestó el de la cara ensangrentada—. Mi secreto. —Tiene un secreto —dijo el otro veterano—. No miente. —¿Quiere saberlo? —preguntó a Gordon al oído el de la cara ensangrentada. Gordon hizo que sí con la cabeza—. No duele. El otro veterano asintió: —Dile lo peor. El pelirrojo le tocó a Gordon con sus labios ensangrentados: —A veces da gusto. ¿Qué le parece? Un individuo alto y delgado que estaba al lado de Gordon y que tenía una cicatriz desde un ojo hasta la barbilla, miró al pelirrojo, sonrió y le dijo: —Al principio era un arte y después se convirtió en un placer. Si algo me hiciera vomitar me harías vomitar tu, Rojo. —Tú vomitas con facilidad —dijo el primer veterano—. ¿En qué regimiento estuviste? —El número no te diría nada, borracho —contestó el alto. —¿Quiere una copa? —preguntó Richard Gordon al alto. —No, gracias. Estoy bebiendo. —No se olvide de nosotros —dijo a Gordon uno de los que habían entrado con él. —Otras tres cervezas —pidió Richard Gordon. El negro se las sirvió. En el amontonamiento no se podía levantar el codo. Gordon estaba apretado contra el alto. —¿Es usted de algún barco? —le preguntó el alto. —No; estoy aquí una temporada. ¿Usted viene de los cayos? —Hemos llegado de Tortugas esta noche. Hemos armado tales escándalos que no han querido tenernos más. —Este es extremista —dijo el primer veterano. —También lo serías tú si tuvieras sesos —le contestó el alto—. Nos mandaron allí a unos cuantos para librarse de nosotros, pero hemos armado demasiados alborotos —añadió sonriendo a Richard Gordon. —¡Duro con él! —gritó alguien. Richard Gordon vio que a una cara que asomaba cerca de él le daban un puñetazo. Al golpeado lo retiraron del mostrador otros dos. En el espacio que se abrió, otro le volvió a pegar en la cara, y otro en el cuerpo. El hombre cayó al suelo de cemento y se cubrió la cara con los brazos. Otro le dio un puntapié en el trasero. Durante ese tiempo no había proferido ningún sonido. Uno lo puso en pie a sacudidas y lo arrimó a la pared: —A éste lo voy a enfriar. La víctima quedó despatarrada contra la pared, pálida. El que había hablado se puso en postura con las rodillas en flexión y le dirigió un derechazo que provino casi desde el suelo y descargó a un lado de la mandíbula del pálido, que cayó de rodillas y rodó lentamente hasta quedar con la cabeza en un charco de sangre. Los otros dos lo dejaron allí y se volvieron al mostrador. —¡Qué pegada! —dijo uno. —Ese cochino viene al pueblo, pone sus jornales en ahorro postal y viene al bar a que lo conviden —dijo el otro—. Es la segunda vez que lo dejo frío. —Esta lo has dejado de veras. —Al pegarle he sentido que se le hundía la mandíbula como una bolsa de harina —replicó contento el otro. El caído quedó contra la pared y nadie volvió a ocuparse de él. —Si me pegaras a mí así no me haría ningún efecto —dijo el pelirrojo. —Calla, majadero. Ya sabes lo que tienes. —No tengo nada. —Los borrachos me dais asco. ¿Por qué me voy a romper las manos en vosotros? —Eso es lo que te pasaría. Te romperías las manos —dijo el pelirrojo—. Oiga, compadre, ¿le parece que tomemos otra copa? —preguntó a Richard Gordon. —Qué chicos más simpáticos, ¿eh? —dijo el alto—. La guerra es una fuerza purificadora y ennoblecedora. La cuestión está en saber si sólo quienes son como nosotros sirven para el servicio militar o si son los distintos servicios los que nos han hecho así. —No lo sé —dijo Richard Gordon. —Podría apostar que no hay en esta habitación tres hombres que hayan ido por conscripción —dijo el alto—. Estos son los élite. Lo que le sirvió a Wellington para vencer en Waterloo. Mr. Hoover nos sacó de la llanuras de Anticosti y Mr. Roosevelt nos mandó aquí para librarse de nosotros. El campamento funciona como para invitar a una epidemia, pero los muy cochinos no se mueren. A unos cuantos nos mandaron a Tortugas, pero aquello es sano ahora. Además, no estábamos dispuestos a aguantarlo y nos han tenido que traer aquí. ¿Adonde iremos ahora? Tienen que librarse de nosotros, ¿comprende? —¿Por qué? —Porque somos los peligrosos —dijo el alto—. Los que no tenemos nada que perder. Los completamente embrutecidos. Somos peores que los elementos con que contó Espartaco. Pero es difícil intentar hacer nada con nosotros, porque estamos ya tan hundidos que el único solaz es la bebida y el único orgullo la capacidad de beber. Pero no todos somos así. Algunos vamos a empezar a funcionar. —¿Hay muchos comunistas en el campamento? —Unos cuarenta nada más. De dos mil. El ser comunista exige disciplina y abnegación. Un borracho no puede ser comunista. —No le haga caso —dijo el pelirrojo—. Es un cochino extremista. —Mire, le voy a hablar de la armada —dijo el veterano que estaba bebiendo cerveza con Richard Gordon—. Te lo voy a decir a ti, cochino extremista. —No le haga caso —dijo el pelirrojo—. Cuando llega la escuadra a Nueva York y desembarca usted y al anochecer va a Riverside Drive, hay allí unos cuantos viejos barbudos y por un dólar se les puede hacer pis en las barbas. ¿Qué le parece? —Te convido a una copa y olvida ese cuento —dijo el alto—. No me gusta. —Yo no olvido nada —dijo el pelirrojo—. ¿Qué le pasa, compadre? —¿Es verdad lo de las barbas? —preguntó Richard Gordon, que no se sentía muy bien. —Lo juro por Dios y por mi madre —replicó el pelirrojo—. Y eso no es nada. Ante el mostrador, un veterano discutía con Freddy por el pago de una bebida. —Eso es lo que ha tomado usted —dijo Freddy. Richard Gordon miró al veterano a la cara. Estaba muy borracho, tenía los ojos congestionados y buscaba camorra. —Es usted un mentiroso —contestó el veterano. —Ochenta y cinco centavos —replicó Freddy. —Vea esto —dijo el veterano pelirrojo. Freddy abrió los brazos y apoyó las manos en el mostrador. Estaba observando al veterano. —Le digo que es un mentiroso —dijo el veterano agarrando un vaso para tirárselo. Pero no había hecho más que agarrarlo, cuando la mano derecha de Freddy describió una circunferencia sobre el mostrador y agarrando el gran salero cubierto con una servilleta dio al veterano un tremendo golpe. —¡Qué lindo!, ¿eh? —exclamó el pelirrojo—. ¡Qué bonito! —Le debería usted ver pegar con el pedazo de taco de billar —dijo el otro. Dos veteranos que estaban de pie al lado de donde había caído el golpeado miraron furiosos a Freddy: —¿Qué es eso de pegarle? —Calma, calma —dijo Freddy—. Eso es a cuenta de la casa. Eh, Wallace, póngale contra la pared. —¡Qué lindo!, ¿eh? —dijo el pelirrojo a Gordon. Un joven fuertote sacó a rastras del grupo al caído y lo puso en pie: —Lárgate de ahí. Sal a tomar el aire. El golpeado se acercó a la pared, se sentó y puso la cara en las manos. El fuertote se le acercó: —Más te vale largarte. Aquí te va mal. —Tengo la mandíbula rota —dijo el otro con la lengua gorda. Sangraba de la boca y la sangre le corría por la barbilla. —Has tenido suerte en que no te matara con el golpe que te ha dado —le dijo el fuerte—. Vete de aquí. —Tengo rota la mandíbula. Me han roto la mandíbula. —Más te vale largarte —le dijo el fuerte. Después le ayudó a ponerse en pie y el golpeado salió tambaleándose. —En las grandes noches he solido yo ver una media docena tirados contra la pared —dijo el veterano pelirrojo—. Una mañana vi al gigantón ese limpiando el suelo con un balde de agua. ¿No te vi con un balde de agua? —preguntó al mozo negro. —Sí, señor —contestó el negro—. Muchas veces. Sí, señor. Pero nunca me ha visto pelear con nadie. —¿No se lo he dicho yo? —replicó el pelirrojo—. Con un balde. —Creo que hoy vamos a tener una gran noche —dijo el otro veterano—. ¿Qué le parece, compadre? ¿Tomamos otro trago? —preguntó a Richard Gordon. Richard Gordon sentía que iba emborrachándose. Su cara, reflejada en el espejo detrás del mostrador, empezó a parecerle extraña. —¿Cómo se llama usted? —preguntó al comunista alto. —Jack. Nelson Jack. —¿Dónde ha estado usted antes de venir aquí? —En muchos sitios —contestó el comunista—. En Méjico, en Cuba, en Sudamérica, y vuelta. —Lo envidio —dijo Richard Gordon. —¿Por qué me envidia? ¿Por qué no se pone usted a trabajar? —He escrito tres libros —contestó Richard Gordon—. Ahora estoy escribiendo uno sobre Gastonia. —Bien —dijo el alto—. Muy bien. ¿Cómo ha dicho usted que se llama? —Richard Gordon. —¡Ah! —exclamó el alto. —¿Qué quiere usted decir con «¡Ah!»? —Nada. —¿Ha leído usted mis libros? —Sí. —¿No le gustan? —No. —¿Por qué? —Prefiero no decirlo. —Dígalo. —Me parecieron una mierda —dijo el alto volviéndose para alejarse. —Creo que ésta es mi noche —dijo Richard Gordon—. Esta es mi gran noche. ¿Qué ha dicho usted que quería tomar? —preguntó al pelirrojo—. Me quedan dos dólares. —Una cerveza —contestó el pelirrojo—. Usted es mi compadre. A mí todos sus libros me parecen muy buenos. Que se vaya a la mierda ese cochino extremista. —¿No tiene usted uno de sus libros ahí? —preguntó el otro veterano—. ¡Cuánto me gustaría leerlo! ¿Ha escrito usted alguna vez para Cuentos del Oeste o para Ases de la Guerra? Yo podría leer Ases de la Guerra todos los días. —¿Quién es ese pájaro alto? —preguntó Richard Gordon. —Ya le he dicho que no es más que un cochino extremista. El campamento está lleno de extremistas. Nos los quitaríamos de en medio, pero, como le digo, la mayoría de los compañeros no pueden recordar en casi todo el día. —¿Qué es lo que no pueden recordar? —No pueden recordar nada —dijo el otro. —¿Me ve usted a mí? —preguntó el pelirrojo. —Sí —contestó Richard Gordon. —¿Creería usted que tengo la mujercita más buena del mundo? —¿Por qué no? —Pues la tengo. Y está loca por mí. Es como una esclava. «Dame otra taza de café», le digo. «Muy bien, Pop», me contesta. Y me la sirve. Lo mismo en todo. Está loca por mí. Mis caprichos son ley. —Sólo que, ¿dónde está? —preguntó el otro veterano. —Ahí está la cosa —replicó el pelirrojo—. Ahí está la cosa, compadre. ¿Dónde está? —No sabe dónde está —replicó el otro. —No sólo eso —dijo el pelirrojo—. No sé ni dónde la vi por última vez. —Ni siquiera sabe en qué país está. —Pero mira, compadre, dondequiera que esté, esa chica es fiel —dijo el pelirrojo. —Has dicho una gran verdad —replicó el otro—. Puedes apostarte la vida. —A veces pienso que quizá sea Ginger Rogers y que se ha dedicado al cine. —¿Por qué no? —replicó el otro. —Por otra parte, ahora la estoy viendo en casa esperándome. —Sí, con el puchero puesto —dijo el otro. —Sí —replicó el pelirrojo—. Es la mujercita más buena del mundo. —También mi madre es buena. —También. —Pero murió —dijo el otro—. No hablemos de ella. —¿Usted no es casado, compadre? —preguntó el pelirrojo a Richard Gordon. —Sí. Ante el mostrador, cuatro hombres más allá, vio la cara roja, los ojos azules y el rubio bigotito con rocío de cerveza del profesor MacWalsey, que tenía la vista fija enfrente. Mientras Richard Gordon lo observaba, acabó su vaso de cerveza y con el labio inferior se chupó la espuma del bigote. Richard Gordon notó que le brillaban mucho los ojos azules. Al mirarle notó también una impresión de angustia en el pecho. Por primera vez supo lo que siente un hombre al mirar a otro por quien le deja su mujer. —¿Qué le pasa? —le preguntó el pelirrojo. —Nada. —Se le ve que no se siente bien. —No. —Se diría que ha visto usted un fantasma. —¿Ve usted a aquel individuo del bigote? —preguntó Richard Gordon. —¿Aquél? —Sí. —¿Por qué? —Nada —contestó Richard Gordon—. ¡Maldita sea! Nada. —¿Le preocupa ese individuo? Le podemos dar una paliza. Lo agarramos los tres y usted lo patea. —No —dijo Richard Gordon—. No serviría para nada. —Lo cazaremos cuando salga —replicó el pelirrojo—. No me gusta su cara. Al muy cochino le encuentro cara de canalla. —Le odio —dijo Richard Gordon—. Me ha destrozado la vida. —Le daremos una paliza —dijo el segundo veterano—. ¡Qué miserable! Mira, Rojo, busca un par de botellas, que lo vamos a matar. ¿Cuándo quiere usted que lo matemos, compadre? ¿Podemos tomar otro vaso? —Tenemos un dólar y sesenta centavos —contestó Richard Gordon. —Entonces será mejor que tomemos otra cosa —dijo el veterano—. Se me hace la boca agua. —No —dijo el otro—. La cerveza, sienta mejor. Esta es cerveza a presión. Sigue tomando cerveza. Vamos a darle una paliza a ése y después volveremos a tomar otra cerveza. —No. Déjenlo en paz. —¿Qué le vamos a dejar? Usted ha dicho que esa rata le ha destrozado su mujer. —Mi vida. No mi mujer. —¡Cristo! Perdone. Lo siento, compadre. —Ha hecho quiebra y ha arruinado al banco —dijo el otro—. Estoy seguro de que ofrecen una recompensa por él. He visto hoy su retrato en la oficina de correos. —¿Qué estabas haciendo tú en correos? —preguntó el otro receloso. —¿No puedo ir a buscar una carta? —¿Por qué no las recibes en el campamento? —¿Crees que he ido a la caja de ahorros? —¿Qué has estado haciendo en correos? —He entrado al pasar. —Toma esto —le dijo el otro largándole un puñetazo. —Ya están otra vez los compañeros de celda —dijo alguien. Agarrándose, pegándose a puñetazos y a rodillazos, los echaron por la puerta a empujones. —Que se peguen en la acera —dijo el joven de las espaldas anchas—. Se pegan tres o cuatro veces todas las noches. —Son dos bronquistas —dijo otro veterano—. Rojo era buen peleador en otros tiempos, pero tiene rale. —Los dos la tienen. —Rojo la atrapó boxeando en un ring —dijo un veterano pequeño—. Su rival tenía rale y estaba lleno de llagas en la espalda y en los hombros. Cada vez que entraban en un clinch le restregaba el hombro a Rojo en la nariz o en la boca. —¡Qué idiotez! ¿Por qué ponía Rojo la cara? —Así boxeaba Rojo en los clinchs. Bajaba la cabeza y el otro le restregó el morro. —Eso es un cuento. Nadie ha atrapado rale boxeando. —Te parecerá a ti. Mira, Rojo era uno de los mejores que has conocido. Yo lo conocía bien. Estaba en mi compañía. Era un buen boxeador, lo que se dice un buen boxeador. Además estaba casado con una chica muy buena, lo que se dice buena. Y así me muera si no fue Benny Sampson quien le contagió la rale. —Entonces, siéntate —dijo otro veterano—. ¿Cómo se contagió Poochy? —En Shanghai. —¿Y tú? —Yo no la tengo. —¿Y Suds? —En Brest, cuando volvía a Estados Unidos. —No habláis más que de eso. ¿Qué importa tener rale o no tenerla? —Tal como somos ahora, nada —dijo el otro—. Tan feliz se es teniéndola. —Poochy es más feliz. No sabe dónde está. —¿Qué es rale! —preguntó el profesor MacWalsey al que estaba a su lado. El otro se lo dijo. —¿Cuál será el origen de esa palabra? —dijo el profesor MacWalsey. —No lo sé —contestó el otro—. Yo la he oído desde que me alisté. —Me gustaría saberlo —dijo el profesor MacWalsey—. La mayoría de esas palabras son antiguas palabras inglesas. —¿Por qué le llaman rale? —preguntó a otro el veterano que estaba al lado del profesor MacWalsey. —No lo sé. Nadie parecía saberlo, pero todos disfrutaron de la atmósfera de una seria conversación filológica. Richard Gordon acabó por estar al lado del profesor MacWalsey. Cuando Rojo y Poochy empezaron a pegarse, se vio empujado y no se resistió. —Hola —le dijo el profesor MacWalsey—. ¿Quiere tomar una copa? —Con usted, no —contestó Richard Gordon. —Creo que tiene usted razón. ¿Ha visto alguna vez algo parecido? —No —contestó Richard Gordon. —Es muy extraño —dijo el profesor MacWalsey—. Son asombrosos. Yo siempre vengo aquí por la noche. —¿No se ha visto en ningún lío? —No. ¿Por qué me voy a ver? —Los borrachos son pendencieros. —Nunca me ha pasado nada. —Hace un par de minutos que un par de amigos míos querían darle a usted una paliza. —¡Hombre! —Les debía haber dejado. —No creo que cambiaran las cosas —replicó el profesor MacWalsey con su rara manera de hablar—. Si le molesto, me voy. —No —dijo Richard Gordon—. No me disgusta estar cerca de usted. —Bueno —dijo el profesor MacWalsey. —¿Usted ha estado casado alguna vez? —preguntó Richard Gordon. —Sí. —¿Y qué pasó? —Mi mujer murió durante la epidemia de gripe en 1918. —¿Por qué quiere usted volver a casarse? —Creo que ahora haría mejor marido. —Y ha elegido usted mi mujer. —Sí —contestó el profesor MacWalsey. —Maldito sea —replicó Richard Gordon al mismo tiempo que le daba un puñetazo en la cara. Alguien le agarró del brazo. Consiguió soltarse, pero alguien le dio un tremendo golpe por detrás de la oreja. Vio que el profesor MacWalsey, que estaba con su cara roja, parpadeando, ante el mostrador, alargaba la mano para agarrar otro vaso de cerveza en sustitución del que le había volcado él. Echó el brazo atrás para darle otro puñetazo, pero, al echarlo, detrás de su oreja volvió a estallar otra vez algo y las luces brillaron, giraron y se apagaron. Se encontró de pie en el umbral del bar. Sentía un fuerte dolor de cabeza. La habitación se bamboleaba y oscilaba suavemente. Vio que la gente le miraba. A su lado estaba el joven ancho de espaldas, que le dijo: —No venga aquí a armar broncas. Bastantes arman esos borrachos. —¿Quién me ha pegado? —preguntó Richard Gordon. —Yo. Ese individuo es un buen parroquiano. Hay que tomar las cosas con calma. No hay que armar grescas. Richard Gordon, a quien le flojeaban las piernas, vio que del grupo se le acercaba el profesor MacWalsey. —Lo siento —le dijo el profesor—. Yo no quería que le pegara. No le reprocho a usted el que se sienta como se siente. —¡Maldito sea! —exclamó Richard Gordon arrancando hacia él. Fue lo último que recordó más tarde, porque el joven de las espaldas anchas se plantó, bajó un poco los hombros y le dio otro puñetazo, y esa vez Richard Gordon cayó de bruces al suelo de cemento. El que le pegó se dirigió después al profesor MacWalsey: —Ya está, Doc. No volverá a molestarlo. ¿Qué le pasa a este hombre? —Tengo que llevarlo a casa —replicó el profesor MacWalsey—. ¿No tendrá nada serio? —Nada. —Ayúdeme a meterlo en un taxi —dijo el profesor MacWalsey. Entre los dos, con la ayuda del chofer, lo metieron en un viejo taxi modelo T. —¿Está usted seguro de que no le pasará nada? —preguntó el profesor MacWalsey. —Cuando quiera usted que vuelva en sí déle un tirón de orejas. Échele agua. Pero esté prevenido por si quiere volver a pelear. No se deje agarrar, Doc. —No —contestó el profesor MacWalsey. Richard Gordon quedó con la cabeza en una postura rara y tenía una especie de estertor al respirar. El profesor MacWalsey puso un brazo debajo de su cabeza y se la sostuvo para que no se golpeara contra el asiento. —¿Adonde vamos? —preguntó el chofer. —Al otro extremo del pueblo. Más allá del Parque. A lo largo de la calle del sitio donde venden mújoles. —La Rock Road —dijo el chofer. —Eso es —replicó el profesor MacWalsey. Al pasar por el primer café, el profesor MacWalsey dijo al chofer que se detuviera. Quería comprar cigarrillos. Dejó suavemente la cabeza de Richard Gordon en el asiento y entró al café. Cuando volvió al taxi, Richard Gordon había desaparecido. —¿Adonde ha ido? —preguntó al chofer. —Allá va. —Alcáncelo. Cuando le alcanzó el taxi, el profesor MacWalsey se apeó y se acercó a Richard Gordon, que iba tambaleándose en la acera. —Venga, Gordon —le dijo—. Vamos a casa. Richard Gordon le miró: —¿Vamos? —Quiero que vaya a casa en este taxi. —Vaya usted a la mierda —dijo Richard Gordon. —Venga, hombre. Quiero que llegue a casa sano y salvo. —¿Dónde está su pandilla? —preguntó Richard Gordon. —¿Qué pandilla? —La pandilla que me ha pegado. —Le ha pegado el matón de la casa. Yo no sabía que iba a pegarle. —Mentira —replicó Richard Gordon largándole un puñetazo a la cara roja, pero falló, cayó de rodillas y se levantó lentamente. Tenía el pantalón roto en las rodillas, pero no lo sabía—. Venga a pegarse conmigo —dijo con voz ronca. —Yo no me pego con nadie —dijo el profesor MacWalsey—. Si viene al taxi le dejo solo. —Vaya usted a la mierda —le dijo Richard Gordon echando a andar. —Déjelo —dijo el chofer—. Ya está bien. —¿Cree usted que está bien? —Ya lo creo. Perfectamente. —Me preocupa —dijo el profesor MacWalsey. —No puede meterlo en el taxi sin pelear —replicó el chofer—. Déjelo que se vaya. Ya está bien. ¿Es hermano suyo? —En cierto sentido —contestó el profesor MacWalsey. Miró a Richard Gordon, que se alejaba en la calle, hasta que lo perdió de vista a la sombra de los grandes árboles cuyas ramas caían hasta tocar el suelo y hundirse para crecer como raíces. Lo que pensaba mientras le seguía con la mirada no era agradable. «Es un pecado mortal, y una gran crueldad, y si bien técnicamente la religión de uno puede permitir el último resultado, no puedo perdonarme a mí mismo. Por otra parte, un cirujano no puede desistir de operar por miedo a hacer daño al enfermo. Pero, ¿por qué todas las operaciones hay que ejecutarlas en la vida sin anestésico? Si yo hubiera sido mejor de lo que soy, le habría dejado pegarme. Así se habría sentido mejor. ¡Pobre diablo! ¡Pobre hombre sin hogar! Debería haberme quedado con él, pero sé que no me hubiera podido soportar. Estoy avergonzado y descontento de mí mismo y detesto lo que he hecho. También es posible que todo resulte mal. Pero no tengo que pensar en eso. Ahora recurriré al anestésico que vengo usando desde hace diecisiete años y que no necesitaré mucho más tiempo. Aunque es probable que ya no sea más que un vicio para el que invento excusas. Al menos es un vicio que me sienta bien. Pero quisiera poder ayudar a ese pobre hombre a quien estoy haciendo daño.» —Lléveme otra vez al bar de Freddy —dijo al chofer. Capítulo XV La falúa guardacostas que llevaba a remolque la Queen Conch avanzaba por el retorcido canal que hay ente el arrecife y los cayos. Bailaba mucho en las olas que levantaba la leve brisa norte contra la marea, pero la lancha blanca apenas se movía. —Si no hay más viento llegaremos bien —dijo el capitán—. Se le remolca bien. Robby construye buenas lanchas. ¿Ha comprendido algo de lo que farfullaba ese hombre? —Nada —dijo el segundo—. Está delirando. —Me parece que va a morir —dijo el capitán—. No es extraño, habiéndole dado en la barriga. ¿Cree usted que mató él a los cuatro cubanos? —No lo podría decir. Se lo pregunté, pero no me entendió la pregunta. ¿Vamos a hablar con él otra vez? —Vamos a ver cómo está —dijo el capitán. Dejando al contramaestre a la rueda, para que timoneara entre las boyas que marcaban el canal, los dos hombres fueron a la cabina del capitán. Harry Morgan yacía en la litera de hierro. Tenía cerrados los ojos, pero los abrió cuando el capitán le tocó en un hombro. —¿Cómo está, Harry? —le preguntó el capitán. Harry le miró y no dijo nada. —¿No quiere nada? —le preguntó el capitán. Harry Morgan le miró. —No le oye —dijo el segundo. —Harry, ¿quiere usted algo? —insistió el capitán. Mojó una toalla en la botella de agua que descansaba en un anillo sobre la litera y le humedeció a Harry Morgan los labios agrietados, secos y negros. Harry Morgan, mirándole, rompió a hablar: —Un hombre. —Sí. Siga —le dijo el capitán. —Un hombre —dijo Harry Morgan muy lentamente no tiene, no puede, no tiene, no hay salida. Se calló. En su cara no había habido la menor expresión mientras hablaba. —Siga, Harry —le dijo el capitán—. Díganos quién fue. ¿Cómo sucedió? —Un hombre —dijo Harry esforzándose en hablar y mirándole con sus ojos hundidos en la cara de pómulos salientes. —Cuatro hombres —dijo el capitán para ayudarle, y al volver a humedecerle los labios estrujó un poco la toalla para que le entraran unas gotas en la boca. —Un hombre —le corrigió Harry callándose en seguida. —Bueno, un hombre —replicó el capitán. —Un hombre —volvió a decir Harry sin modular la voz, muy despacio, hablando con su boca seca—, tal como están y como van las cosas no importa nada. El capitán miró al segundo y meneó la cabeza. —¿Quién fue, Harry? —preguntó el segundo. Harry le miró. —No se engañen —dijo. El capitán y el segundo se agacharon. Harry empezaba a hablar—: Es como pasar a los automóviles en lo alto de las cuestas. En aquella carretera de Cuba. En cualquier carretera. En cualquier parte. Así es. Hablo de cómo están las cosas. Durante cierto tiempo van bien. Con suerte, tal vez. Un hombre. Se calló. El capitán meneó la cabeza mirando al segundo. Harry Morgan le miró inexpresivamente. El capitán volvió a humedecerle los labios y éstos dejaron una marca roja en la toalla. —Un hombre —dijo Harry Morgan mirándoles a los dos—. Un hombre solo no puede. Ningún hombre solo. Un hombre solo, haga lo que haga, no puede conseguir nada —terminó después de un rato de silencio. Cerró los ojos. Había tardado mucho en decirlo, y toda la vida en aprenderlo. Se quedó callado y con los ojos abiertos otra vez. —Diga, ¿está seguro de que no quiere nada? —le preguntó el capitán. Harry Morgan le miró, pero no contestó. Ya les había dicho; pero no le habían oído. —Volveremos —le dijo el capitán—. Quédese tranquilo. Harry Morgan les vio salir de la cabina. En la caseta de mando, viendo cómo iba oscureciendo y la luz de Sombrero que empezaba a barrer el mar, el segundo dijo: —Le da a uno miedo cuando dice esas cosas. —Pobre hombre —replicó el capitán—. Bueno, pronto llegaremos. Para la medianoche estará allí si no nos retrasamos por el remolque. —¿Cree usted que vivirá? —No —contestó el capitán—. Pero nunca se puede decir. Capítulo XVI En la calle oscura, al otro lado del portón de hierro que cerraba la entrada a la antigua base de submarinos transformada en fondeadero de yates, había mucha gente. El vigilante cubano tenía orden de no dejar entrar a nadie. La multitud se apretujaba contra el portón para ver a través de las barras de hierro el oscuro recinto iluminado a lo largo de la orilla por las luces de los yates amarrados a los pequeños malecones. Estaba lo silenciosa que sólo la multitud de Cayo Hueso puede estar. Dos turistas de los yates abrieron paso a codazos para llegar hasta el vigilante. —Eh, no pueden entrar —dijo el vigilante. —¡Cómo que no! Si hemos salido de un yate. —No puedo dejar entrar a nadie. Atrás. —No seas estúpido —dijo uno de ellos apartándole con el brazo para seguir por la carretera que llevaba al muelle. La multitud se quedó detrás del portón. Descontento y preocupado, el pequeño vigilante, con su gorro, su largo bigote y su apabullada autoridad, hubiera querido tener una llave para cerrar el portón. Los turistas pasaron junto a un grupo de hombres que esperaban en el embarcadero del guardacostas y sin prestar atención siguieron caminando, dejaron atrás los embarcaderos de otros yates, llegaron al número cinco y por la pasarela iluminada por un reflector saltaron a la cubierta de madera de teca del New Exuma II. Después entraron en la cabina grande, se sentaron en grandes sillones de cuero al lado de una mesa larga cubierta de revistas y uno de ellos llamó al mayordomo, y pidió: —Whisky y soda. ¿Y tú, Henry? —También —replicó Henry Carpenter. —¿Qué le pasaba a ese tonto del portón? —No tengo idea —dijo Henry Carpenter. El mayordomo, con su chaqueta blanca, les sirvió los dos vasos. —Ponga los discos que he sacado después de comer —dijo el dueño del yate, que se llamaba Wallace Johnston. —Los he guardado sin darme cuenta —contestó el mayordomo. —¡Maldito sea! —exclamó Wallace Johnston—. En ese caso ponga el nuevo álbum de Bach. —Muy bien. El mayordomo se agachó al armario de los discos, sacó un álbum, volvió al gramófono y puso la Zarabanda. —¿Has visto hoy a Tommy Bradley? —preguntó Henry Carpenter—. Yo lo he visto cuando llegaba el avión. —No lo puedo aguantar —dijo Wallace—. Ni a él ni a la zorra de su mujer. —Hélène me gusta —replicó Henry Carpenter—. Se divierte mucho. —¿Te has divertido tú con ella? —Claro que sí. Es estupenda. —No la aguanto a ningún precio —dijo Wallace Johnston—. ¿Por qué demonios vive aquí? —Tienen una casa muy bonita. —Sí, un fondeadero limpio. ¿Es verdad que Tommy Bradley es impotente? —No lo creo. De todos dicen lo mismo. Es simplemente hombre de espíritu amplio. —Me gusta la expresión. Ella sí que es amplia. —Es una mujer extraordinariamente simpática —dijo Henry Carpenter—. Te gustaría, Vally. —Me parece que no —dijo Wallace—. Representa todo lo que detesto en una mujer, y Tommy Bradley resume todo lo que detesto en un hombre. —Estás muy tajante esta noche. —Tú nunca estás tajante porque te falta carácter —dijo Wallace Johnston—. Nunca te decides a nada. No sabes ni siquiera lo que eres. —No hablemos de mí —dijo Henry Carpenter encendiendo un cigarrillo. —¿Por qué no? —En primer lugar porque estoy contigo en tu cochino yate y la mitad del tiempo hago lo que quieres, y eso te evita el que te hagan chantaje, y otras muchas cosas, personas que saben lo que son y lo que eres tú. —¡De qué buen humor estás! —dijo Wallace Johnston—. Ya sabes que nunca me sacan dinero. —No. Eres demasiado tacaño. En vez de dar dinero tienes amigos como yo. —No tengo ningún otro amigo como tú. —No seas tan simpático —dijo Henry—. Esta noche no me siento a la altura. Sigue tocando Bach, insulta al mayordomo, bebe un poco de más y acuéstate. —¿Qué te ha picado? —dijo el otro poniéndose en pie—. Te estás poniendo muy desagradable. Ya sabes que no eres ninguna ganga. —Ya lo sé —replicó Henry—. Mañana estaré contentísimo, pero esta noche es muy mala. ¿No has notado nunca diferencia entre unas noches y otras? Supongo que cuando es uno bastante rico no lo nota. —Hablas como una colegiala. —Buenas noches —dijo Henry Carpenter—. No soy una colegiala ni un colegial. Me voy a la cama. Mañana todo se presentará muy alegre. —¿Cuánto has perdido? ¿Es eso lo que te pone de mal humor? —He perdido trescientos. —¿Lo ves? Ya te decía yo que era eso. —Siempre lo sabes, ¿eh? —Ya lo ves. Has perdido trescientos. —He perdido más que eso. —¿Cuánto más? —El jackpot —dijo Henry Carpenter—. El eterno jackpot. Ahora juego una combinación que ya no da jackpots. Generalmente no suelo pensar en ello, pero esta noche he pensado. Ahora me voy a la cama para no aburrirte. —No me aburres, pero procura no ser grosero. —Me temo que soy grosero y que te aburres. Buenas noches. Mañana todo se presentará bien. —Eres muy grosero. —Tómalo o déjalo —dijo Henry—. Yo me he pasado la vida haciendo eso. —Buenas noches —dijo Wallace Johnston esperanzado. Henry Carpenter no contestó. Estaba oyendo a Bach. —No te acuestes en este estado —dijo Wallace Johnston—. ¿Por qué tienes un genio tan vivo? —No hablemos de eso. —¿Por qué no? Antes de ahora te he visto serenarte. —No hablemos de eso. —Toma un trago y alégrate. —No quiero un trago y no creo que me alegrara. —Entonces, vete a la cama. —Ahora voy —dijo Henry Carpenter. Así era como estaban las cosas aquella noche a bordo del yate New Exuma II, con una tripulación de doce al mando del capitán Nils Larson. Llevaba a bordo al propietario, Wallace Johnston, de 38 años, M. A. de Harvard, compositor, con una fortuna procedente de sederías, soltero, interdit de séjour en París, muy conocido entre Argel y Biskra, y un invitado, Henry Carpenter, de 36 años, M. A. de Harvard, que disponía de doscientos dólares al mes, producto de un fideicomiso hecho por su madre, que anteriormente fue de cuatrocientos cincuenta mensuales hasta que el banco que lo administraba cambió los muy buenos valores en que consistía por otros buenos, después por otros no tan buenos y finalmente por un derecho hipotecario sobre un edificio de oficinas con que había tenido que cargar el banco y que no producía nada. Antes de que se le redujera así la renta se decía de Henry Carpenter que si se le hubiera dejado caer sin paracaídas desde una altura de 5.500 pies habría caído sano y salvo de rodillas debajo de la mesa de algún rico. Pero pagaba con su compañía y divirtiendo, y si bien hasta últimamente rara vez se sentía o se expresaba como aquella noche, sus amigos decían que hacía ya algún tiempo que iba estropeándose. Si no hubieran notado que iba deteriorándose, con ese instinto para oler que algo malo le pasa a uno de la pandilla, y con el deseo de librarse de él cuando es imposible destrozarle, instinto y deseo que caracterizan a los ricos, no se habría visto obligado a aceptar la hospitalidad de Wallace Johnston. Tal como estaban las cosas, Wallace Johnston, con sus placeres un tanto especiales, era el último sostén de Henry Carpenter, cuyas brutalidades de expresión e incierta situación intrigaban y seducían al otro, a quien, teniendo en cuenta la edad de Henry Carpenter, podía aburrirle fácilmente una constante sumisión. Henry Carpenter posponía de esa manera, si no unos meses unas semanas, su inevitable suicidio. El dinero con que le parecía que no valía la pena de vivir era ciento setenta dólares mensuales más que el que le había servido al pescador Albert Tracy para sostener a su familia hasta que murió tres días antes. A bordo de los otros yates fondeados al lado de sus embarcaderos había otras personas que tenían otros problemas. En el más grande, bergantín negro aparejado threemaster, un corredor de cereales, de sesenta años de edad, no podía conciliar el sueño por lo que le preocupaba el informe que había recibido de su oficina sobre las actividades de los investigadores del Internal Revenue Bureau. De ordinario, para aquella hora de la noche hubiera aquietado sus preocupaciones con unos cuantos whiskies y llegado al estado de sentirse tan duro y tan indiferente a las consecuencias como cualquiera de los hermanos de la costa con quienes en carácter y normas de conducta tenía realmente mucho en común. Pero su médico le había prohibido beber en un mes, mejor dicho en tres; es decir, le había dicho que no viviría un año si no dejaba de beber en tres meses, por lo que iba a dejar de beber en uno; y estaba muy preocupado porque antes de salir de la ciudad le habían llamado por teléfono desde el Bureau para preguntarle que dijera exactamente adonde iba y si tenía intención de alejarse de aguas norteamericanas. En pijama, tendido en la ancha cama, con dos almohadas bajo la cabeza, encendida la luz para leer, no podía concentrarse en el libro, descripción de un viaje a las Galápagos. Ni aun en sus buenos tiempos habían yacido mujeres en aquella cama. Gozaba de ellas en sus cabinas y después se volvía solo. Aquella cabina era la suya, tan privada como su despacho. Nunca había querido gozar allí de una mujer. Cuando quería una iba a la cabina de ella, y cuando acababa, acababa. Y ahora que ya había acabado para siempre, su cerebro tenía la misma clara lucidez que en otros tiempos había sido un resultado del goce. Tendido, sin que benévolamente se le borrara nada, privado del valor químico que le había tranquilizado el espíritu y calentado el corazón durante tantos años, se preguntaba qué habría descubierto el Bureau, qué datos tendría, cómo los retorcería, qué aceptaría como normal y en qué insistiría que era evasión. No los temía. Únicamente los odiaba como odiaba la fuerza que usarían tan insolentemente contra su propia y tenaz insolencia —lo único permanente y realmente válido que había adquirido— que se la estrujarían y si llegaban a meterle miedo la destruirían. No pensaba en abstracciones, sino en operaciones, en ventas, en transferencias y en donativos. Pensaba en acciones, en fardos, en miles de bushels, en opciones, en compañías financieras, en trusts, en compañías subsidiarias, y a medida que pasaba revista comprendía que los otros tenían bastante en qué morder y que ya no tendría paz en muchos años. Si no aceptaban una transacción lo iba a pasar mal. En otros tiempos no se hubiera preocupado, pero su parte de luchador se le había cansado al mismo tiempo que la otra, y a todo tenía que hacer frente solo, y estaba en la cama y no podía leer ni dormir. Su mujer se había divorciado de él hacía diez años, después de veinte de guardar apariencias, y nunca la había echado de menos ni la había querido. Empezó con el dinero de ella y tuvieron dos hijos varones que, como su madre, eran tontos. La había tratado bien hasta que el dinero que hizo fue el doble que el capital original, momento en que pudo permitirse no hacerle caso. Cuando su fortuna llegó a esa altura, no le molestaron más sus dolores de cabeza, sus quejas, ni sus planes. Simplemente, no se enteraba. Había estado admirablemente dotado para la especulación porque poseía una extraordinaria vitalidad sexual que le daba confianza para jugar bien. Tenía además sentido común, un excelente cerebro matemático y un escepticismo constante, pero bien dominado, un escepticismo tan sensible al desastre inminente como un preciso barómetro aneroide a la presión atmosférica; y un sentido de la oportunidad que le salvaba de intentar llegar a lo más alto o de caer a lo más bajo. Todo eso, unido a la falta de principios morales, a la habilidad de despertar simpatías sin que él las sintiera por nadie ni confiara en nadie, pero convenciendo al mismo tiempo calurosa y cordialmente de su amistad, no de una amistad desinteresada, sino de una amistad tan interesada en el triunfo de los demás como para hacer automáticamente de ellos cómplices suyos, y una incapacidad para el remordimiento o la compasión, lo habían llevado adonde estaba en aquel momento. Y donde estaba en aquel momento era tendido en la cama, con un pijama a rayas que le cubría el encogido pecho de viejo, el ya inútil y desproporcionadamente grande equipo que en otro tiempo había sido su orgullo, y sus piernitas débiles. Y no podía conciliar el sueño porque al fin sentía remordimientos. Su remordimiento consistía en pensar que no se habría visto así si cinco años antes no se hubiera pasado de listo. Hubiera debido pagar los impuestos sin malabarismos, y pagándolos podría haber estado tranquilo. Se quedó dormido pensando en eso; pero como el remordimiento había encontrado una grieta y empezado a penetrarle, no se dio cuenta de que dormía, pues su cerebro siguió como cuando estaba despierto. El resultado era que no descansaba, cosa que a su edad no podía tardar mucho en acabar con él. Solía decir que sólo los tontos se preocupaban y que él no se preocuparía nunca como para no poder dormir. Aunque evitara las preocupaciones mientras estaba despierto, volvían en cuanto dormía, y, como era viejo, la labor de zapa era fácil. No tenía que preocuparse de lo que había hecho a otros, de lo que les había sucedido por él ni de cómo habían terminado; de quienes se habían mudado de casas de la avenida Lake Shore a tomar huéspedes en Austin, familias cuyas hijas se habían presentado en sociedad y que habían acabado, cuando tenían trabajo, por ser ayudantes de dentistas; de quien había acabado de sereno a los sesenta y tres años después de la organización de un monopolio; de quien se había pegado un tiro una mañana, antes de desayunar, encontrándose un hijo suyo con un cuadro espantoso; de quien cuando había trabajo iba a trabajar a Berwyn en el tren elevado, intentando vender, primero valores bursátiles, después automóviles, después novedades y especialidades de casa en casa (no queremos vendedores ambulantes, fuera de aquí, un portazo en las narices) hasta que cambió la altura de que se tiró su padre desde un piso cuarenta y dos, sin el zumbido de plumas que hace un águila cuando cae, para caer de un salto al tercer raíl ante el tren Aurora Elgin, con el bolsillo del sobretodo lleno de invendibles combinaciones de batidoras de huevos y extractoras de zumos de fruta. Permítame que le enseñe, señora. Lo fija usted aquí, destornilla usted un poco este resorte. Ahora mire. No, no lo necesito. Pruébelo una vez. No lo necesito. Largo de aquí. Se largó y descendió a la acera de la calle de casas de madera y catalpas peladas, donde nadie quería lo que él vendía ni ninguna otra cosa y que conducía a la vía del tren Aurora Elgin. Unos dieron el gran salto desde su departamento o desde la ventana de la oficina; otros, silenciosamente, en garajes de dos automóviles, con el motor funcionando; otros siguieron la tradición indígena de la Colt o de la Smith y Wesson, instrumentos bien fabricados que con apretar un dedo terminan con el insomnio, acaban con los remordimientos, curan el cáncer, evitan las quiebras y abren una salida de situaciones intolerables, admirables instrumentos norteamericanos fáciles de llevar, de resultado seguro, tan bien proyectados para poner fin al sueño norteamericano cuando se convierte en pesadilla, y cuyo inconveniente es la porquería que dejan para que la limpie la familia. Los hombres a quienes había arruinado encontraron esas salidas, pero no le preocupaban. Alguien tiene que perder y sólo los tontos se preocupaban. No se preocupaba de ellos ni de los subproductos de las especulaciones de éxito. Uno gana, alguien tiene que perder y sólo los tontos se preocupan. Le bastaría con pensar cuánto mejor habría estado si cinco años antes no se hubiera pasado de listo, y al poco tiempo, a su edad, el deseo de cambiar lo que ya no se podía deshacer abriría la brecha por la que entrarían las preocupaciones. Sólo los tontos se preocupan. Con tomar un whisky con soda se acaban las preocupaciones. A la porra lo que dijo el médico. Toca el timbre para pedir un whisky. El mayordomo, con cara de sueño, se lo sirve. Lo toma. Ya el especulador no es un tonto; más que para la muerte. Un poco más lejos, en otro yate, duerme una familia agradable, gris y decente. El padre tiene la conciencia tranquila y duerme profundamente de costado. Sobre su cabeza hay un cuadro con un velero que huye ante la tempestad. La luz de leer está encendida. Al pie de la cama hay un libro caído. La madre duerme bien y sueña con su jardín. Tiene cincuenta años, pero es hermosa, está sana y bien conservada y es atractiva hasta dormida. La hija sueña con su novio que llega mañana en avión, y se agita, y se ríe de algo, y sin despertarse levanta las rodillas casi hasta la barbilla, y se encoge como un gato, y tiene un rizado pelo rubio y una cara linda con un cutis muy terso, y dormida tiene la misma cara que su madre de chica. Es una familia feliz y todos se quieren unos a otros. El padre es un hombre que tiene orgullo cívico y ha hecho muchas buenas obras. Se opuso a la prohibición y no es hipócrita. Es generoso, deferente, comprensivo y casi nunca se irrita. Los tripulantes ganan un buen sueldo, comen bien y tienen buen alojamiento. Todos tienen una gran opinión de su patrón y simpatía por la mujer y la hija. El novio es de la fraternidad Calavera y Huesos, se le augura el triunfo, es muy popular según la opinión de la mayoría, todavía piensa más en otros que en sí mismo y sería demasiado bueno para cualquiera excepto para una chica encantadora como Frances. Probablemente es también un poco demasiado bueno para la propia Frances, pero quizá pasen años antes de que ella lo comprenda, y, con suerte, es posible que no lo comprenda nunca. El tipo de hombres predestinado para la fraternidad Calavera y Huesos rara vez está predestinado para la cama; pero con una chica tan encantadora como Frances la intención cuenta tanto como la ejecución. Así, pues, todos duermen bien, pero ¿de dónde viene el dinero con el que son tan felices y que gastan tan bien y con tanta gloria? El dinero venía de vender algo que todo el mundo usa por millones de botellas y cuyo costo es de tres centavos el quart, a un dólar la botella de tamaño grande (una pinta), a cincuenta centavos la mediana y a veinticinco la pequeña. Pero resulta más económico comprar la grande y a quien gana diez dólares semanales le cuesta lo mismo que si fuera millonario, y el producto es realmente bueno. Produce los efectos que anuncia y algunos más. Los agradecidos consumidores de todo el mundo no cesan de escribir para explicar el descubrimiento de nuevos usos, y los antiguos consumidores le son tan fieles como Harold Tomkins, el novio, a la fraternidad Calavera y Huesos, o Stanley Baldwin a Harrow. No hay suicidios cuando el dinero se hace así, y todo el mundo duerme profundamente en el yate Alzira III, al mando de Jon Jacobson, con catorce de tripulación y el dueño y la familia a bordo. En el muelle cuatro hay un yate de 34 pies, con dos de los trescientos veinticuatro estonios que navegan en diferentes partes del mundo, en embarcaciones que miden entre 28 y 36 pies de eslora, y que envían artículos a los diarios de Estonia. Los artículos son muy populares en dicho país y producen a sus autores entre un dólar y un dólar y medio la columna, ocupan el lugar dedicado en los diarios norteamericanos a los partidos de béisbol o de fútbol y se publican bajo el título de Sagas de Nuestros Intrépidos Viajeros. No hay en aguas meridionales ningún fondeadero decente sin que cuente por lo menos dos estonios tostados y despellejados por la sal, que esperan el cheque correspondiente a su último artículo. Cuando llegue bogarán a vela hacia otro fondeadero donde escribirán otra saga. Además son felices. Tan felices como los del yate Alzira III. Es hermoso ser un Intrépido Viajero. En el Irydia IV están en la cama un yerno profesional, de una familia muy rica, y su querida llamada Dorothy, esposa de un director cinematográfico altamente retribuido, John Hollis, cuyo cerebro está en proceso de sobrevivir a su hígado con objeto de que, para salvar su alma, pues los demás órganos que tiene están demasiado roídos para intentar salvarlos, pueda acabar considerándose comunista. El yerno, hombre de gran esqueleto, guapo con una belleza de cartel, yace de espaldas y ronca, pero Dorothy Hollis, la mujer del director cinematográfico, está despierta, se pone una bata, sale a cubierta, y contempla la línea del rompeolas más allá de las oscuras aguas del fondeadero. En cubierta hace fresco, y cuando el viento le revuelve el pelo se lo retira de la frente tostada, se ciñe la bata, con lo que sus pezones se yerguen en el frío, y ve las luces de una lancha que avanza más allá del rompeolas. La sigue con la vista y ve que avanza constante y rápidamente. Al entrar en el fondeadero se enciende el reflector de la lancha, cuya luz se desliza por encima del agua y ciega a Dorothy, y después descubre el desembarcadero de los guardacostas y alumbra a un grupo de hombres que esperan y a la reluciente mancha negra de la ambulancia de la funeraria, que en los entierros hace también de coche fúnebre. «Creo que más vale tomar un poco de luminal —piensa Dorothy—. Necesito dormir. El pobre Eddy está borracho como una cuba. Le gusta beber y es muy simpático. Pero se emborracha tanto que en seguida se queda dormido. Es muy simpático. Y me figuro que si me casara con él se iría con alguna otra. Pero es muy simpático. El pobrecito está muy borracho. Espero que mañana no se sentirá demasiado deprimido. Voy a entrar, arreglarme la ondulación y dormir un poco. Quiero parecerle linda. Es muy simpático. ¡Ojalá hubiera traído una doncella! No pude traerme ni siquiera a Bates. ¿Cómo estará el pobre John? También John es simpático. Espero que se sienta mejor. ¡Pobre hígado el suyo! Me gustaría estar allí para cuidarle. Lo mejor que puedo hacer es entrar para no estar espantosa mañana. Eddie es simpático. También John, con su pobre hígado. ¡Pobre hígado! Eddie es simpático. Ojalá no se hubiera emborrachado. Es grandote, alegre y maravilloso. Quizá no se emborrache tanto mañana.» Bajó, encontró el camino a su cabina y, sentándose ante el espejo, empezó a pasarse el cepillo cien veces por el pelo, sonriéndose a sí misma en el espejo, mientras el cepillo de largas cerdas le frotaba su pelo encantador. «Eddie es simpático. Sí, es simpático. Ojalá no se hubiera emborrachado tanto. Mira el hígado de John. Bueno, mirar, no se le puede mirar. Debe de tener un aspecto espantoso. Me alegro de que no se le pueda ver. Sin embargo, en los hombres nada es feo. Tiene gracia que a ellos les parezca feo. Pero supongo que el hígado lo es. O que lo son los riñones. Riñones en brochette. ¿Cuántos riñones tenemos? De casi todo, excepto el estómago y el corazón, hay dos. Ah, y el cerebro. Ya está. Me lo he pasado cien veces. Me gusta cepillarme el pelo. Es lo único que le hace a una bien y que es divertido hacer. Oh, Eddie es simpático. ¿Y si entro allí ahora? No, está demasiado borracho. Pobre chico. Voy a tomar luminal.» Se miró en el espejo. Era extraordinariamente bonita, pequeña, muy esbelta. «Soy pasable —pensó— No todo es tan bonito como el resto, pero todavía estaré pasable una temporada. Lo que tengo que hacer es dormir. Me gusta dormir. Me gustaría poder dormir una vez lo bien que dormía cuando niña. Supongo que es la consecuencia de hacerse mayor, de casarse, de tener hijos, de beber demasiado y de hacer todas esas cosas que una no debería hacer. Yo creo que durmiendo bien nada puede sentar mal. Excepto el beber demasiado. «Pobre John, con su hígado. Eddie es muy simpático, de todas maneras. Es muy gracioso. Más me vale tomar luminal.» Se hizo una mueca en el espejo. «Más te vale tomar luminal», dijo en voz baja. Lo tomó con un vaso de agua de la garrafa cromada que descansaba en su anillo encima de la cama. «La pone a una nerviosa —pensó—. Pero hay que dormir. ¿Cómo sería Eddie si estuviéramos casados? Me figuro que andaría por ahí con alguna más joven que yo. Yo creo que ni ellos ni nosotras podemos evitar el ser como somos. A mí me gusta hacerlo mucho, y después me siento muy bien. El convertirse en otra o en una nueva persona no quiere decir nada. Me gusta el amor físico en sí, y si nos lo dieran lo querríamos siempre. Me refiero a un mismo hombre. Pero no han nacido así. Quieren una nueva, o una más joven, o una con quien no deberían acostarse, o una que se parece a alguna otra. Si una es morena, quieren una rubia. Si una es rubia, buscan una pelirroja. Si una es pelirroja, buscan otra cosa, alguna judía, por ejemplo, y si han gozado de bastantes buscan una china o Dios sabe qué. Yo no lo sé. Es posible que se cansen simplemente. No se les puede reprochar si han nacido así, y tampoco yo tengo la culpa de que John haya bebido tanto que ya no me sirve para nada. Era estupendo. Maravilloso. Realmente maravilloso. También Eddie es maravilloso. Pero ahora está borracho. Supongo que terminaré siendo una zorra. Es posible que sea ya una zorra. Me figuro que una no se entera de que lo es. Sólo los mejores amigos se lo dirían. No lo diría el artículo de Mr. Winchell. Esa sería una cosa digna de que la publicase. Zorritis. Mistress John Hollis ha zorreado desde la ciudad hasta la costa. Mejor que tener hijos. También más vulgar. Pero las mujeres lo pasan realmente mal. Cuanto mejor se le trata a un hombre y más cariño se le demuestra, antes se cansa. Me figuro que los que valen han nacido para polígamos, pero eso de querer ser una misma muchas mujeres es espantosamente fatigoso y, además, en cuanto él se cansa de una viene otra y se lo lleva. Me figuro que todas terminamos en zorras, pero ¿quién tiene la culpa? Las que más se divierten son las zorras, pero para ser una buena zorra hay que ser realmente muy estúpida. Como Hélène Bradley. Para ser una buena zorra hay que ser estúpida, bien intencionada y verdaderamente egoísta. Es probable que yo sea una zorra. Dicen que una misma no lo puede decir y que siempre se cree que no se es. Tiene que haber hombres que no se cansan de una ni del amor. Tiene que haberlos. Pero, ¿dónde están? Los tienen quienes sabemos que han sido mal criadas. No entremos en eso ahora. En eso, no. No volvamos a aquellos automóviles y a aquellos bailes. ¡Ya podía hacerme efecto el luminal! Realmente, maldito sea Eddie. No se debía haber emborrachado tanto. No hay derecho. Nadie puede impedir que sean como son, pero el emborracharse no tiene nada que ver con eso. Me figuro que soy una zorra, pero si sigo toda la noche sin dormir me volveré loca, y si tomo demasiado de ese maldito producto me voy a sentir espantosamente mañana, porque a veces no le hace a una dormir y de todos modos estaré nerviosa y de mal humor y me voy a sentir muy mal.» Se puso a dormir y antes de conciliar el sueño se acordó de ponerse de costado para no tener la cara contra la almohada. Por mucho sueño que tuviera, se acordó de lo malo que es para la cara el dormir en esa postura. En el puerto había otros dos yates, pero también estaban dormidos todos a bordo de ellos cuando la lancha guardacostas, con la Queen Conch de Freddy Wallace a remolque, entró en el oscuro fondeadero y amarró en el embarcadero. Capítulo XVII Harry Morgan no se enteró de nada cuando alargaron desde el embarcadero una camilla y, mientras dos hombres la sostenían en la cubierta del cúter pintado de gris y a la luz de un reflector delante de la cabina del capitán, otros dos hombres lo levantaron a él de la litera y caminaron penosamente para tenderlo en la camilla. Había estado inconsciente desde primera hora del anochecer. Su corpachón hundió mucho la lona de la camilla cuando los cuatro hombres la levantaron para dirigirse al embarcadero. —Arriba. —Agárrale las piernas. Que no resbale. Subieron la camilla al embarcadero. —¿Qué tal está, doctor? —preguntó el juez de paz cuando los hombres metieron la camilla en la ambulancia. —Vivo. Es lo único que se puede decir. —Desde que lo hemos recogido ha estado delirando o inconsciente —dijo el contramaestre que mandaba la lancha guardacosta, hombre pequeño y rechoncho cuyas gafas brillaban al reflector. Tenía barba atrasada—. Los fiambres de los cubanos están en la otra lancha. Lo hemos dejado todo como estaba. No hemos tocado nada. A dos los hemos puesto en el suelo para que no cayeran al agua. Todo está como estaba. El dinero y las armas. Todo. —Bueno —dijo el juez de paz—. ¿Pueden ustedes alumbrarla con un reflector? —Diré que enchufen uno en el muelle —dijo el jefe de puerto, y salió a procurarse el reflector y el cordón. —Vamos —dijo el juez de paz. Pasaron a popa alumbrándose con lámparas de bolsillo—. Quiero que me digan ustedes exactamente cómo los encontraron. ¿Dónde está el dinero? —En esas dos bolsas. —¿Cuánto hay? —No lo sé. Abrí una, vi que contenía dinero y la cerré. No quise tocarlo. —Bien —replicó el juez de paz—. Perfectamente. —Todo está como estaba, salvo que dos de los fiambres los bajamos de los tanques y los pusimos en el sollado para que no rodaran al agua y en el que al buey de Harry lo trajimos a mi litera. Yo creí que se iba a morir antes de que lo dejáramos. Está muy mal. —¿Ha estado inconsciente todo el tiempo? —Al principio deliró —dijo el patrón del guardacostas—. Pero no se le podía entender. Le oímos muchas de las cosas que decía, pero no tenían sentido. Después perdió el conocimiento. Ya lo sabe usted todo. Ese achocolatado tendido de costado está donde estaba Harry. Lo encontramos sobre el tanque de estribor colgando sobre la escotilla; el otro moreno que está a su lado estaba en el otro asiento, a babor, encogido de bruces. ¡Cuidado! No encienda fósforos. Hay mucha gasolina. —Debería haber otro cadáver —dijo el juez de paz. —No había más. El dinero está en esas bolsas. Las armas están donde estaban. —Es preferible que venga alguien del banco para abrir las bolsas —dijo el juez de paz. —Me parece bien —dijo el patrón—. Es buena idea. —Podemos llevarlas a mi oficina y sellarlas. —Buena idea —replicó el patrón. A la luz del reflector, el verde y el blanco de la lancha tenían un aspecto nuevo y brillante. Lo producía el rocío que había sobre cubierta y en el techo de la caseta. En la pintura blanca destacaban los agujeros. A popa, el agua era verde a la luz del reflector. Alrededor de los pilotes se veían pececillos. Las hinchadas caras de los cadáveres brillaban a la luz. Los coágulos de sangre ponían en ellas unas manchas de laca marrón. En torno a los cadáveres se veían cartuchos del 45 vacíos. El fusil Thompson yacía donde lo había dejado Harry a popa. Las dos bolsas de cuero en que los asaltantes habían llevado el dinero a bordo estaban apoyadas contra los tanques de gasolina. —Primero pensé que era mejor llevarme a mi lancha las bolsas de dinero mientras traíamos la otra a remolque —dijo el patrón—. Pero después me pareció mejor dejarlas donde estaban mientras el tiempo fuera bueno. —Hizo usted bien en dejarlas —dijo el juez de paz—. ¿Qué ha sido del otro, del pescador Albert Tracy? —No lo sé. Nosotros no hicimos más que mover a esos dos —contestó el patrón—. Todos, menos el que está de espaldas bajo el volante, están acribillados a balazos. Aquél tiene un tiro en la nuca. La bala le salió por la frente. Vea usted. —Es el que parecía un chico —dijo el juez de paz. —Ahora no parece nada —replicó el patrón. —El grandote es el del fusil que mató al abogado Robert Simmons —dijo el juez—. ¿Qué cree usted que pasó? ¿Cómo diablos están todos muertos, menos Harry? —Se pelearían entre ellos —replicó el patrón—. Se disputarían sobre el reparto del dinero. —Los cubriremos hasta mañana. Yo me llevo las bolsas. Mientras estaban conversando en el sollado apareció en el muelle una mujer corriendo. La seguía una muchedumbre. La mujer era delgada y mayorcita. Iba descubierta, el viento le había deshecho el peinado y el pelo le colgaba por el cuello aunque lo tenía atado en el extremo. Al ver los cadáveres en el sollado se puso a gritar y se le vio echar la cabeza atrás mientras otras dos mujeres la sujetaban de los brazos. La multitud que la había seguido la rodeó y se apretujó para mirar la lancha. —¡Maldita sea! —dijo el juez de paz—. ¿Quién ha dejado el portón abierto? Busquen algo, mantas, sábanas, cualquier cosa, para cubrir esos cadáveres y echaremos a esa gente de ahí. La mujer dejó de gritar, miró a la lancha, echó atrás la cabeza y. rompió otra vez a gritar. —¿Dónde lo hirieron? —preguntó la mujer que estaba cerca de ella. —¿Dónde está Albert? La mujer que gritaba se calló, miró otra vez hacia la lancha y dijo: —No está ahí. Oiga, Roger Johnson —gritó al juez de paz—, ¿dónde está Albert? ¿Dónde está Albert? —No está a bordo —contestó el juez. La mujer echó atrás la cabeza y gritó otra vez, marcando las venas en su descarnado cuello, crispados los puños, al aire el pelo revuelto. Los que estaban en la última fila se esforzaban en acercarse a codazos al borde del muelle. —También nosotros queremos ver. —Van a cubrirlos. Alguien dijo en castellano: —Déjenme pasar. Déjenme mirar. Hay cuatro muertos. Todos están muertos. Déjenme ver. La mujer de antes volvió a gritar: —¡Albert! ¡Albert! Dios mío, ¿dónde está Albert? Detrás de la muchedumbre, dos jóvenes cubanos que acababan de llegar y no lograban penetrar, se atrasaron, tomaron carrerilla y embistieron juntos. Los que estaban en primera fila se apartaron y, entre gritos, Mrs. Tracy y las dos que la sostenían trastrabillaron y, mientras se esforzaban por no perder el equilibrio, Mrs. Tracy, sin cesar de gritar, cayó al agua verde y el grito se convirtió en un chapuzón y en una burbuja. Dos guardacostas se zambulleron mientras Mrs. Tracy manoteaba a la luz del reflector. El juez de paz se inclinó sobre la popa de la lancha, le echó uno de los bicheros y, ayudado desde abajo por los guardacostas, consiguió subirla. Nadie, en la multitud, había hecho el menor movimiento para ayudarla. Mrs. Tracy, chorreando agua, los miró, les amenazó con los puños y gritó: «¡Cochinos! ¡Zorras!» Después miró al sollado y gimió: «¡Albert! ¿Dónde está Albert?» —No está a bordo, Mrs. Tracy —le dijo el juez envolviéndola con una manta—. Cálmese. Hay que tener valor. —¡Mis dientes! —exclamó Mrs. Tracy—. He perdido los dientes. —Ya los sacaremos por la mañana —le dijo el patrón de la lancha—. Ya los encontraremos. Los guardacostas habían subido a popa y chorreaban agua: —Vámonos —dijo uno de ellos—. Tengo frío. —¿Está usted bien, Mrs. Tracy? —le preguntó el juez. Mrs. Tracy apretó los puños y echó la cabeza hacia atrás para gritar de veras: «¿Si estoy bien?» No podía dominar su dolor. La muchedumbre la oyó y mantuvo un respetuoso silencio. Mrs. Tracy proporcionaba los necesarios efectos sonoros dignos de la vista de los bandidos muertos a quienes el juez de paz y uno de sus funcionarios cubrían con mantas de los guardacostas, velando así el espectáculo más grande que el pueblo había visto desde que años antes lincharon al Isleño en la carretera y lo colgaron de un poste de teléfonos para que se columpiara a la luz de los faros de los automóviles que fueron a ver. La muchedumbre se desilusionó cuando los cadáveres quedaron cubiertos, pero la formaban los únicos del pueblo que los habían visto. Habían visto caer al agua a Mrs. Tracy, y, antes de llegar, habían visto que a Harry Morgan se lo llevaban en una camilla al Marine Hospital. Cuando el juez de paz les ordenó que se fueran de allí se alejaron en silencio y contentos. Comprendían lo privilegiados que habían sido. Entretanto, Marie, la mujer de Harry Morgan, y sus tres hijas, esperaban sentadas en un banco de la sala de entrada del Marine Hospital. Las tres chicas lloraban. Marie mordía un pañuelo. No había podido llorar desde el mediodía. —Papá tiene un balazo en el estómago —dijo una de las chicas a una hermana. —Es terrible —replicó su hermana. —Callad —dijo la mayorcita—. Estoy rezando por él y no me interrumpáis. Marie no decía nada. Se limitaba a estar sentada retorciendo el pañuelo y mordiéndose el labio inferior. Al cabo de un rato salió un médico y meneó la cabeza cuando le miró Marie. —¿Puedo entrar? —le preguntó Marie. —Todavía no —contestó el médico. Marie se le acercó: —¿Ha muerto? —Me temo que sí, Mrs. Morgan. —¿Puedo entrar y verle? —Todavía no. Está en la sala de operaciones. —¡Cristo! ¡Cristo! —exclamó Marie—. Voy a llevar a las chicas a casa y volveré. Vamos, chicas. Las tres chicas la siguieron hasta el viejo automóvil. Marie se sentó al volante y puso en marcha el motor. —¿Cómo está papá? —preguntó una de las chicas. Marie no contestó. —¿Cómo está papá? —No me habléis —dijo Marie—. Callad y rezad por él. Las chicas se echaron a llorar. —¡Maldita sea! —exclamó Marie—. No lloréis. He dicho que recéis por él. Cuando torcieron para entrar a rodar sobre el desgastado coral blanco de la Rocky Road, los faros del automóvil alumbraron a un hombre que avanzaba a paso poco firme" en la misma dirección. «Algún pobre borracho —pensó Marie—. Algún pobre borracho.» Lo pasaron. El hombre tenía ensangrentada la cara y siguió caminando torpemente en la oscuridad cuando las luces de los faros se alejaron. Era Richard Gordon, que volvía a casa. Marie detuvo el automóvil a la puerta de casa. —Id a la cama, chicas. A la cama en seguida. —¿Y papá? —preguntó una de las chicas. —No me hables, por Dios. No me hables. Dio la vuelta y se dirigió otra vez al hospital. Subió la escalera a toda prisa. El doctor se tropezó con ella en el porche en el momento que salía. Estaba cansado y se iba a casa: —Ha muerto, Mrs. Morgan. —¿Ha muerto? —Sí, en la mesa de operaciones. —¿Puedo verlo? —Sí. Ha tenido una muerte tranquila. No ha sufrido. A Marie le rodaron unas lágrimas por las mejillas: —Oh, Dios. ¡Oh! ¡Oh! El doctor le puso una mano en el hombro. —No me toque —dijo Marie. Después añadió—: Quiero verlo. —Venga conmigo. Por el pasillo la acompañó a la sala blanca donde Harry Morgan, cubierto su corpachón por una sábana, yacía en una mesa con ruedas. La luz era muy viva y no hacía sombras. Marie, aterrorizada por aquella luz, se detuvo en el umbral. —No ha sufrido absolutamente nada, Mrs. Morgan —dijo el médico. Marie no parecía oírle. —¡Cristo! —exclamó—. Miren esa cara simpática. Capítulo XVIII «No sé —pensaba Marie Morgan—, a veces aguanto un día y otras una noche de un tirón, y es posible que me vaya pareciendo distinto. Lo terrible son las noches. Si me importaran las chicas sería diferente. Pero no me importan nada. Así y todo no tengo más remedio que ocuparme de ellas. Tengo que empezar algo. Me figuro que esto de estar muerta por dentro, pasa. No importa aunque no pase. Pero tengo que empezar a hacer algo. Hoy hace una semana. Me temo que si pienso en él con un propósito acabaré por no poder recordar la cara que tenía. Eso me pasó cuando me asusté en el hospital. Me sienta como me sienta, tengo que empezar a hacer algo. Si hubiera dejado dinero o hubiese habido recompensas habría sido mejor, pero no me sentiría mejor. Lo primero que tengo que hacer es procurar vender la casa. ¡Los canallas que lo mataron! ¡Qué cochinos! Eso es lo único que siento, odio y un vacío. Estoy vacía como una casa vacía. Bueno, tengo que empezar a hacer algo. Debía haber ido al entierro y no pude. Pero ahora tengo que empezar a hacer algo. ¿No vuelve nadie de los que mueren? »Era fuerte, ágil, valiente, como un animal caro. Sólo con verlo moverse me excitaba. ¡Qué suerte tuve mientras vivió! Donde primero le vino a él la mala suerte fue en Cuba, y cada vez la tuvo peor hasta que lo mató un cubano. »Los cubanos traen mala suerte a los de Cayo Hueso. Los cubanos le traen mala suerte a cualquiera. También allí hay demasiados negros. Me acuerdo cuando me llevó a La Habana, cuando ganaba mucho dinero. Íbamos de paseo en un parque y un negro me dijo algo y Harry le dio un puñetazo, recogió del suelo el sombrero de paja que se le cayó, lo tiró a media manzana de distancia y se lo aplastó un automóvil. Me reí tanto que me dolían las tripas. »Fue la primera vez que me teñí el pelo en un salón del Prado. Les llevó toda la tarde. Lo tenía tan oscuro que se resistieron a empezar y yo tuve miedo de que quedaría terrible, pero insistía en que probaran si podían aclarármelo un poco y el peluquero siguió manipulando con un peine y un palito de naranjo con algodón en la punta, empapándolo en el cacharro lleno de un líquido que echaba una especie de humo; me abría raya con la punta del palito y con el peine, teñía y lo dejaba secar. Yo tenía un miedo espantoso de lo que me había atrevido a hacer y lo único que se me ocurría decir era que procurara aclarármelo un poco. »Al fin me dijo que no podía aclarármelo más sin peligro, me dio un champú y me lo onduló. Yo tenía miedo hasta de mirarme en el espejo. Me hizo raya a un lado y me lo levantó con unos ricitos detrás de las orejas. Todavía estaba mojado y no podía darme cuenta del aspecto que tenía. Lo único que veía era que había cambiado del todo y me extrañaba a mí misma. Después me puso una redecilla y bajó el secador y yo seguía teniendo miedo. Cuando saqué la cabeza del secador, me quitó la redecilla y las horquillas, me peinó y el pelo parecía de oro. »Al salir me vi en un espejo. El pelo brillaba tanto como el sol y lo sentía tan blando y sedoso cuando lo tocaba, que no podía creer que era mío y la emoción me sofocaba. »Fui a pie al café del Prado, donde me esperaba Harry. De la emoción me sentía muy rara por dentro, como a punto de desmayarme. Harry se puso en pie al verme llegar y no podía quitarme los ojos de encima y con una voz ronca y rara me dijo: »—¡Jesús y María! ¡Qué bonita estás! »—¿Te gusto rubia? —le pregunté. »—No hablemos de eso —me contestó—. Vámonos al hotel. »—Muy bien, vámonos —le dije yo. Tenía veintiséis años entonces. »Así era siempre conmigo y así era yo siempre con él. Él decía que no había conocido ninguna como yo y yo sé que no había hombres como él. Lo sé demasiado bien ahora que ha muerto. »Tengo que empezar a hacer algo. No tengo más remedio. Pero cuando tiene una un hombre como aquél y va un cubano piojoso y lo mata, no se puede empezar en seguida, porque parece que no le queda a una nada dentro. No es como cuando se iba de viaje. Entonces volvía siempre, pero ahora no cuento con nadie en todo el resto de mi vida. Además me he hecho grandota y soy fea y vieja y no está él para decirme que no. Ahora tendría que pagar a un hombre para acostarme con él, y creo que no lo desearía. Así son las cosas. No puede ser peor. »Además era muy bueno para mí y hombre sólido, y siempre hacía dinero de alguna manera y yo no tenía que preocuparme del dinero, no tenía que preocuparme más que de él, y ahora ha desaparecido todo eso. »Lo que importa no es lo que le sucede al que muere. No me importaría ser yo la muerta. El médico dijo que al fin no sentía más que cansancio. Ni siquiera se despertó. Me alegro de que tuviera una muerte tranquila, porque, ¡Cristo!, tuvo que sufrir mucho en la lancha. ¿Pensaría en mí? ¿En qué pensaría? Me figuro que en esos casos no se piensa en nadie. Debió de sufrir mucho. Pero al final no sintió más que cansancio. Ojalá fuera yo la muerta. Pero no sirve para nada el desearlo. No vale la pena desear nada. »No pude ir al entierro. Pero la gente no lo comprende. No saben cómo me siento. Porque los hombres buenos escasean. Las demás no los tienen. Nadie sabe lo que siento yo, porque no saben cómo era él en esa cuestión. Yo lo sé demasiado bien. ¿Y qué voy a hacer si vivo veinte años más? Nadie me lo va a decir más y ya no me queda más que ir tirando y empezar a hacer algo en seguida. Eso es lo que tengo que hacer. Pero lo que yo quisiera saber es qué diablos hacer de noche. »¿Cómo se pasa la noche cuando no se puede dormir? Hay que darse cuenta de lo que es perder un marido. Yo creo que se la da una de veras. De todo se da una cuenta en esta cochina vida. Ya lo creo. Yo empiezo a darme cuenta ahora. Se muere una por dentro y todo resulta fácil. Se muere una y se queda como está la mayor parte del tiempo la mayoría de la gente. Eso es lo que pasa. Yo creo que eso es lo que le pasa a una. Bueno, yo he empezado bien. Yo he empezado bien, si es eso lo que hay que hacer. Me figuro que es eso lo que hay que hacer. Sí, eso es. A eso se reduce. Bueno. Entonces, yo he empezado bien. Llevo ventaja a todo el mundo.» Afuera hacía un día resplandeciente y fresco de invierno subtropical. Las ramas de las palmeras se agitaban al soplo de un leve viento del norte. Por delante de la casa pasaban en bicicleta unos invernantes que iban riéndose. Al otro lado de la calle graznó un pavo real. De la ventana se podía ver el mar ceñudo, nuevo y azul a la luz del invierno. En el puerto entraba un gran yate blanco. A siete millas, pequeño y perfilado contra el mar azul, se veía en el horizonte un buque petrolero que peinaba el arrecife al hacer rumbo oeste para no gastar combustible contra la corriente.  

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